martes, 26 de enero de 2016

¿Y después?

Así soy yo. Un día me vengo arriba y escribo emocionadísima una entrada en el blog porque voy a volver a ser au pair y... Me olvido.

Bueno, no me olvido. Simplemente, la cosa no salió bien. La famosa familia de Mallorca nunca dio señales de vida (que una piensa, ¿qué cuesta decir "lo siento, hemos encontrado a otra"? En fin). Estuve hablando con otra familia de un pueblo perdido de Austria: cuidar a un niño dos días a la semana (llevarlo a clases, recogerlo, hacerle la cena... Lo típico) y estar en casa cuidando de los gatos/perros (ya no me acuerdo xD) entre semana. La verdad es que la madre parecía majísima y, lo mejor, las fechas coincidían con las que yo podía irme. ¿Qué pasó? Bueno, lo primero que me echó para atrás fue que querían que estuviera medio agosto en su casa SOLA cuidando los animales mientras ellos se iban de vacaciones. Sinceramente, esa es una responsabilidad que no estaba dispuesta a asumir. Me imaginaba a mi sola, viviendo sola en una casa a saber dónde, en un país donde no conocía a nadie (que no era Deutschland, no, era Austria) cuidando de gatos/perros y asustada por las noches imaginándome al hombre del saco entrando por la ventana. Lo segundo que terminó de desconvencerme fue que como el pueblo estaba a tomar vientos, el viaje (solo de ida) se salía por unos 400 €. Y eso si la familia venia a recogerme a la ciudad de al lado y volaba en la bodega del avión. Así que, mi ilusión por volver a ser au pair se fue por donde había venido.

Y con ello, mi presencia en este rinconcito de internet, claro.

¿Y por qué vuelvo ahora? Pues porque el otro día me acordé de mi blog. Ese que tantas alegrías me daba cuando estaba fuera. No había día que no me metiera para leer las aventuras de Ana, las excursiones mendigueras de Ampelfrau (aunque por aquella época no escribía, todo hay que decirlo) y los consejos de Apaga y vámonos. De verdad, prometo que me entraba TODOS los días. Me conocía la mayoría de blogs del mundillo y ¡hasta dejaba comentarios! Sí, sí, como lo cuento. Pero bueno, un buen día dejé de ser au pair y este blog que tantas horas me había alegrado y que tanto me había entretenido pasó al olvido. Y hoy, por casualidades de la vida, me ha dado por volver a entrar. Menos mal que en internet no hay polvo, porque si no esta página estaría llena de pelusas (¿os imagináis qué pasaría si Google fuera ensuciando los blogs abandonados? Yo volvería de vez en cuando solo para que no apreciesen  cucarachas...). Bueno, que me lío. 

Y al meterme, he visto que este blog sigue recibiendo visitas a pesar del abandono y ¡que todavía recibo comentarios! Es decir, hay gente que dedica algo de su tiempo a leer mis alegrías y dramas aupairiles y que además ¡comenta que les han gustado! De verdad, no podría haber mayor recompensa a tantas horas escribiendo delante del ordenador. ¡Muchísimas gracias! Y después de la euforia, me he acordado de que nunca escribí nada sobre mi vida después. Muchos planes, eso sí, pero nada real. Y es algo que muchas au pairs hacemos. Hablamos mucho de nuestra vida allí, pero ¿qué pasa cuando vuelves?

Intentaré ser breve.

Cuando volví, fue fantástico. Y eso no hay nadie que lo niegue. En ese momento, la pena por haber dejado atrás una etapa de tu vida se ve eclipsada por tu familia, tus amigos, tu cama, tu nevera, tu ensaladilla rusa... En fin, te sientes pletórico. O por lo menos así me sentía yo. Además, como mis últimas semanas fueron algo complicadas (los niños de vacaciones, au pair 24 horas... ¡horror!) volver a casa fue maravilloso. Atrás quedaron los madrugones, los niños llorando, las discursiones, los "te has comido las manzanas que no eran"... En fin, volví a tomar las riendas de mi vida. O eso creía.
La euforia duró una semana. La semana siguiente fue horrible. Lo prometo. Me sentía "extraña" en mi propia casa. Estaba de muy mal humor, me enfadaba por nada. Mis padres no insistieron mucho y me dejaron a mi bola. Menos mal, porque aquí la que escribe estaba insoportable. Supongo que se me juntaron muchas cosas. Estaba deseando volver a casa, de eso no hay duda, pero mi cabeza todavía no había asumido que la vuelta era definitiva. Y dar ese paso mental, cuesta mucho. También he de reconocer que tuve un final algo amargo con mis amigas de Deutschland, y ver desde Facebook que vivían mi ausencia como si nada, me dolió un poco (que queréis, una que tiene amor propio). Mis amigas de España tampoco colaboraron mucho, la verdad, porque ellas tienen su vida y sus historias. El calor de agosto en tierras alicantinas, las playas saturadas, las ganas de coger un tren y no poder, de coger la bici y no poder, de que estuviera nublado (nublado jajajajaja) y que siempre brillara el sol... La menda se hundió pero bien. Supongo que el problema principal, al margen de todo lo anterior, fue que pasé de estar muy ocupada (y si no lo estaba, me lo inventaba) a no tener nada que hacer. Pasé de estar siempre de un lado a otro, a estar en mi casa "encerrada". Menos mal que la salvación llegó pronto.
Este estado me duró un par de semanas, pero poco a poco se fue pasando. Solo hay que aclimatarse y adaptarse a las nuevas circunstancias. Septiembre llegó con nuevos planes y muchas cosas que hacer, tantas que hasta me olvidé de muchas otras. Entre la universidad, el curso de italiano que hice en la escuela de idiomas y que encontré el hobby de mi vida (siiiii, ¡hacer ganchillo!) el año pasó volando. El verano, al final, me quedé en casa vegetando cual ameba, pero no me arrepiento. Este año estoy muriendo en mi último año de carrera y ahora me meteré de lleno en el temido TFG que más de un disgusto me ha dado ya.

