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miércoles, 20 de julio de 2016

¿Qué se puede hacer con la paga de aupair?

La idea de escribir esta entrada surgió el otro día, cuando hablaba con una compañera de la carrera. Ella se marcha de aupair a Alemania y yo, como ya comenté hace unos días, me iré el curso que viene a trabajar de auxiliar de conversación. Total, que allí estábamos las dos hablando de unas cosas y otras cuando salió a colación el tema del dinero y esta chica soltó la siguiente frase lapidaria:

"El sueldo de aupair es mucho mejor que el de auxiliar porque como no tienes ningún gasto te llega para todo."

No lo voy a negar, el sueldo es uno de los aspectos principales de ser aupair y uno de los asuntos que más preocupa antes de irnos. Siempre nos asalta la duda de si la paga será suficiente, o si nos llegará para los gastos que planeamos tener. Partimos de la base de que ser aupair es una buena forma de que vivir en el extranjero no acabe con nuestra pequeña economía de estudiante (escasa o inexistente). Si nos autofinanciamos con la pequeña paga (y sabemos administrarla), podemos volver a casa después de un año sin dejarnos un riñón por el camino.

Ahora bien, y volviendo a la reflexión anterior, puede que para ser aupair no haya que gastarse una fortuna, pero lo de que no tienes ningún gasto es otro cantar. Por supuesto, no hay que preocuparse de pagar el alquiler, el agua, la luz o la calefacción. Y milagrosamente, cada vez que abres la nevera, está llena de cosas ricas. Incluso a la hora de comer, sin haber calentado una sartén, tienes una comida deliciosa encima de la mesa. Pero los gastos de una aupair no acaban ahí ni mucho menos.
Desde mi experiencia puedo decir que es inevitable gastarte dinero de nuestro propio bolsillo. Sobre todo si el objetivo es aprovechar al máximo la experiencia y no quedarnos en casa comiendo arroz hervido. Entonces, ¿qué se puede hacer con la paga de aupair y qué no?

En primer lugar, habamos de paga (en alemán Taschengeld) porque es una cantidad tan pequeña que no se puede considerar sueldo, de hecho, no hay que pagar impuestos por ella ni allí ni aquí (por si a alguien le puede interesar este dato). Alemania, por suerte, tiene el tema bastante regulado y el salario mínimo que puede cobrar una aupair allí es de 260 €. Hay familias que dan un poco más, o que pagan los vuelos. Pero también hay familias que no pagan ni el transporte ni un curso de alemán. Es difícil establecer unas normas generales porque cada familia y cada aupair es un mundo. Por eso hablaré desde mi experiencia.

Qué SÍ me puedo permitir con la paga de aupair:

-Comprar todo tipo de guarrerías varias. Lo admito, ponerte como un tonel estando de aupair no es nada complicado. La paga da para muuuuucho chocolate, muchas gominolas, muchas galletas ultra dulces y grasientas... ¿Te toca esperar media hora en la estación a que salga tu tren? Pues te compras un croissant de esos con tan buena pinta. ¿Has salido a pasear, tienes hambre y frío y estás en la otra punta del pueblo? Pues entras en la cafetería tan cuqui a tomar un café y un trozo de tarta de chocolate.

- Comprar enseres de higiene necesarios. El champú, el acondicionador, el gel, la crema hidratante... Lo más normal es que de esto lo financie el propio bolsillo, a no ser que la familia lo quiera incluir en su lista de la compra. Personalmente, yo prefería encargarme de ello y así iba probando diferentes marcas (además de que yo para los olores del champú y demás soy un poco maniática). Con la cantidad de droguerías que hay por Alemania (dm, Rossmann... ) no tiene por qué salir caro.

- Salir los fines de semana. Con salir me refiero a cenar fuera, ir a diferentes cafeterías/bares con amigas a tomar algo, ir a algún museo de vez en cuando, pasearte por el centro de la ciudad tomándote un helado/Glühwein (según la estación), hacer planes con amigas... Todo ello, claro, dentro de unos límites. Nosotras siempre íbamos a restaurantes "económicos" y comíamos mucha comida rápida: hamburguesas, pizzas, kebab, Currywurst... las opciones son infinitas, aunque en Alemania se puede comer comida sana por poco precio si sabes dónde ir. Alguna vez nos dimos el lujo de ir a un restaurante donde no se come con las manos, pero solo en ocasiones especiales. 

- Salir de fiesta. He de reconocer que sobre este tema no sé mucho porque no soy muy de salir de fiesta hasta las tantas. Pero la paga de aupair sí que da para tomarte unas copas de vez en cuando y beber cerveza, mucha cerveza.

- Darte algún capricho al mes. Esto ya depende de cada uno y su concepto de capricho. Los míos son más bien baratos: un libro de vez en cuando, un DVD, unos pantalones porque los que me traje de España están hechos polvo, unos deportivos para el gimnasio, unas botas para el invierno, la tarifa del móvil...

- Pagar actividades extra. Si retomamos el primer punto de esta lista, después de un mes en tierras extrañas puede que hayamos duplicado nuestro peso (true story). La paga también llega para un abono mensual al gimnasio del pueblo (aunque a mí me sablaban cada mes, he de reconocerlo, pero hay formas muy económicas de hacer deporte, sobre todo si vives cerca de una universidad). Las VHS también ofrecen excursiones, cursos de un día sobre cualquier cosa (repostería, costura, manualidades, fotografía...). Yo hice algunos y los recomiendo 100 %, ya que además de aprender cosas nuevas conoces gente, te relacionas, mejoras el idioma...

- Hacer excursiones. Nada de dar la vuelta al mundo, desde luego, pero con el sueldecillo de aupair se pueden hacer pequeños viajes bastante decentes a ciudades cercanas. Además, si se aprovechan las ofertas de la DB y los tickets regionales o de fin de semana, se puede viajar a muy buen precio. Si a eso le sumamos comer en algún sitio baratillo y llevar provisiones de casa (galletas, agua, zumo...), pasar el día en Frankfurt puede salirnos por 15 eurillos de nada.

La paga da para todo eso y mucho más si se gestiona bien.

Qué NO me puedo permitir con la paga de aupair:

Puede que 260 € parezca una cantidad razonable de dinero, pero hay muchas cosas para las que no llega (o, por lo menos, no llega si no queremos pasar el mes encerrados en casa).

- El transporte. El transporte en general es bastante caro, especialmente si tenemos que desplazarnos todos los días. Los abonos mensuales son una buena opción si coges el tren/tram/bus casi todos los días, pero puede salir por un ojo de la cara (unos 100 € o más, dependiendo de la distancia). Mi familia, por ejemplo, me lo pagaba todos los meses, pero conozco a muchas chicas que se lo pagaban de su bolsillo. Personalmente creo que este es uno de los temas principales a tratar con la familia antes de irse, ya que si ellos no se hacen cargo, puede acabar con el presupuesto. Incluso si la familia vive en la propia ciudad, nunca viene mal contar con el abono para moverte por ella. Por ello, hay que dejar claro este tema antes de firmar nada, para saber a qué atenerse. Podéis imaginar la sorpresa de ver que vives al lado de una gran ciudad pero a penas puedes ir allí porque no te puedes pagar el transporte. Si la familia se niega a pagarlo entero, proponedle que pague la mitad o que os ayude a pagar los tickets sencillos.

- Los cursos de alemán. Este punto hay que matizarlo un poquito. Hay cursos de una semana que pueden costar unos 50 € y otros intensivos de tres meses que pueden llegar a los 400 €. Los que yo recomiendo encarecidamente son los de dos días a la semana, que pueden costar unos 120 € (me baso en los precios de la VHS de Colonia de hace dos años, no sé ahora cómo estarán). Los cursos se quedan un poco por encima de  nuestras posibilidades, a no ser que el mes que los pagues te quedes en casa hibernando.

- Los vuelos. Hay vuelos baratos, eso lo sabemos todos (todos conocemos al amigo de un amigo que se fue a Bruselas/Londres/París por 20 céntimos reservándolo el día de antes, ¿no? xD). Pero cuando tienes que volar de X día a X día, porque solo puedes estar fuera la semana que la familia tiene vacaciones, tienes que aguantarte y pagar lo que las compañías aéreas quieran cobrarte. A mí todavía me duele la puñalada de los vuelos de Navidad (unos 260 € ida y vuelta, en una compañía low cost y reservados en octubre) pero no tenía más remedio que aceptarlo si no quería pasarme las navidades cantando villancicos en alemán.