Como veis, la vida sigue. Es difícil hacerse un hueco, eso está claro. Por un lado, tú has cambiado (y si no has cambiado, raro...). No es que vuelvas con tres ojos y cuatro dedos en cada mano. Se trata más bien de algo personal. Te has hecho mayor, por lo menos en parte. Una madura mucho cuando tiene dos mellizos a su cargo, cuando tiene que cuidar a un niño con 40º de fiebre, cuando tiene que recoger un pájaro muerto de en medio de la entrada y cuando se recorre seis ciudades sola. Y claro, aunque tengamos la sensación de que ese año que hemos estado fuera, el resto del mundo haya vivido en pausa (¿le pasa a más gente o solo a mí?), hay que recordarse que mientras tú te ibas a visitar cementerios, tus amigos se han quedado aquí avanzando con sus vidas. Y muchos de ellos han avanzado sin ti. Cuando vuelves te das cuenta de quién te ha echado de menos de verdad y quién no. Quién tiene interés de verdad en volver a verte y escuchar tus andanzas y quién no. Quién quiere recuperar el tiempo perdido y quién no. Y duele mucho ver que amigas del alma de toda la vida han pasado un año sin ti y les ha importado más bien poco, pero así es la vida. En esos momentos te das cuenta de quién está ahí de verdad, y eso no tiene precio. Sobre todo, el año fuera se nota en la universidad. ¡Cómo no! Mi grupo de amigas de la uni (todos tenemos un grupo de amigos de la universidad y otro de amigos de toda la vida ¿verdad?) iban un curso por delante, nos veíamos poco, teníamos el tiempo justo para hablar entre clase y clase... En este sentido, también te das cuenta de quién está ahí de verdad, quién coge el autobús a las 9 de la mañana teniendo clase hasta las 9 de la noche para quedar contigo por la mañana para ir a comer al burger de al lado del campus, quién está en whatsapp para escucharte hablar mal del pesado de turno... Muchas otras personas, incluso amigos que pensabas que eran más cercanos, se convierten en simples conocidos que saludas por los pasillos. Pero así es la vida. En mi caso, he de reconocer que el año que me fui de au pair se fueron varias amigas de mi clase (algunas de au pair, otras de erasmus, otras a trabajar... Cosas que pasan en la carrera de traducción), por lo que cuando volví a clase nos juntamos bastantes de los rezagados y el año "perdido" se notó bastante menos. Eso sí, algo indescriptible pasa en tu estómago cuando ves como todos tus amigos se gradúan, como la gente con la que empezaste la carrera se gradúa y celebran que han terminado y tú... Tú estás ahí, de observador. 

Pero una cosa quiero decir (y con esto termino, de verdad, voy a subir la entrada sin revisar ni nada, ¡a lo loco!) nunca nunca nunca me he arrepentido de mi año como au pair. Ni los días de bajón, ni cuando vi a mis amigos graduarse, ni cuando asumí que dejaría de ver a mi  rubia del alma por los pasillos de la facultad porque ella ya ha terminado, ni cuando se piensan que tengo un año menos... Nunca. Y para mí, sigue siendo una de las mejores etapas de mi vida, a pesar de los altibajos (¡especialmente por los altibajos!).

Estas navidades, mi Host Mum me mandó un regalo, una bolsa de tela que ponía "Winter is coming... Crochet faster!" (cosas frikis nuestras...). Llegó el día de nochebuena y mi padre lo escondió y me lo dio por la noche, con los regalos de navidad. Creo que hacía tiempo que no me emocionaba tanto con un regalo, porque me recordó tantos momentos, tantas historias, tantas anécdotas, que fue imposible guardarlo todo dentro. Y yo, que soy más fría que un cubito, me puse a llorar. Y con eso es con lo que me quedo. 

Un beso muy muy grande a todos los que hayan leído este rollazo entrada.

jueves, 25 de junio de 2015

Y colorín colorado...

Como ya habréis intuido por el escaso movimiento de este lugar, mi aventura de ser au pair de verano ha fracasado.

Pues sí. A pesar de las ganas que tenía de salir de aquí y de aprovechar estos meses de vacaciones, ha sido misión imposible encontrar una familia que encajara en mis planes. Empecé con mucha ilusión, dispuesta a coger un avión incluso el día después de terminar el último examen, pero por unas cosas y por otras, no ha podido ser.

El primer problema, como no, ha sido el tiempo. Como ya dije, tuve el último examen el 12 de junio. Muchas familias buscan a chicas a partir de la última semana de mayo y primeros de junio, por lo que empezar a partir de mediados de mes redujo mucho mis posibilidades.
El segundo problema fue que a mediados de julio tengo un compromiso familiar ineludible. Una boda. Y cuando digo ineludible, es INELUDIBLE. Esto ya terminó de romper mis planes totalmente, porque coincide totalmente a mitad de verano, o sea que las opciones eran coger un vuelo para ir y volver solo ese día (algo totalmente fuera de mis posibilidades económicas) o buscar una familia a partir de esa fecha. Misión imposible.

Así que, con todo el dolor de mi corazón, me quedaré aquí este veranito pasando calor, comiendo helado y yendo a la playa todo lo posible y más.

Por una parte me da un poco de pena, la verdad. Quería aprovechar el tiempo y desconectar. Y sobre todo quería volver a sentirme como cuando estaba en Alemania. Pero por otra parte, no ha sido la desilusión de mi vida. Es verdad que las fechas no han acompañado (y que puede que alguna de mis razones suene a excusa barata), pero tampoco estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para trabajar como au pair dos meses (véase pagar 400€ por un vuelo ida y vuelta, quedarme sola en una casa dos semanas mientras la familia está de vacaciones, vivir donde Heidi ordeña las cabras...). Mi situación de ahora no es la de hace dos años cuando me tenía que ir sí o sí y daba igual dónde. La opción de trabajar como au pair siempre está ahí y no la descarto para dentro de unos años cuando termine la carrera, aunque entonces intentaré ir a tierras inglesas y mejorar mi triste inglés (sí, cuatro años de Traducción e Interpretación para acabar hablando una mezcla rara entre alemán e inglés con la que no voy a ninguna parte).

Esto no es un adiós ¡ni mucho menos! Todavía hay cosas que quiero compartir, ideas y experiencias. Así que este rinconcito de internet seguirá abierto para todos aquellos que quieran investigar un poco.

¡Un beso fuerte fuerte, florecillas!

domingo, 26 de abril de 2015

Los desertores también tenemos derecho a volver

Lo sé, he abandonado este lugar de la forma más cruel posible. Mentí como una bellaca en aquella entrada que escribí al volver en la que prometía seguir contando aventuras e historias. He dejado que el polvo acampara por aquí y ni siquiera me he preocupado de seguir contestando comentarios. Soy lo peor.

Pero todos merecemos una segunda oportunidad, ¿verdad? He quitado las telarañas que colgaban por los menús y estoy decidida a volver a retomar (aunque sea fugazmente) el timón de este barco (¿veis qué poética me he vuelto?). 

"¿Y por qué ahora?", os preguntaréis. Bueno, digamos que desde que dejé atrás la vida de aupair he vuelto a ser la estudiante aburrida de siempre. Con prácticas por aquí, traducciones por allá, entregas... En fin, de todo lo que quería huir cuando me fui y a lo que, sin quererlo queriendo, he vuelto de cabeza. La única novedad destacable es que estoy intentando sacarme el carnet de conducir. Intentando, que no consiguiendo. Pero eso es otra historia. También he descubierto un nuevo hobby que me tiene absorbida: hacer ganchillo. Sí, el mismo ganchillo que hacen las abuelas para llenar los sofás de tapetes, aunque desde un punto de vista más moderno. AUPAIRS ESTRESADAS DEL MUNDO: BUSCAOS UNA AGUJA Y UN OVILLO. Lo juro, es el "nuevo yoga". Desestresa muchísimo y te ayuda a dejar la mente totalmente en blanco. Ojalá lo hubiera conocido antes, me hubiera ahorrado un montón de disgustos y calentamientos de cabeza.