- Los viajes largos. La paga llega perfectamente para hacer alguna excursión al mes, ir al pueblo de al lado, visitar esta u otra ciudad, pero para viajes largos... Se queda un poco escasa. Entre billetes de tren, hostales, comida, visitas turísticas (museos, visitas guiadas...) se va bastante dinero.


Pero como todo en esta vida, todo esto es relativo y depende de cada uno y de sus prioridades. Mi consejo: disfrutad del año y no os preocupéis por el dinero. Creo que no merece la pena quedarse en casa y dejar de lado planes geniales por ahorrar unos cuantos euros. Al fin y al cabo, cuando vuelves a casa y echas la vista atrás solo recuerdas los buenos momentos: las risas en el tren, los exámenes en la escuela, la profesora de la que tanto aprendiste, las carreras para coger el tram...

¿Qué opináis? ¿Hay algo más que añadiríais a la lista de SÍ o NO?



lunes, 1 de febrero de 2016

Cuando tu hostfamily ya no es tu hostfamily

Sí, lo sé. Debería estar investigando para mi trabajo de fin de grado. Pero las musas han venido a visitarme y he decidido pasar del análisis de la traducción audiovisual y emplear su visita para retomar estas improvisadas "Crónicas post-aupairiles".

En la entrada anterior comentaba (además de excusarme por mi descarada ausencia) lo que sentí cuando volví y cómo fue retomar la relación con mis amigos (o los que quedaban, como bien apuntaba Carolina en un comentario). También conté cómo volví a la universidad a sabiendas de que acabaría un año más tarde que la mayoría de mis amigos y compañeros del alma. Hoy, sobre todo después de haber pasado dos horas buscando la oficina de correos (¿hola? Sentido de la orientación, ¿estás por ahí?) y haciendo cola para enviar una carta a mi no-familia alemana, me apetece hablar de mi relación con la no-familia una vez en casa (y casi dos años después).

Supongo que aquellos que hayan tenido malas experiencias y hayan huido de sus casas de acogida no querrán volver a ver su hostfamily ni en pintura. Lo comprendo y lo respeto. También habrán otros para los que su hostfamily es pasado y pensarán que se lo han pasado muy bien allí, pero si te he visto no me acuerdo, como le ha ocurrido a alguna amiga mía.

Yo, desde el primer día, me mentalicé de que mi época con ellos había pasado (adiós, Patri, adiós) y que un par de semanas después de irme llegaría una chica nueva que viviría donde yo vivía, se sentaría en mi sitio en la mesa en el que yo me sentaba y tendría una pinza de la ropa con su nombre para su vaso. Esto último que no os suene raro (aunque lo parezca), porque para evitar que cada vez que alguien bebía agua usara un vaso nuevo, con el consiguiente derroche de lavavajillas, o nos confundiésemos y bebiésemos por error del vaso de otro (oh, no, ¡qué drama!), cada uno tenía una pinza de la ropa con su nombre escrito y cuando cogía un  vaso para beber agua, le colocaba la pinza en el borde y así todos los habitantes del hogar, gatos incluidos, sabían que ese vaso contenía las babas y bacterias del susodicho. ¿Alguien más hacía eso en su casa o era yo la única lela que no conocía este sistema? xD 
Volviendo al tema. Yo asumí que había pasado a la historia y que, aunque al principio llamaran a la nueva chica por mi nombre (como a mí me pasó cuando llegué, que me llamaba Tatianaa... Patri), a los dos días pasaría al olvido. 
Y supongo que es la actitud que hay que tener. No podemos quedarnos estancados en ese año ya pasado y ellos, al igual que nosotros, seguirán viviendo sus vidas. Qué cosa más lógica y qué difícil es a veces hacerse a la idea.
No obstante, estos dos años siempre he enviado un correo felicitando las navidades y los cumpleaños, sobre todo los de los niños, y mi Gastmutti nunca se ha olvidado del mío. Poco después de volver, hablamos por skype una vez y pude volver a ver a mis chiquirritines. Pero, aunque luego volvimos a intentarlo y no salió bien, dejamos de buscar fechas que nos vinieran bien a todos y ya solo nos comunicamos por correo.

Estas navidades, sin embargo, quise tener un detalle con ellos, y como soy la loca del ganchillo les tejí unos gatitos con sus colores favoritos. 


Si soy sincera (y como este blog es mío, no tengo por qué no serlo), en un principio se los quería enviar en octubre para sus cumpleaños, pero no me dio tiempo a terminarlos. Y antes de enviarlos a destiempo (contando con que tardarían una semana y pico en llegar), preferí reservarlos para navidad. Cosas de la vida, y de las tardonas como yo, casi no los termino a tiempo para enviarlos una semana justa antes de Nochebuena para que llegaran el día de Navidad, o antes, así que los tuve que enviar sin cola, porque si no no llegaban ni para reyes. Pues, cosas de la vida también, justo el día de Nochebuena, llegó un paquete a mi nombre desde Deutschland que mi padre, el muy sinvergüenza, escondió. Y por la noche, después de la cena, cuando nos dábamos los regalos, me dijo que había llegado un sobre muy especial y me lo dio. Dios, me puse a llorar. Y quiero declarar públicamente que no soy persona de lágrima fácil (que, oye, si hay que llorar se llora que no pasa nada), pero ahí estaba yo, llorando a moco tendido la noche de Nochebuena con mi regalo especial de Alemania. Y os preguntaréis ¿qué había en el sobre? Un saquito de tela, con un mensaje que me llegó al alma.

Winter is coming... Crochet faster! (perdón por la calidad, no tenía otra -.-)
Cosas de tejedoras frikis. Y me encantó, sobre todo porque mi no-Gastmutter se acordó de mi pasión por Juego de Tronos y encontró algo que combinaba mis dos aficiones, aficiones que, además, compartimos las dos. En fin, que me emociono.
Pero ahora viene lo mejor. Yo pensaba que me había enviado el saquito como agradecimiento por los gatos de crochet. Pero no, al tiempo me escribió diciéndome que habían recibido los gatitos justo el día después de Navidad y que les había hecho especial ilusión. Sobre todo a uno de ellos, el niño de mis ojos, que se lo lleva todas las noches a dormir con él. Madre mía, sé que voy a quedar como una llorona en esta entrada, pero me volví a emocionar. Sobre todo pensando que ellos se acordaban de mí, que habían recibido mi regalo (que, no es por tirarme flores, pero me costó muchas muchas muchas horas de trabajo) y que, además, no había pasado sin pena ni gloria sino que ¡hasta dormían con ellos!

¡Están supermayores! Como veis, acerté de lleno con los colores :-P

¿Y por qué les he enviado hoy una carta? Bueno, como dije, no me dio tiempo a hacer las colas de los gatos, una detalle que pensé que pasaría desapercibido. Pero se ve que no. Mi Gastmutti me comentó en su correo que los niños se habían quedado muy sorprendidos al ver que los pobres gatos no tenían cola. ¿Y qué hace una buena ex-aupair en estos casos? Esperar a que pase la época de exámenes (dios, casi no sobrevivo a tantas horas en la biblioteca y encima con un constipado monumental) y ponerse como loca a tejer las dichosas colas. Y hoy por fin, por el módico precio de 1,55 €, las he enviado a sus legítimos dueños. 

Seguramente la próxima vez que vuelva a enviarme/le un correo será dentro de bastantes meses. Pero lo importante es que sepan que sigo estando aquí y que no me he olvidado de ellos. Que como bien dice mi yaya "de buen nacido es ser agradecido, hija mía, y tú tienes mucho que agradecerles". Y la verdad es que, como casi siempre, tiene bastante razón. Porque allí pasé días buenos y días malos, y no fueron pocos los días en los que me sacaban de mis casillas eso no lo voy a negar, pero a día de hoy solo me acuerdo de lo bueno y lo malo, ahí se queda. Y cuando leo las historias de todas esas chicas que se sienten utilizadas, que tienen que aguantar carros y carretas, agradezco mucho haber tenido la familia que tuve.