En fin, que me lío.

Mi vuelta a este pequeño rincón de internet se debe al buen tiempo. ¿Al buen tiempo? Sí, al buen tiempo. Sacar las camisetas de manga corta del fondo del armario me recordó que el verano está a punto de llegar y que lo último que quiero hacer es pasarme dos meses y medio vegetando delante del ordenador pasando calor. No. Me niego. Vale que este año me haya convertido en una marmota, pero no pienso pasar así el verano. Así que empecé a barajar opciones para salir de este lugar los meses de verano.

Mi primera opción era trabajar. De cualquier cosa Jajajajajajajajaja. Seis millones de parados comparten esta opinión. Tal y como están las cosas, se necesitan años de experiencia para trabajar hasta de reponedor ¡de reponedor! en un Lidl. Que no es que sea yo Hulk para llevar paquetes así como así, pero, joder, dos años de experiencia para colocar cajas en un supermercado... (que ningún reponedor se sienta ofendido, ¡por favor!). En fin. Otro de los problemas es que mi universidad acaba bastante tarde (mi último examen es el 12 de junio...) y claro, las empresas que cogen gente de verano empieza a contratarlas en mayo para ir preparándolas, por lo que mi horario es incompatible con cualquier trabajo digno. El dinero me vendría muy bien, la verdad, más que nada porque a este paso el año que viene nos darán como beca un chicle y dos caramelos y una tiene que hacerse 60 km todos los días para ir y volver de la universidad... Pero visto lo visto, esta opción se queda en el cajón de los "algún día". Es lo que tiene no tener padres amigos de, ni ser la sobrina/prima de, que tenemos que aguantar con lo que nos toca.

Así que pensé ¿en qué sí tengo experiencia? ¡En ser aupair! Y si además añadimos la motivación extra que apareció tras leer las maravillosas entradas (aunque también terroríficas, todo hay que decirlo) de mi queridísima Ampelfrau, pues nada, a una le entran unas ganas locas de volver a ser domadora cuidadora de monstruítos.

También me plantee la idea de ir a algún campo de trabajo (que suena muy nazi, sí, pero conozco gente que ha ido y se lo ha pasado genial), pero en la mayoría el idioma "oficial" es el inglés y a mí lo que me interesa es seguir aprendiendo alemán (que igual también debería plantearme mejorar mi inglés, que falta me hace, pero eso es otra historia). Y otra cosa que me echaba para atrás es que, como vas de voluntario, no cobras nada. No es que yo quiera hacerme millonaria trabajando este verano, pero por lo menos el dinero justo para sobrevivir esos meses y no tirar de ahorros sí que quiero ganar. Así que descartado (por el momento, igual dentro de algún tiempo me apunto).

Volvamos a ser aupair. Es la opción más viable y que más confianza me da porque:

1º - Ya he sido aupair, sé lo que es, sé de lo que va y sé lo que hay.
2º - Tengo experiencia, así que puedo encontrar una familia decente.
3º - Como solo van a ser dos meses, tampoco me da tanto miedo aterrizar en un lugar que no sea idílico (tampoco digo que quiera que me maltraten, ojo, pero no es lo mismo buscar familia para un año que para dos meses).
4º - Por lo tanto, si la familia no me gusta me vuelvo a mi casa y santas pascuas, no pierdo nada.

Así que resumiendo aquí estoy, en el punto en el que estaba hace ya un dos años. Con un perfil escrito en un alemán infinitamente mejor e intentando venderme cual caballo de carreras para ver quien quiere acogerme este verano.
De momento tengo un par de familias fichadas, algunas me gustan mucho, pero en concreto hay una que me chifla: una familia alemana que busca a alguien que cuide a sus niños este verano en su casa de Mallorca. ¡En Mallorca! Y pensaréis: "¡pero si eso ni es Alemania ni nah!". Lo sé, pero estaría viviendo casi al lado de casa, en un sitio maravilloso y hablando alemán, que es lo que realmente me interesa. Claro que me gustaría volver a Alemania, pero esta vez iría con un presupuesto bastante reducido y posiblemente me quedaría con un montón de cosas pendientes por hacer/ver y, oye, ¡Mallorca es Mallorca!

¡Deseadme suerte! Os mantendré informados ;)

domingo, 28 de septiembre de 2014

Mi familia

Habéis leído quejarme de ellos infinidad de veces, pero no os dejéis engañar por mi vena quejica porque la verdad verdadera es que los adoro.
Y lo triste es que no es hasta que lo ves de lejos cuando realmente empiezas a darte cuenta de lo que tenías. Ya conocéis lo de "no valoras lo que tienes hasta que lo pierdes", ¿verdad? Pues eso.