Y para terminar, me gustaría avanzar en esta entrada que quizá QUIZÁ vuelva pronto a verlos. Porque, en un correo, mi Gastmutti me contó que la au pair de este año había desertado (una española que encontró trabajo aquí y se volvió) y que ahora los cuidaba una niñera del pueblo de al lado, pero que no sabían que harían en verano. Y yo me dije: "¡esta es la mía!" y le dejé caer que, si en verano necesitaban que les echara una mano, aquí estaba yo. Todavía no me ha contestado (igual le da un ataque de risa al leerlo... xD), pero existe esa pequeña posibilidad de volver a mi no-casa alemana, con mi no-familia alemana, con mis no-niños alemanes. ¡Qué ilu!

Y vosotros, ¿seguís teniendo relación con vuestra no-hostfamily?

Llegados a este punto, solo puedo dar las gracias a los que me leíais antes y seguís haciéndolo después de tanto tiempo y, por supuesto, a los nuevos lectores, ¡sed bienvenidos!

martes, 26 de enero de 2016

¿Y después?

Así soy yo. Un día me vengo arriba y escribo emocionadísima una entrada en el blog porque voy a volver a ser au pair y... Me olvido.

Bueno, no me olvido. Simplemente, la cosa no salió bien. La famosa familia de Mallorca nunca dio señales de vida (que una piensa, ¿qué cuesta decir "lo siento, hemos encontrado a otra"? En fin). Estuve hablando con otra familia de un pueblo perdido de Austria: cuidar a un niño dos días a la semana (llevarlo a clases, recogerlo, hacerle la cena... Lo típico) y estar en casa cuidando de los gatos/perros (ya no me acuerdo xD) entre semana. La verdad es que la madre parecía majísima y, lo mejor, las fechas coincidían con las que yo podía irme. ¿Qué pasó? Bueno, lo primero que me echó para atrás fue que querían que estuviera medio agosto en su casa SOLA cuidando los animales mientras ellos se iban de vacaciones. Sinceramente, esa es una responsabilidad que no estaba dispuesta a asumir. Me imaginaba a mi sola, viviendo sola en una casa a saber dónde, en un país donde no conocía a nadie (que no era Deutschland, no, era Austria) cuidando de gatos/perros y asustada por las noches imaginándome al hombre del saco entrando por la ventana. Lo segundo que terminó de desconvencerme fue que como el pueblo estaba a tomar vientos, el viaje (solo de ida) se salía por unos 400 €. Y eso si la familia venia a recogerme a la ciudad de al lado y volaba en la bodega del avión. Así que, mi ilusión por volver a ser au pair se fue por donde había venido.

Y con ello, mi presencia en este rinconcito de internet, claro.

¿Y por qué vuelvo ahora? Pues porque el otro día me acordé de mi blog. Ese que tantas alegrías me daba cuando estaba fuera. No había día que no me metiera para leer las aventuras de Ana, las excursiones mendigueras de Ampelfrau (aunque por aquella época no escribía, todo hay que decirlo) y los consejos de Apaga y vámonos. De verdad, prometo que me entraba TODOS los días. Me conocía la mayoría de blogs del mundillo y ¡hasta dejaba comentarios! Sí, sí, como lo cuento. Pero bueno, un buen día dejé de ser au pair y este blog que tantas horas me había alegrado y que tanto me había entretenido pasó al olvido. Y hoy, por casualidades de la vida, me ha dado por volver a entrar. Menos mal que en internet no hay polvo, porque si no esta página estaría llena de pelusas (¿os imagináis qué pasaría si Google fuera ensuciando los blogs abandonados? Yo volvería de vez en cuando solo para que no apreciesen  cucarachas...). Bueno, que me lío. 

Y al meterme, he visto que este blog sigue recibiendo visitas a pesar del abandono y ¡que todavía recibo comentarios! Es decir, hay gente que dedica algo de su tiempo a leer mis alegrías y dramas aupairiles y que además ¡comenta que les han gustado! De verdad, no podría haber mayor recompensa a tantas horas escribiendo delante del ordenador. ¡Muchísimas gracias! Y después de la euforia, me he acordado de que nunca escribí nada sobre mi vida después. Muchos planes, eso sí, pero nada real. Y es algo que muchas au pairs hacemos. Hablamos mucho de nuestra vida allí, pero ¿qué pasa cuando vuelves?

Intentaré ser breve.

Cuando volví, fue fantástico. Y eso no hay nadie que lo niegue. En ese momento, la pena por haber dejado atrás una etapa de tu vida se ve eclipsada por tu familia, tus amigos, tu cama, tu nevera, tu ensaladilla rusa... En fin, te sientes pletórico. O por lo menos así me sentía yo. Además, como mis últimas semanas fueron algo complicadas (los niños de vacaciones, au pair 24 horas... ¡horror!) volver a casa fue maravilloso. Atrás quedaron los madrugones, los niños llorando, las discursiones, los "te has comido las manzanas que no eran"... En fin, volví a tomar las riendas de mi vida. O eso creía.
La euforia duró una semana. La semana siguiente fue horrible. Lo prometo. Me sentía "extraña" en mi propia casa. Estaba de muy mal humor, me enfadaba por nada. Mis padres no insistieron mucho y me dejaron a mi bola. Menos mal, porque aquí la que escribe estaba insoportable. Supongo que se me juntaron muchas cosas. Estaba deseando volver a casa, de eso no hay duda, pero mi cabeza todavía no había asumido que la vuelta era definitiva. Y dar ese paso mental, cuesta mucho. También he de reconocer que tuve un final algo amargo con mis amigas de Deutschland, y ver desde Facebook que vivían mi ausencia como si nada, me dolió un poco (que queréis, una que tiene amor propio). Mis amigas de España tampoco colaboraron mucho, la verdad, porque ellas tienen su vida y sus historias. El calor de agosto en tierras alicantinas, las playas saturadas, las ganas de coger un tren y no poder, de coger la bici y no poder, de que estuviera nublado (nublado jajajajaja) y que siempre brillara el sol... La menda se hundió pero bien. Supongo que el problema principal, al margen de todo lo anterior, fue que pasé de estar muy ocupada (y si no lo estaba, me lo inventaba) a no tener nada que hacer. Pasé de estar siempre de un lado a otro, a estar en mi casa "encerrada". Menos mal que la salvación llegó pronto.
Este estado me duró un par de semanas, pero poco a poco se fue pasando. Solo hay que aclimatarse y adaptarse a las nuevas circunstancias. Septiembre llegó con nuevos planes y muchas cosas que hacer, tantas que hasta me olvidé de muchas otras. Entre la universidad, el curso de italiano que hice en la escuela de idiomas y que encontré el hobby de mi vida (siiiii, ¡hacer ganchillo!) el año pasó volando. El verano, al final, me quedé en casa vegetando cual ameba, pero no me arrepiento. Este año estoy muriendo en mi último año de carrera y ahora me meteré de lleno en el temido TFG que más de un disgusto me ha dado ya.

Como veis, la vida sigue. Es difícil hacerse un hueco, eso está claro. Por un lado, tú has cambiado (y si no has cambiado, raro...). No es que vuelvas con tres ojos y cuatro dedos en cada mano. Se trata más bien de algo personal. Te has hecho mayor, por lo menos en parte. Una madura mucho cuando tiene dos mellizos a su cargo, cuando tiene que cuidar a un niño con 40º de fiebre, cuando tiene que recoger un pájaro muerto de en medio de la entrada y cuando se recorre seis ciudades sola. Y claro, aunque tengamos la sensación de que ese año que hemos estado fuera, el resto del mundo haya vivido en pausa (¿le pasa a más gente o solo a mí?), hay que recordarse que mientras tú te ibas a visitar cementerios, tus amigos se han quedado aquí avanzando con sus vidas. Y muchos de ellos han avanzado sin ti. Cuando vuelves te das cuenta de quién te ha echado de menos de verdad y quién no. Quién tiene interés de verdad en volver a verte y escuchar tus andanzas y quién no. Quién quiere recuperar el tiempo perdido y quién no. Y duele mucho ver que amigas del alma de toda la vida han pasado un año sin ti y les ha importado más bien poco, pero así es la vida. En esos momentos te das cuenta de quién está ahí de verdad, y eso no tiene precio. Sobre todo, el año fuera se nota en la universidad. ¡Cómo no! Mi grupo de amigas de la uni (todos tenemos un grupo de amigos de la universidad y otro de amigos de toda la vida ¿verdad?) iban un curso por delante, nos veíamos poco, teníamos el tiempo justo para hablar entre clase y clase... En este sentido, también te das cuenta de quién está ahí de verdad, quién coge el autobús a las 9 de la mañana teniendo clase hasta las 9 de la noche para quedar contigo por la mañana para ir a comer al burger de al lado del campus, quién está en whatsapp para escucharte hablar mal del pesado de turno... Muchas otras personas, incluso amigos que pensabas que eran más cercanos, se convierten en simples conocidos que saludas por los pasillos. Pero así es la vida. En mi caso, he de reconocer que el año que me fui de au pair se fueron varias amigas de mi clase (algunas de au pair, otras de erasmus, otras a trabajar... Cosas que pasan en la carrera de traducción), por lo que cuando volví a clase nos juntamos bastantes de los rezagados y el año "perdido" se notó bastante menos. Eso sí, algo indescriptible pasa en tu estómago cuando ves como todos tus amigos se gradúan, como la gente con la que empezaste la carrera se gradúa y celebran que han terminado y tú... Tú estás ahí, de observador. 

Pero una cosa quiero decir (y con esto termino, de verdad, voy a subir la entrada sin revisar ni nada, ¡a lo loco!) nunca nunca nunca me he arrepentido de mi año como au pair. Ni los días de bajón, ni cuando vi a mis amigos graduarse, ni cuando asumí que dejaría de ver a mi  rubia del alma por los pasillos de la facultad porque ella ya ha terminado, ni cuando se piensan que tengo un año menos... Nunca. Y para mí, sigue siendo una de las mejores etapas de mi vida, a pesar de los altibajos (¡especialmente por los altibajos!).

Estas navidades, mi Host Mum me mandó un regalo, una bolsa de tela que ponía "Winter is coming... Crochet faster!" (cosas frikis nuestras...). Llegó el día de nochebuena y mi padre lo escondió y me lo dio por la noche, con los regalos de navidad. Creo que hacía tiempo que no me emocionaba tanto con un regalo, porque me recordó tantos momentos, tantas historias, tantas anécdotas, que fue imposible guardarlo todo dentro. Y yo, que soy más fría que un cubito, me puse a llorar. Y con eso es con lo que me quedo. 

Un beso muy muy grande a todos los que hayan leído este rollazo entrada.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Mi familia

Habéis leído quejarme de ellos infinidad de veces, pero no os dejéis engañar por mi vena quejica porque la verdad verdadera es que los adoro.
Y lo triste es que no es hasta que lo ves de lejos cuando realmente empiezas a darte cuenta de lo que tenías. Ya conocéis lo de "no valoras lo que tienes hasta que lo pierdes", ¿verdad? Pues eso.

Mi HF fue una de las primeras familias en escribirme cuando creé el perfil (madre mía, parece que ha pasado una eternidad ya). Estuvimos mucho tiempo hablando, con correos por aquí y correos por allá, hasta que al final hicimos una llamada por skype (desastrosa, todo hay que decirlo) y milagrosamente me eligieron a mí. Aunque he de decir que lo del famoso "flechazo" no fue conmigo. No "supe desde el primer momento que estaba hecha para ellos" y no "fue una conexión mágica", ni tantas cosas dulces e irreales que se oyen por ahí. Y no por eso nuestra relación fue peor ni mucho menos, cuidado. Al fin y al cabo hay que ser conscientes de que no estamos buscando una segunda familia, sino gente con la que podamos pasar un año lo más a gusto posible. Esto no es una película de amor, ni buscamos al hombre de nuestra vida, así que seamos realistas.

En fin, que me lío.

La familia con la que conviví durante once meses y dos semanas estaba formada por el padre, la madre, mis mellizos adorables y dos gatos más adorables todavía.

Mi HD es un señor alemán de los pies a la cabeza. Y con alemán quiero decir meticuloso y tocapelotas. Así, sin paños calientes. Con esto no quiero decir que me llevara mal con él ni nada por el estilo, pero era el más serio de la familia y le gustaba que todo estuviera en su sitio a su hora. Y claro, a veces esto llevaba a alguno problemillas. Me explicó varias veces en qué trabajaba, pero sinceramente, nunca terminé de entenderlo. Sé que era el jefazo de un banco, y según un apunte del mellizo 1 tenía una silla de despacho muy grande, pero hasta ahí llegó mi entendimiento. Y, como ya comenté varias veces, tenía una pronunciación digna de canal de radio codificado. El día que conseguí entender todo lo que dijo supe que había dado un gran paso en el estudio del alemán.

Mi HM es, en pocas palabras, una super mamá. Trabajadora, tesorera de la asociación de padres de la guardería, miembro de un grupo de tejedoras, manitas, estudiante, cocinera semi profesional, artista y madre de mellizos. Ella se encargaba de todo, desde que se levantaba hasta que se acostaba, de los críos, de la casa, de los gatos, de los vecinos. ¿Que había una fiesta en el Kindergarten? Ahí estaba ella. ¿Que había que arreglar no sé qué? Ahí estaba ella. Siempre atenta a todo, siempre pendiente de todo. Era un encanto de mujer y muy abierta. Había vivido en mil partes del mundo: en Francia, en Italia, en Estados Unidos, en Inglaterra... Se dedicaba en cuerpo y alma a sus hijos, los levantaba, jugaba con ellos, les leía cuentos por las noches... Yo de mayor quiero ser como ella. Y el tiempo que sacaba libre lo dedicaba a tejer, a hacer bolsos con pantalones rotos, a coser ropa para los niños... Lo dicho, una super mamá.

¿Y qué puedo decir de mis niños del alma?
Para ser mellizos no se parecen ni en el color de los ojos ni en el rubio del pelo. Eran niños muy curiosos, les interesaba todo lo que les pudieran contar y luego lo repetían con aires de grandeza. Los vestían (pobrecitos míos, yo me intentaba rebelar pero no me dejaban) con polos, como niños repollo y cada uno tenía unos colores de jersey determinados (rojos, naranjas y azul oscuro para uno, verde, azul y amarillo para otro).

El mellizo 1 me ha llevado de cabeza todo el año. Era un sabiondo, el típico niño que te corrige y al que le coges un poco de asquete. Era muy activo, le encantaba el fútbol, correr, subirse a lo más alto de las cosas. Siempre intentando ser el jefecillo del grupo. Intentaba someter al hermano, obligarle a hacer lo que él quería y a veces lo conseguía. Y aunque ahora mismo lo esté describiendo como la encarnación de satanás en versión mini, lo echo muchísimo de menos. Le encantaba aprender cosas nuevas, palabras nuevas. Memorizó un par de palabras en español que me soltaba cuando menos lo esperaba ("Patri, du bist bonita" Patri, eres bonita) y le encantaba la música, a pesar de no tener mucho oído para cantar (fíjate, como yo).

El mellizo 2 era, es y será el niño de mi corazón. Tenía sus rabietas, sus lloros inesperados, sus cabezonerías, pero yo le quería igual. No podía verle llorar o que le riñeran. Era un niño bastante independiente, le gustaba hacer las cosas él mismo, y con mal genio cuando lo pillabas de mal humor. A pesar de quererle infinitamente, le odiaba cuando me echaba de la habitación por las mañanas, con su mal humor y su cara de dormido (fíjate, como yo). Le encantaba pintar y escuchar audiocuentos, además de ser un apasionado de los trenes y conocer todos y cada uno de los tipos de locomotoras habidas y por haber. Él es a quien más echo de menos y a quien tengo unas ganas locas de volver a ver. 

Y por supuesto, no podría olvidarme de los gatos. Mango y Kiwi (invitados de honor en la esquina inferior izquierda de la cabecera del blog). En invierno se sentaban conmigo en el sillón cuando leía y les encantaba que les acaricien. Si los llamas vienen a ti y puedes estar rascándoles la cabeza horas y horas. La gata, Kiwi, era más independiente y pasaba más de todo, pero el macho, Mango, es el gato-perro más adorable del mundo entero. Aunque mi amor por ellos se vio afectado en primavera, cuando empezaron a traer ratoncitos muertos y a dejarlos en medio de la alfombra con los consiguientes "oh dios mío qué asco". 

¡Ah! Esta entrada no podría estar completa sin mencionar a los abuelos maternos. Los padres de mi HM vivían en una casita cerca de la nuestra y se encargaban de un montón de cosas relacionadas con los críos, sobre todo de llevarlos y recogerlos de sitios en coche. La abuela, o como le gusta que le llamen, Nonna, era lo contrario a una abuela que os podáis imaginar. Era una señora muy culta, hablaba unos seis idiomas (entre ellos español) y había vivido en muchas partes del mundo. Os puedo asegurar que nadie adivinaría los 80 años que tiene, ni como tampoco los 80 del abuelo, mejor dicho Nonno. Al padre de mi HM no le traté tanto, solo hola o adiós cuando recogía a los niños, y mi principal problema con él era si llamarle "doctor", "señor", o por el nombre de pila. 