Mi HF fue una de las primeras familias en escribirme cuando creé el perfil (madre mía, parece que ha pasado una eternidad ya). Estuvimos mucho tiempo hablando, con correos por aquí y correos por allá, hasta que al final hicimos una llamada por skype (desastrosa, todo hay que decirlo) y milagrosamente me eligieron a mí. Aunque he de decir que lo del famoso "flechazo" no fue conmigo. No "supe desde el primer momento que estaba hecha para ellos" y no "fue una conexión mágica", ni tantas cosas dulces e irreales que se oyen por ahí. Y no por eso nuestra relación fue peor ni mucho menos, cuidado. Al fin y al cabo hay que ser conscientes de que no estamos buscando una segunda familia, sino gente con la que podamos pasar un año lo más a gusto posible. Esto no es una película de amor, ni buscamos al hombre de nuestra vida, así que seamos realistas.

En fin, que me lío.

La familia con la que conviví durante once meses y dos semanas estaba formada por el padre, la madre, mis mellizos adorables y dos gatos más adorables todavía.

Mi HD es un señor alemán de los pies a la cabeza. Y con alemán quiero decir meticuloso y tocapelotas. Así, sin paños calientes. Con esto no quiero decir que me llevara mal con él ni nada por el estilo, pero era el más serio de la familia y le gustaba que todo estuviera en su sitio a su hora. Y claro, a veces esto llevaba a alguno problemillas. Me explicó varias veces en qué trabajaba, pero sinceramente, nunca terminé de entenderlo. Sé que era el jefazo de un banco, y según un apunte del mellizo 1 tenía una silla de despacho muy grande, pero hasta ahí llegó mi entendimiento. Y, como ya comenté varias veces, tenía una pronunciación digna de canal de radio codificado. El día que conseguí entender todo lo que dijo supe que había dado un gran paso en el estudio del alemán.

Mi HM es, en pocas palabras, una super mamá. Trabajadora, tesorera de la asociación de padres de la guardería, miembro de un grupo de tejedoras, manitas, estudiante, cocinera semi profesional, artista y madre de mellizos. Ella se encargaba de todo, desde que se levantaba hasta que se acostaba, de los críos, de la casa, de los gatos, de los vecinos. ¿Que había una fiesta en el Kindergarten? Ahí estaba ella. ¿Que había que arreglar no sé qué? Ahí estaba ella. Siempre atenta a todo, siempre pendiente de todo. Era un encanto de mujer y muy abierta. Había vivido en mil partes del mundo: en Francia, en Italia, en Estados Unidos, en Inglaterra... Se dedicaba en cuerpo y alma a sus hijos, los levantaba, jugaba con ellos, les leía cuentos por las noches... Yo de mayor quiero ser como ella. Y el tiempo que sacaba libre lo dedicaba a tejer, a hacer bolsos con pantalones rotos, a coser ropa para los niños... Lo dicho, una super mamá.

¿Y qué puedo decir de mis niños del alma?
Para ser mellizos no se parecen ni en el color de los ojos ni en el rubio del pelo. Eran niños muy curiosos, les interesaba todo lo que les pudieran contar y luego lo repetían con aires de grandeza. Los vestían (pobrecitos míos, yo me intentaba rebelar pero no me dejaban) con polos, como niños repollo y cada uno tenía unos colores de jersey determinados (rojos, naranjas y azul oscuro para uno, verde, azul y amarillo para otro).

El mellizo 1 me ha llevado de cabeza todo el año. Era un sabiondo, el típico niño que te corrige y al que le coges un poco de asquete. Era muy activo, le encantaba el fútbol, correr, subirse a lo más alto de las cosas. Siempre intentando ser el jefecillo del grupo. Intentaba someter al hermano, obligarle a hacer lo que él quería y a veces lo conseguía. Y aunque ahora mismo lo esté describiendo como la encarnación de satanás en versión mini, lo echo muchísimo de menos. Le encantaba aprender cosas nuevas, palabras nuevas. Memorizó un par de palabras en español que me soltaba cuando menos lo esperaba ("Patri, du bist bonita" Patri, eres bonita) y le encantaba la música, a pesar de no tener mucho oído para cantar (fíjate, como yo).

El mellizo 2 era, es y será el niño de mi corazón. Tenía sus rabietas, sus lloros inesperados, sus cabezonerías, pero yo le quería igual. No podía verle llorar o que le riñeran. Era un niño bastante independiente, le gustaba hacer las cosas él mismo, y con mal genio cuando lo pillabas de mal humor. A pesar de quererle infinitamente, le odiaba cuando me echaba de la habitación por las mañanas, con su mal humor y su cara de dormido (fíjate, como yo). Le encantaba pintar y escuchar audiocuentos, además de ser un apasionado de los trenes y conocer todos y cada uno de los tipos de locomotoras habidas y por haber. Él es a quien más echo de menos y a quien tengo unas ganas locas de volver a ver. 