A casi dos meses de haber vuelto puedo decir que daría lo que fuera por volver y que me muero de ganas de volver a saludar a cada uno de ellos. Eso quiere decir que no ha ido tan mal ¿verdad?

domingo, 14 de septiembre de 2014

¡Quién te ha visto y quién te ve!

Si hay algo que se repite en todos los blogs y que a todas nos encanta decir es eso de "esta experiencia te cambia mucho". Pero no lo decimos por decir, no, es la pura verdad. Claro que durante el proceso puede que no nos demos cuenta, pero una vez regresas a tu hábitat natural te das cuenta de la cantidad de cosas que ya no ves con los mismo ojos o que no entiendes como podías hacer eso hace solo un año.

En mi caso, esto fue lo que cambió de un año para otro:

En Alemania decidí dejar de lado el Colacao de toda la vida por una taza de café. Al principio no le veía la gracia, y ahora lo tomo por gusto. 


Antes de salir de mi casa no hacía mucho en cuanto a las tareas del hogar se refiere (ventajas de tener una madre de las de "quita, que tú no sabes, ya lo hago yo"). Después de un año, sé que soy totalmente capaz de poner una lavadora, una secadora, pasar la aspiradora, limpiar una cocina, fregar cacerolas y muchos muchos más.


Volví a engancharme a la lectura. Con los líos de la universidad, esto y lo otro, dejé los libros de lado. Leía de vez en cuando y libros que me recomendaran. En Alemania redescubrí lo que me gusta leer, meterme en una historia y verme reflejada en unos personajes. ¡Y ahora también en alemán!


Antes era una obsesionada del móvil, lo admito. Que si Whatsapp para arriba, que si Facebook para abajo... El año como au pair no tuve móvil con internet (de hecho, mi móvil de allí era un Samsung que lo más avanzado que tenía era la pantalla a color) y pude sobrevivir. Y de hecho me gustó mucho. Ahora que todo vuelve a "la normalidad" intento mantener distancia con él y no ser una whatsapp-dependiente de nuevo.


Aprendí a organizarme el tiempo. Si quería estar en un sitio a una hora, tendría que salir de casa con tanta antelación y hacer el camino de tal forma, entre otros ejemplos. Aunque parezca una tontería, esto era algo que antes no contemplaba y, oye, ayuda mucho a llevar una vida más o menos organizada.


Aprendí lo que es convivir con otras personas que no eran mi familia. Esto lo conocemos todos los que vivimos en casa de nuestros padres. ¿Quién no ha visto platos sucios en el fregadero y ha pensado "que lo haga otro"? ¿O ha dejado algo en el lugar que no tocaba sin el más mínimo remordimiento (con el consiguiente "mamá, ¿has visto mi no sé qué? ¡Si lo dejé aquí mismo!")? Cuando vives fuera de la "confianza" de tu casa aprendes que hay cosas que son o no son aceptables. Y esto, para el futuro, ayuda.


Conseguí arreglar situaciones que me superaban a mí misma. Cuando no puedes más, cuando has tenido un día horrible, cuando has aguantado una tarde entera a un niño poseído por el mismo demonio, cuando te encuentras un pájaro destripado en medio de la alfombra del recibidor... Ahí te ves con la vida real cara a cara, sabes que no puedes hacer otra cosa que seguir hacia delante, porque no hay vuelta atrás. En otras circunstancias lo hubiera mandado todo a tomar por saco, pero cuando toca, toca. Y lo mejor es saber que lo has hecho y lo has conseguido.


Antes era una adicta a las series. No podía vivir sin saber qué había pasado en el último capítulo de Anatomía de Grey o qué habría pasado entre Damon y Elena. Las leyes alemanas son muy duras con los que se descargan archivos de forma ilegal y yo tampoco quise arriesgarme a meterme en páginas de visualización on line, así que decidí hacerme abstemia por un año. Oye, y no se estaba mal. El día tiene más horas cuando no te pasas unas cuantas enganchada al ordenador.


Aprendí a valorar el dinero. Esto me parece muy importante para gente que, como yo no, había trabajado nunca y vive de las pagas de nuestros padres. Cuando trabajas y sabes lo que realmente cuesta ganarte ese dinerillo, aprendes a valorarlo más y a plantearte en serio cómo puedes gastarlo de la mejor manera si quieres que te dure hasta fin de mes.


Y lo más importante, durante este año aprendí a ver la vida desde otra perspectiva. Empecé a plantearme mi futuro, qué era lo que quería hacer y qué era lo que de verdad quería alcanzar. Parece una tontería, pero cuando ves la vida fuera de tu "zona de confort" descubres que hay muchas cosas que no sabes o que ni si quiera te has planteado. ¿Qué haré después de terminar la carrera? ¿A qué me dedicaré al terminar? ¿Tendré que irme otro año al extranjero? Y aunque he de reconocer que todavía no tengo respuestas a esas preguntas, lo veo de una forma que sé que antes no la habría contemplado.

sábado, 26 de julio de 2014

Echaré de menos...

... a mis niños (en modo adorable). Las peleas, los lloros y los dramas los dejaré en la caja de "recuerdos para el olvido". Prefiero quedarme con los abrazos, los besos sorpresa, las miradas cómplices, las risas y los juegos.

... hablar en alemán.

... viajar. Y sobre todo, viajar por poco dinero.

... la comida, en especial la Currywurst y la Spekucreme (una crema de galletas típicas de navidad que tiene calorías para aburrir y está de vicio).

... la comida de Corinna (sí, merecía un apartado especial). Sus inventos, sus platos rápidos y sus platos elaborados. Cada uno más delicioso que el anterior.

... al gato más adorable del mundo. Y a la pantera más chiquitilla de todos los tiempos.

... la independencia. Salir de casa con un simple "no vengo a cenar, ¡adiós!". Salir y volver a la hora que quiera, hacer lo que quiera, comer lo que quiera a horas indecentes (véase inflarme a galletas a las diez de la noche).

... los precios de los libros o, en otras palabras, encontrar libros más baratos que tazas de café.

... los precios de las series y de las películas. Encontrar chollos como las ocho películas de Harry Potter por 19,99€ (sí, odiadme).

... viajar en tren casi cada día. Y saberme de memoria las paradas, el tono de la voz que las anuncia y la dirección en la que te tienes que bajar.
... ir en bici.

... desayunar Brötchen y Buttercroissant (¡con Speku!) todos los domingos.

... beber agua con gas porque sí.

... pasear por los jardines de Brühl y por el centro de Colonia sin creerme que viva aquí.

... conocer gente nueva, de sitios que no sabría colocar en el mapa.

... colgar un anuncio en Facebook buscando un compañero de tándem y quedar con alguien que solo conoces por la foto de perfil.

... pasar los domingos sin plan en la cafetería de siempre, tomando un té y un trozo de bizcocho, con la única compañía de un libro.

... los artistas callejeros de Colonia que llenan las calles de música y arte.

... pasar el rato en la orilla del Rin, disfrutando de las vistas y de los personajes (a cuál más raro) que por allí rondan.

Ay, me quedan diez días. Diez días para dejar todo esto, para dejar esta vida, para dejar este lugar y para acabar este año que ha marcado un antes y un después. Y no me lo creo. Todavía no lo he asumido. No estoy triste, no estoy contenta, simplemente es como siempre. Como si ese billete también fuera de vuelta. 
Esto se acaba y no estoy preparada. Hay tantas cosas que quiero hacer, hay tantas cosas que quiero repetir. ¿Alguien sabe dónde se compran pastillas de realidad? Una au pair que no ha asumido el fin de su aventura las necesita.

P.D: ¿A que no sabéis quién ha aprobado el certificado del C1 del Goethe Institute? Creo que la señora que vive al final de la calle escuchó mis gritos de alegría! :D

martes, 8 de julio de 2014

La maleta ¡de vuelta!