Y por supuesto, no podría olvidarme de los gatos. Mango y Kiwi (invitados de honor en la esquina inferior izquierda de la cabecera del blog). En invierno se sentaban conmigo en el sillón cuando leía y les encantaba que les acaricien. Si los llamas vienen a ti y puedes estar rascándoles la cabeza horas y horas. La gata, Kiwi, era más independiente y pasaba más de todo, pero el macho, Mango, es el gato-perro más adorable del mundo entero. Aunque mi amor por ellos se vio afectado en primavera, cuando empezaron a traer ratoncitos muertos y a dejarlos en medio de la alfombra con los consiguientes "oh dios mío qué asco". 

¡Ah! Esta entrada no podría estar completa sin mencionar a los abuelos maternos. Los padres de mi HM vivían en una casita cerca de la nuestra y se encargaban de un montón de cosas relacionadas con los críos, sobre todo de llevarlos y recogerlos de sitios en coche. La abuela, o como le gusta que le llamen, Nonna, era lo contrario a una abuela que os podáis imaginar. Era una señora muy culta, hablaba unos seis idiomas (entre ellos español) y había vivido en muchas partes del mundo. Os puedo asegurar que nadie adivinaría los 80 años que tiene, ni como tampoco los 80 del abuelo, mejor dicho Nonno. Al padre de mi HM no le traté tanto, solo hola o adiós cuando recogía a los niños, y mi principal problema con él era si llamarle "doctor", "señor", o por el nombre de pila. 

A casi dos meses de haber vuelto puedo decir que daría lo que fuera por volver y que me muero de ganas de volver a saludar a cada uno de ellos. Eso quiere decir que no ha ido tan mal ¿verdad?

domingo, 14 de septiembre de 2014

¡Quién te ha visto y quién te ve!

Si hay algo que se repite en todos los blogs y que a todas nos encanta decir es eso de "esta experiencia te cambia mucho". Pero no lo decimos por decir, no, es la pura verdad. Claro que durante el proceso puede que no nos demos cuenta, pero una vez regresas a tu hábitat natural te das cuenta de la cantidad de cosas que ya no ves con los mismo ojos o que no entiendes como podías hacer eso hace solo un año.

En mi caso, esto fue lo que cambió de un año para otro:

En Alemania decidí dejar de lado el Colacao de toda la vida por una taza de café. Al principio no le veía la gracia, y ahora lo tomo por gusto. 


Antes de salir de mi casa no hacía mucho en cuanto a las tareas del hogar se refiere (ventajas de tener una madre de las de "quita, que tú no sabes, ya lo hago yo"). Después de un año, sé que soy totalmente capaz de poner una lavadora, una secadora, pasar la aspiradora, limpiar una cocina, fregar cacerolas y muchos muchos más.


Volví a engancharme a la lectura. Con los líos de la universidad, esto y lo otro, dejé los libros de lado. Leía de vez en cuando y libros que me recomendaran. En Alemania redescubrí lo que me gusta leer, meterme en una historia y verme reflejada en unos personajes. ¡Y ahora también en alemán!


Antes era una obsesionada del móvil, lo admito. Que si Whatsapp para arriba, que si Facebook para abajo... El año como au pair no tuve móvil con internet (de hecho, mi móvil de allí era un Samsung que lo más avanzado que tenía era la pantalla a color) y pude sobrevivir. Y de hecho me gustó mucho. Ahora que todo vuelve a "la normalidad" intento mantener distancia con él y no ser una whatsapp-dependiente de nuevo.


Aprendí a organizarme el tiempo. Si quería estar en un sitio a una hora, tendría que salir de casa con tanta antelación y hacer el camino de tal forma, entre otros ejemplos. Aunque parezca una tontería, esto era algo que antes no contemplaba y, oye, ayuda mucho a llevar una vida más o menos organizada.


Aprendí lo que es convivir con otras personas que no eran mi familia. Esto lo conocemos todos los que vivimos en casa de nuestros padres. ¿Quién no ha visto platos sucios en el fregadero y ha pensado "que lo haga otro"? ¿O ha dejado algo en el lugar que no tocaba sin el más mínimo remordimiento (con el consiguiente "mamá, ¿has visto mi no sé qué? ¡Si lo dejé aquí mismo!")? Cuando vives fuera de la "confianza" de tu casa aprendes que hay cosas que son o no son aceptables. Y esto, para el futuro, ayuda.


Conseguí arreglar situaciones que me superaban a mí misma. Cuando no puedes más, cuando has tenido un día horrible, cuando has aguantado una tarde entera a un niño poseído por el mismo demonio, cuando te encuentras un pájaro destripado en medio de la alfombra del recibidor... Ahí te ves con la vida real cara a cara, sabes que no puedes hacer otra cosa que seguir hacia delante, porque no hay vuelta atrás. En otras circunstancias lo hubiera mandado todo a tomar por saco, pero cuando toca, toca. Y lo mejor es saber que lo has hecho y lo has conseguido.


Antes era una adicta a las series. No podía vivir sin saber qué había pasado en el último capítulo de Anatomía de Grey o qué habría pasado entre Damon y Elena. Las leyes alemanas son muy duras con los que se descargan archivos de forma ilegal y yo tampoco quise arriesgarme a meterme en páginas de visualización on line, así que decidí hacerme abstemia por un año. Oye, y no se estaba mal. El día tiene más horas cuando no te pasas unas cuantas enganchada al ordenador.


Aprendí a valorar el dinero. Esto me parece muy importante para gente que, como yo no, había trabajado nunca y vive de las pagas de nuestros padres. Cuando trabajas y sabes lo que realmente cuesta ganarte ese dinerillo, aprendes a valorarlo más y a plantearte en serio cómo puedes gastarlo de la mejor manera si quieres que te dure hasta fin de mes.


Y lo más importante, durante este año aprendí a ver la vida desde otra perspectiva. Empecé a plantearme mi futuro, qué era lo que quería hacer y qué era lo que de verdad quería alcanzar. Parece una tontería, pero cuando ves la vida fuera de tu "zona de confort" descubres que hay muchas cosas que no sabes o que ni si quiera te has planteado. ¿Qué haré después de terminar la carrera? ¿A qué me dedicaré al terminar? ¿Tendré que irme otro año al extranjero? Y aunque he de reconocer que todavía no tengo respuestas a esas preguntas, lo veo de una forma que sé que antes no la habría contemplado.

martes, 19 de agosto de 2014

Quitando telarañas y reprogramando actitudes

Seguro que habíais pensado que ya me había olvidado del blog y que no iba a contar nada de mi vuelta y de mis últimos días por tierras alemanas, ni nada de nada. Que lo iba a dejar todo como J.K., con un final abierto y un "¡hala! ¡Inventad lo que queráis!". Pues no, ni soy tan millonaria ni tan cruel como J.K. y no podía terminar mi aventura como au pair sin anunciarlo en este blog, que que contiene lo que considero la esencia de este año. Y aquí esto, señores y señoras, en otro país, en otra habitación, con otro ordenador y un calor que me muero (oh sí, el maravilloso clima alicantino) disculpándome por casi un mes de silencio bloggeril.

Si os soy sincera (y como este es mi blog y hago lo que quiero, lo seré) no he tenido ganas hasta ahora de escribir. Quería esperar a adaptarme de nuevo, a acoplar quien soy ahora con la vida de quien era antes, a que las maletas dejaran de acaparar el espacio principal de mi habitación... De momento, ni he conseguido terminar de adaptarme, ni todas mis cosas están ordenadas (todavía tengo un par de cajas rondando por la habitación huérfanas de sitio en mi armario/estantería), pero hoy me he levantado con ganas de escribir y de volver a aburriros con mis historias y dramas personales.

De momento no me planteo echar el cierre al blog. Es más, me gustaría seguir escribiendo cosas nuevas, anécdotas y reflexiones propias de la vida au pair, además de cosillas más relacionadas con Alemania y el alemán que, a la larga, será de lo único que pueda hablar. Creo que este pequeño rincón que considero propio será lo único que dentro de un tiempo más o menos largo me siga manteniendo en contacto con mi antigua vida. Y si además alguien de por ahí encuentra algo útil entre tanta palabrería, mucho mejor.

Sería imposible resumir  mi último mes en Brühl en un par de líneas, así que me explayaré en una entrada a parte. Pero si hay algo que puedo asegurar, es que no fue un mes fácil. No por las despedidas, por la presión de la cuenta atrás, si no porque eses volví a sentir que no encajaba, casi como al principio. Y claro, una que está con las maletas por el suelo y los calcetines amontonados en una esquina, siente que a pesar del tiempo, de los esfuerzos y de las ganas infinitas, la cosa no ha cuajado, que no ha servido para mucho y que sigo sin tener un "hueco" en el mundo. Lo sé, mi capacidad de pensar en positivo estaba esos días de vacaciones en alguna playa menorquina. Pero como ya he dicho, esa es otra historia y será contada en otro momento.