No os podéis imaginar la pena que me da escribir esta entrada. Esto se acaba, señoras y señores. En menos de un mes (el día 4 para ser exactos) volveré a mi vida de siempre, a mi ciudad de siempre. Se acabaron los madrugones, los follones con las tostadas, el "date prisa que no llegamos", los paseos al Kindergarten, las horas en el parque, las cenas maravillosas, las torres de Lego, las tardes en el Woyton, los paseos por el Rin... ¡Ay! Y todavía no me lo creo. Vivo como si ese billete de ida fuera con una vuelta incluida. Pero no. A partir del 4 de agosto, se acabó lo que se daba. 
Por eso, para ayudarme a asumir que la aventura llega a su fin, quiero escribir sobre un tema que desde hace unos días me trae de cabeza. La maleta. 

He leído muchas entradas sobre la primera maleta: cosas imprescindibles, cosas que puedes o no traer, camisetas térmicas, nada de dos kilos de bragas... Pero no he leído nada de la maleta de vuelta. Es lógico, sería tan fácil como escribir: "saca las cosas de los armarios. Mételas en la maleta. Aprieta bien fuerte para que quepa todo. Vuelve a tu casa. Llora porque se ha acabado uno de los años más memorables de tu vida". Más o menos. Aunque ahora que tengo el problema delante, no me parece nada fácil. Por eso, por si alguien se encuentra en la misma situación que yo y quiere que lloremos juntos, o por si a alguien le entretiene leer entradas de maletas, aquí va mi versión personal de la maleta de vuelta.

La maleta es ese elemento del hogar que permanece en el armario sin hacerle daño a nadie hasta que un buen día tenemos que irnos de viaje. Y se convierte en el motivo de nuestra desesperación y el objetivo de nuestro odio más profundo. ¡Sin que la pobrecita haya hecho nada! Que si es muy grande, que si es muy pequeña, que si es muy negra o que si es muy de tela.. Una vez alcanzado el destino (con unos cuantos pelos menos de tanto estrés) y superada esta fase, la maleta vuelve al armario, esta vez un armario diferente, en una casa diferente y, probablemente, en un país diferente. Y ahí se queda, cogiendo polvo, esperando a volver a ser odiada.

Y en esa fase estoy yo. Porque claro, ¿quién se pone a pensar en la maleta de vuelta en enero, a seis meses de volver, cuando te vas de rebajas a gastar el dinero que te han enviado por tu cumpleaños? O, ¿quién se acuerda del peso permitido cuando ve una colección de libros oh-dios-mío-tienen-que-ser-míos-sí-o-sí- cómo-los-voy-a-dejar-aquí-por-este-precio? Nadie. Y no es hasta que llega un mes antes, cuando abres los armarios donde hay el doble de cosas que trajiste (y ya entonces ibas justa de peso) y tu cerebro llega a la conclusión de que, igual (igual), un par de killitos de más sí que tienes (no solo en el culo, no no, también en la estantería). 

Hay diferentes formas de arreglar el desaguisado: enviar un paquete, facturar otra maleta, rezar para que esas cosas de más se materialicen por arte de magia en tu habitación... 

El tema de enviar un paquete me lo planteé seriamente. Un paquete del extranjero a casa, de unos 20kg más o menos cuesta, según la compañía, entre 30 y 40€. Para enviar la ropa que sabemos que no se va a romper, no es mala idea. Pero... Llamadme tiquismiquis, pero eso de enviar mi ropa en un paquete y rezar para que llegue en condiciones aceptables y no tener que renovar el armario no me terminó de convencer (que igual luego te pierden la maleta y vuelves al mismo problema, pero...).
Facturar una segunda maleta, dependiendo de la compañía, puede costar entre 20 y 70€ más la maleta nueva, que calculando a ojo por menos de 25/30€ no encontrarás nada decente. 
Después de recorrer doscientas tiendas de maletas y tres Kaufhofs (el equivalente a El Corte Inglés alemán) encontré una maleta mediana por 24€ en el Primark (todavía tengo mis reservas respecto al estado en el que llegará...) y facturar otra maleta me costaba otros 20€. En total 44€ y con una maleta nueva para odiarla cuando haga falta. Comparando los precios y las condiciones, me decidí por esta segunda opción porque, sinceramente, me da más confianza.

Total, que me lio. Aquí me he juntado con el trío calavera preparado para llenarme de frustraciones y agonías. Que todavía queda un mes, sí, pero mejor ir empezando a darle al coco ya y evitar agobios y madresmías de última hora.



Llegados a este punto, cuando ya has asumido que ESO no cabe en ESO y te has dejado una parte del sueldo en maletas, no podemos perder la cabeza. Hay que ser práctico. No porque tengamos más espacio podemos empezar a comprar a lo loco o meterlo todo a presión. Hay que hacer una selección de lo que podemos llevar y lo que no puede volver con nosotros.

-Lo que podemos llevar.
Regalos, libros, cosas varias que hayamos comprado y la ropa "en condiciones". Todo lo imprescindible, lo que se tiene que venir con nosotros sí o sí.

-Lo que NO podemos llevar.
En este punto tenemos que dejar la humanidad de una lado y pensar con la cabeza. Esa camiseta que tanto nos gusta porque tiene unos colores preciosos y es muy cómoda, pero que la hemos usado todo el invierno y conoce los lugares más escondidos de la lavadora de tanto lavarla... Sintiéndolo mucho, se tiene que quedar aquí. O ese pijama que llevamos usando TODO EL AÑO porque el otro que nos trajimos se rompió después del primer mes y, oye, si lo lavo por la mañana y por la tarde está seco ¿para qué malgastar el dinero comprando otro? Ese también puede descansar en paz (no es que me haya pasado a mí ni nada parecido, es algo que oí no sé donde...).
También podemos aprovechar para desechar esos calcetines algo desgastadillos, la ropa interior que empieza a tener las gomas dadas de sí (todas sabemos de lo que hablo ¿verdad?), o ese pantalón que tiene un principio de agujero y que sabemos que no va a durar dos lavados más. Pero cuidado, a ver si nos vamos a deshumanizar demasiado y vamos a tirar medio armario. Hay que intentar buscar un equilibrio, ni todo ni nada, porque no merece la pena pagar sobrepeso por llevarnos unas camisetas viejas que ya no nos vamos a poner pero tampoco hay que aprovechar la ocasión para renovar el armario (o sí, esto ya depende de cada uno).

-Cosas que, si caben...
Esto ya depende del espacio que quede después de meter lo principal. Puede que, con suerte, no vayamos tan justos de peso y podamos añadir cosillas extra, pero también puede ser que roce el límite y no haya sitio para nada más. Por ejemplo, si acabamos de comprar un champú o una crema (algo caras, por cierto) y nos da pena dejar el bote prácticamente entero siempre podremos buscarles un huequecillo. Aunque si definitivamente no cabe, seguro que alguna amiga au pair no los rechazará. O si queremos llevarnos un bote de esa mermelada que taaaanto nos ha gustado este año y que taaaaanto hemos comido, si nos cabe un tarrito bien (bien protegido, por favor, no es cuestión de acabar con trozos de cerezas confitadas entre los sujetadores), pero si no tendremos que buscarle un sustituto en tierras españolas.


Llegados a este punto en el que todos pensaréis que soy una consumista y que me merezco lo que me pasa, os diré que sí, que soy una consumista. ¿Pero cómo no voy a comprar con los precios que tienen ciertas cosas en Alemania? Si en ciertos sitios un libro es más barato que un café o un DVD es más barato que una copa. Pues una, que prefiere las noches de viernes de libro, mantita y té (o fruta y helado en estas fechas), no ha podido evitar juntarse con esto. 


Tampoco tengo de qué preocuparme, solo son 13,60kg.

Ya no sé cuándo volveré a actualizar porque estoy haciendo un curso de verano por las mañanas (aquí pringando hasta el final xD) y me quita mucho mucho tiempo. Algo caerá antes de irme, seguro, pero de momento no tengo planeado cerrar el blog después de terminar mi aventura. O sí. Ya veremos

¡Deseadme suerte con el empaquetado! La voy a necesitar...

miércoles, 2 de julio de 2014

Las vacaciones empiezan en junio, pero no para las au pairs

¡Hola hola, caritas lindas!