La vuelta ha sido, en pocas palabras, rara. Ya comenté que no estaba del todo preparada para volver. Las últimas semanas tan duras hicieron que quisiera volver, pero las perspectivas de sentir que nada había cambiado aquí me hacían no querer volver. Tenía ganas de volver y de no volver. A la vez. Que haya vuelto con la cordura intacta es un misterio que todavía investigan científicos de todo el mundo. Pero bueno, lo acabas "asumiendo" y te ves sentada en un asiento de avión, llorando como una magdalena, mientras que la alemana de al lado te dice que no te preocupes, que volar es muy seguro.

Y la vuelta, ¿qué os puedo decir? La primera semana no está mal, hay mucha gente que te quiere ver (o no) y que dicen que te han echado mucho de menos (o no). Yo tuve que tomar algunas decisiones un poco amargas, como la de mandar a paseo a un par de amigas que si no hubiera sido por mis estados de Facebook no se habrían enterado de que estaba fuera. Pero supongo que eso también tiene que ver con madurar y hacerse mayor. Apartar de nuestro lado a la gente y las cosas que no nos aportan nada (o peor aún, nada bueno) y quedarnos con los que de verdad nos ayudan día a día.

Y aunque sé que suena a cliché y a lo que todo el mundo dice siempre, la experiencia te cambia, y mucho. Yo no soy la chica que se subió a un avión el 26 de agosto hace un año. No soy mejor ni peor, soy diferente. He aprendido tantas cosas que me sorprende a mí misma. Me he enfrentado a un montón de situaciones que nunca llegué a pensar que viviría. He viajado sola por Alemania, he quedado con gente desconocida, he recogido animales muertos de la alfombra, varias veces y a menudo sin forma definida. He lidiado con niños porculeros, los he odiado hasta el infinito y los que querido mucho más. He jugado a juegos con más ganas que ellos y he discutido por ver quien había ganado. Ha llorado y he reído. Lo he pasado muy mal y lo he pasado muy bien. He aprendido que las lavadoras no se ponen solas y que las cocinas no se limpian solas. Y he aprendido alemán.

Sí, ha sido un buen año.

sábado, 26 de julio de 2014

Echaré de menos...

... a mis niños (en modo adorable). Las peleas, los lloros y los dramas los dejaré en la caja de "recuerdos para el olvido". Prefiero quedarme con los abrazos, los besos sorpresa, las miradas cómplices, las risas y los juegos.

... hablar en alemán.

... viajar. Y sobre todo, viajar por poco dinero.

... la comida, en especial la Currywurst y la Spekucreme (una crema de galletas típicas de navidad que tiene calorías para aburrir y está de vicio).

... la comida de Corinna (sí, merecía un apartado especial). Sus inventos, sus platos rápidos y sus platos elaborados. Cada uno más delicioso que el anterior.

... al gato más adorable del mundo. Y a la pantera más chiquitilla de todos los tiempos.

... la independencia. Salir de casa con un simple "no vengo a cenar, ¡adiós!". Salir y volver a la hora que quiera, hacer lo que quiera, comer lo que quiera a horas indecentes (véase inflarme a galletas a las diez de la noche).

... los precios de los libros o, en otras palabras, encontrar libros más baratos que tazas de café.

... los precios de las series y de las películas. Encontrar chollos como las ocho películas de Harry Potter por 19,99€ (sí, odiadme).

... viajar en tren casi cada día. Y saberme de memoria las paradas, el tono de la voz que las anuncia y la dirección en la que te tienes que bajar.
... ir en bici.

... desayunar Brötchen y Buttercroissant (¡con Speku!) todos los domingos.

... beber agua con gas porque sí.

... pasear por los jardines de Brühl y por el centro de Colonia sin creerme que viva aquí.

... conocer gente nueva, de sitios que no sabría colocar en el mapa.

... colgar un anuncio en Facebook buscando un compañero de tándem y quedar con alguien que solo conoces por la foto de perfil.

... pasar los domingos sin plan en la cafetería de siempre, tomando un té y un trozo de bizcocho, con la única compañía de un libro.

... los artistas callejeros de Colonia que llenan las calles de música y arte.

... pasar el rato en la orilla del Rin, disfrutando de las vistas y de los personajes (a cuál más raro) que por allí rondan.

Ay, me quedan diez días. Diez días para dejar todo esto, para dejar esta vida, para dejar este lugar y para acabar este año que ha marcado un antes y un después. Y no me lo creo. Todavía no lo he asumido. No estoy triste, no estoy contenta, simplemente es como siempre. Como si ese billete también fuera de vuelta. 
Esto se acaba y no estoy preparada. Hay tantas cosas que quiero hacer, hay tantas cosas que quiero repetir. ¿Alguien sabe dónde se compran pastillas de realidad? Una au pair que no ha asumido el fin de su aventura las necesita.

P.D: ¿A que no sabéis quién ha aprobado el certificado del C1 del Goethe Institute? Creo que la señora que vive al final de la calle escuchó mis gritos de alegría! :D

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