Otro mes que se va y un mes menos para ponerle punto y final a esta aventura (ay, me emociono ya de pensarlo). 
Entre unas cosas y otras junio ha pasado volando. Bueno, junio o enero, porque a este paso son difíciles de diferenciar. Y es que, sí tuve la suerte de pasar uno de los inviernos más suaves en los nosécuantos últimos años, el tiempo se tenía que vengar de aquellos que entonces disfrutamos de las temperaturas positivas. ¡Y anda que no se está vengando bien! Hace como una semana que no vemos el sol y mi ropa de verano sigue abandonada en lo alto del armario, mirándome con cara de cordero degollado, esperando la ocasión de ser utilizada. Pero es que aquí, aunque brille el sol ¡hace frío! Bueno, tampoco os penséis que vamos con abrigos y bufandas por la calle. Pero por muy espléndido que parezca el día (que los hay, cuidado), mejor llevarte una chaqueta en el bolso. ¿Quién me iba a decir que la famosa frase de "nena, échate una chaqueta por si refresca" que tanto he oído esta vez iba a cobrar sentido? En cuanto el sol desaparece, el ambiente y el aire son fríos y, claro, echas de menos esa rebequita que te dejaste en casa porque, total "seguro que no me hace falta". 

Cuestiones climáticas a parte, el mes de este pseudo junio ha sido bastante tranquilo.

Empezó con un nudo en el estómago por culpa del examen del Goethe que ya comenté. Las primeras semanas las dediqué completamente a estudiar y memorizar listas de verbos con preposiciones (y maldecirme por no haberle hecho nada de caso a los libros estos meses... Lo sé, mea culpa). Pero bueno, a pesar de los ataques de nervios y las noches con pesadillas (soñaba que hacía el examen y estaba en chino ¡maldito subconsciente!) sobreviví y pude volver a mi vida tranquila de siempre.

El primer sábado del mes tuve el escrito y como era en Bonn, quise aprovechar para hacer un poco de turisteo. Pero no conté con que ese día haría un calor horroroso (calor de Alicante un día de agosto a las dos de la tarde, no digo más) y tras pasear un poco por el centro decidí no correr el riesgo de  sufrir una lipotimia y me fui a mi fresquita casa.

El domingo, aprevechando el exceso de buen tiempo fui con una amiga a ver uno de los lagos de Brühl, algo que tenía pendiente en mi lista de cosas que hacer desde hacía tiempo. Los meses de bicicleta estática en el gimnasio han dado sus frutos y mientras la pobre chica llegó medio muerta, yo llegué solo un cuarto. Nos planteamos la idea de darle la vuelta al lago, pero fuimos realistas y nos quedamos en un huequecillo que hacía el camino donde el agua no estaba profunda y pudimos meter los pies.




Pocas horas después de esa espléndida tarde, cayó en NRW la peor tormenta de los últimos diez años, que causó graves daños en varias ciudades y acabó con la vida de cinco personas. Ver para creer.



El siguiente sábado, el del oral, sí que hizo un tiempo decente para pasear por la calle sin que se derritieran las suelas de los zapatos y aproveché para visitar algunos sitios de Bonn que tenía pendientes. Uno de ellos era el Cementerio Antiguo (añado el comentario de mi abuela "hija mía, de to' lo que hay pa' ver y tú te vas a un cementerio" jajaja). Es uno de los más antiguos de Alemania y en él están enterradas varias personas importantes de la región, la madre de Bethoveen y el músico Schumann con su mujer entre otros.






Como ya sabréis, los cementerios por estas tierras (igual que en Inglaterra, creo) parecen parques. Había lápidas muy muy antiguas y muchas estaban enterradas varias familias juntas. De hecho, me entretuve mucho en una tumba muy grande, descubriendo los parentescos de todos los que estaban enterrados allí (recordad que las mujeres cambian el apellido al casarse, aunque en la lápida aparece también el de soltera, y a veces es difícil relacionar parentescos). No sé si sería blasfemo, pero en mi cabeza no paraba de sonar la canción de Mecano "y los muertos aquí, lo pasamos muy bien, entre flores ¡de colores!" ¿La conocéis?


Después del paseo, me fui al museo Haus der Geschichte (Casa de la historia) que trata la historia de Alemania desde el final de la guerra. Es bastante interesante, con muchísimos documentos originales, carteles, fotos, ropa, cine... No solo trata de política, sino que tiene de todo un poco. Personalmente, me gustó mucho cómo estaba organizado y los "decorados": por ejemplo, en el apartado que trataba de la prensa, había un pequeño kiosco con periódicos, como si fuera de verdad. Una de las cosas que más me llamó la atención fue una pantalla donde iban pasando fotos de lugares emblemáticos de algunas ciudades alemanas inmediatamente después de la guerra y diez años más tarde. Es increíble ver cómo el país entero se recuperó de tal destrucción en tan poco tiempo. Si pasáis por ahí, no os vayáis sin haberle echado un ojo porque de verdad asombra. Sin embargo, he de decir que a veces la cantidad de información apabulla demasiado y confieso que al final acabé dejando de lado los pequeños detalles. Hay que estar pendientes a la megafonía, porque por ahí avisan las visitas gratis por las exposiciones (yo me apunté a una sobre la evolución de los parques y jardines particulares que, a pesar de que el propio nombre suene aburrido, no estuvo mal). Y lo más importante ¡entrada gratis!

El domingo volvió a hacer bueno (ahora que lo pienso, soy una mentirosa, he empezado esta entrada quejándome del mal tiempo, pero entendedme, soy de la costa ¿mal tiempo en junio?) y aproveché para ir con una amiga al jardín botánico de Colonia. Esa idea no la tuvimos solo nosotras, sino media ciudad. A pesar de la multitud pudimos verlo bastante bien y, como no, ¡entrada gratis!

Prometo que hice fotos, pero deben estar en una dimensión oculta de mi ordenador porque no las encuentro.

Voy a saltarme el siguiente fin de semana porque, total, no hice nada digno de mencionar a parte de robar un póster en la VHS y vamos a ir al grano. ESTE fin de semana. EL fin de semana.

El sábado pude conocer y hablar con la mismísima Kerstin Gier, una autora alemana de literatura para adolescentes y mujeres. Y es que al principio del mes me entró la vena "alemanizadora" y me puse a buscar libros en alemán de verdad, nada de traducciones. Y topé con la Edelstein-Trilogie (la Trilogía de las piedras preciosas). Es, por así decirlo, como la saga Crepúsculo a la alemana, pero en lugar de con vampiros, con viajeros en el tiempo (así explicado no tiene nada de chicha, pero la historia me enganchó muchísimo). Investié un poquito a ver si la autora haría alguna aparición en público y sonó la flauta. Resulta que está de promoción del segundo libro de su nueva trilogía Silber y la presentación sería en Colonia el sábado 28. Y ahí que me planté yo, con mi libro leído y las ansias de seguir con la historia, rodeada de adolescentes con aparatos y señoras (repito, señoras) más emocionadas que las más jóvenes.
La autora fue un encanto: leyó un par de capítulos, habló bastante de la trama y respondió mil y una preguntas. Y al final, fue firmando los libros.

Cree en tus sueños
Y esto no es todo, amigos. Cuando le dije mi nombre para la dedicatoria, me preguntó que de dónde era y todo eso. Y, sin saber cómo ni por qué acabé dándole mi dirección para que me envíe la edición española del primer libro (que justo salía ese día en España). Oye, que igual la mujer lo dijo por decir, pero ¡ay! ¿Y si lo hace de verdad?(MODO fan-obsesa-adolescente ON).

Y el domingo, para seguir con EL fin de semana, tenía el concierto de Revolverheld, una banda alemana que conocí estando aquí y de la que estoy enamorada.
No era un concierto propiamente dicho, si no un festival y tocaron otros grupos que también me gustaron mucho y que ya tengo fichados por Spotfy. A pesar de las amenazas de lluvia y de que fui sola (en realidad casi siempre voy sola a todas partes, ya no es algo que me extrañe) me lo pasé de lujo, canté a grito pelao' y añadí un pin a mi colección.

Jennifer Rostock - mi nuevo descubrimiento




Y eso ha sido todo. De momento. Ay, entro en la fase final y estoy con una mezcla de alegría y tristeza que no es nada sana. Con muchas ganas de volver y empezar planes nuevos pero con mucha pena de dejar mi vida aquí. Y a la vez con muchas ganas de abandonar niños gritones y madrugones inhumanos y sin ánimos de volver a la rutina de siempre. ¿Veis lo complicado que es?

¡Un besote!

miércoles, 25 de junio de 2014

La comida en Alemania: costumbres y manías

La comida es uno de los temas estrella de los que hablamos las au pairs cuando nos reunimos y también el que más críticas genera. Y es que, aunque todas sabemos a lo que nos enfrentamos al venir a un país diferente y, además, vivir en una familia con sus propias costumbres culinarias, no somos conscientes de la realidad hasta que nos estampamos con ella (para bien o para mal).

A decir verdad, cuando elegimos a nuestra futura familia qué desayunan, comen y cenan no es una de las preguntas más frecuentes (a no ser que tengamos alergias, ciertas manías inamovibles o seamos/sean vegetarianos, por ejemplo). Bastante tenemos ya con preocuparnos por los niños, los horarios, las tareas, el Taschengeld o el Monatskarte. Y no es hasta que tu madre/abuela (para las que este tema es de vital importancia) te dice algo como "anda que no echarás de menos el jamón serrano" o "hija, si a ti no te dan bien de comer tú cómprate lo que quieras, ¡a ver si vas a adelgazar!"  cuando te das cuenta de que no tienes ni idea de lo que le deparará a tu estómago en tu nueva casa. La sorpresa está asegurada.

Cada familia es un mundo, sea en Alemania, España o China. ¿Nunca habéis ido a casa de una amiga a comer y os han puesto en la mesa un "manjar" que vosotros ni le daríais al gato? Pues si hablamos de otro país y otra cultura... ¡Para qué más! Puede que las cosas que diga aquí no sean así en la casa de Menganito o Fulanito pero, a rasgos generales, esto es lo que una se encuentra en Alemania cuando entra en la cocina.

  • Los horarios
Esto es lo primero que cambia respecto a España y puede que sea algo difícil de sobrellevar hasta que nos acostumbremos.

-El desayuno. Suele ser entre las 6.30 - 7 - 7.30 dependiendo de los horarios de trabajo de cada uno, también puede ser más tarde pero si tenemos niños que van al cole acostumbraos a tomar los cereales a estas horas.
Los adultos beben café o té y los niños, en mi casa, agua. Siempre me acuerdo de mi madre, para la que el ColaCao de la mañana era la fuente de energía más importante del día y por muy tarde que fuera no nos dejaba salir de casa sin haberlo tomado. Hay otros críos que sí que toman leche, normalmente blanca o con chocolate (este suele ser especial para niños y no tiene azúcar).
Normalmente el café se acompaña con una o varias tostadas. Estas pueden ser dulces, con mantequilla y mermeladas varias, pero lo más normal es tomarlas con embutido o queso. Por lo menos en mi casa no se toman dulces (galletas, bollos, cereales...) aunque sí muesli  (mezclado con yogur o puré de frutas y leche). La nutella y similares se reservan para los fines de semana (por lo menos para los niños). 
Esta rutina es algo diferente los sábados y sobre todo los domingos. Se compran panecillos recién hechos y nosotros nos permitimos el lujo de comer un Croissant. Además, estos días el desayuno suele alargarse más y es más abundante.

-La comida del medio día. Esto sí que se puede convertir en un gran problema. Por lo menos para mí lo fue y todavía lo sigue siendo. Para los alemanes esta comida no es tan importante como para nosotros y suelen tomarse un pequeño piscolabis (un sandwich, una fruta, un café y unas pastas...) sobre las 12. Se supone que con esto en el cuerpo ya aguantan hasta la cena, aunque a mí a esas horas el cuerpo me pide comida de verdad. Los niños, por el contrario, sí que comen una comida decente en la guardería (sobre las 12 y media/1).
Para mí esto fue un shock cuando llegué. El primer día aquí, sobre la una del medio día (que yo ya tenía el desayuno por los talones) simplemente se tomaron un té y los niños un bollito porque según ellos "habían desayunado mucho". Sí, desayunamos mucho, pero de eso hacía 4 horas y yo ya tenía instintos de arrasar la cocina. Poco a poco el cuerpo se me ha acostumbrado a una comida "intermedia": ni tres platos como en España, pero tampoco una triste manzana. Generamente como lo que haya sobrado de la cena del día anterior, un sandwich o, si tengo la vena creativa-MasterChef, alguna invención.
Los fines de semana esta comida desaparece porque desayunan más tarde y más cantidad.

-Kaffestundchen. Esto es, para entendernos, la merienda. Pero la merienda a las 3/4 de la tarde. Es más típico de los niños, aunque yo también lo hago y los fines de semana "sustituye" a la comida del medio día. Es simplemente algo muy ligero que entretenga el estómago hasta la cena: una galleta con un vaso de leche, un trocito de algún dulce, una fruta...

-La cena. Esta es la comida más importante en Alemania y se suele hacer sobre las 6/6.30. Lógica aplastante alemana: la comida que más energía proporciona la hacen al final del día. Dependiendo de la familia esta puede ser la comida como Dios manda que llevamos esperando todo el día o una tortura culinaria más.
En Alemania está muy extendido el Abendbrot, que es simplemente una cena fría que consiste en pan con mantequilla y embutido. Esta es la cena de prácticamente todas las chicas que he conocido y, para las que venimos de países más mediterráneos, se puede considerar casi una tortura. Poneos en situación: has desayunado un café y una tostada a as 7; has "comido" una fruta y un té a las 12; has merendado una galleta y otro té a las 15 y ahora cenas un par de panecillos con embutido o queso a las 18. Y ya con eso en el cuerpo te vas a la cama hasta el día siguiente. Así están los alemanes, que no encuentras a un gordo por la calle ni aunque te lo propongas (y si lo encuentras, seguramente no será alemán).
La segunda opción solo la tienen algunas afortunadas entre las que me incluyo. Esta cena es lo que podríamos decir una comida decente: pasta, verdura, carne, guisos... Mi HM, como ya he dicho muchas veces, es una excelente cocinera y cada día prepara un plato mejor que el anterior. Sinceramente, no me podría imaginar cenar todas las noches pan con algo.

¿Y después? Se supone que después de la cena, se acabó lo que se daba, te vas a dormir y hasta el día siguiente. Pero esto es más teoría que otra cosa, por que a las 21.30/22 una vuelve a tener un hambre voraz. Ellos de vez en cuando pican algo ligero (un trocito mínimo de pan con queso o algo similar) y ¿qué hacen las au pairs? Destapan su suministro privado de galletas/Mars/Twisters/guarrerías varias o, en su defecto, asaltamos el armario/cajón de la cocina buscando algo con lo que contentar al estómago.

Y he aquí el quid de la cuestión. ¿Ser au pair engorda? Si hablo de mi caso, sí. Y por lo que sé de otras chicas, es lo más normal. Es muy fácil engordar justo por este caótico horario de comidas que sufrimos aquí. Es decir, al no tener una comida principal "establecida" (por ejemplo, la comida del medio día a la hora de siempre) una se pasa el día picando. Que si una galleta ahora, que si una fruta luego, que si un par de chocolatinas después... No piensas "no me voy a comer esta chocolatina a las 12 porque sé que en una hora comeré. No, te la comes, porque a saber cuándo podrás volver a comer. Y tampoco es cuestión de hacer una comida tradicional española con su primero, segundo y postre si sabes que a las 18 vas a tener una cena contundente. Y así hasta en final del día, picando por aquí y por allá.
Hasta que el cuerpo se acostumbra a seguir el horario (si es que se acostumbra) pasa un tiempo relativamente largo de adaptación y sin que te des cuenta esos pantalones que te trajiste "algo" ajustados ya no te cierran (true story...). Si añadimos la cantidad de dulces que ofrecen los supermercados y la maldita frase "no me voy de aquí sin probar esto", ya os podéis ir haciendo una idea.


  • Manías y costumbres
El santo pan. En Alemania se come mucho mucho pan (ya veis que en muchas casas es la cena principal) y este suele ser integral o con cereales. En las panaderías hay de muchísimas clases (con pipas de girasol, de calabaza, varios frutos secos, nueces, de centeno...) y se venden como hogazas grandes o panecillos pequeños (Brötchen). Esto incluye el pan de molde, ese gran alimento que no puede faltar en ninguna casa alemana que se precie. Pero siempre, SIEMPRE integral. El pan blanco es un invento del demonio para devorarnos el alma. Esto es así y es inamovible. Y para muestra, un botón. Un día apareció en la casa un paquetito de pan de molde blanco que mi HM había comprado por error. Claro, había que comerlo. Cuando les planté a los niños su tostada matutina con el pan blanco me miraron como si fuera una asesina intentando envenenarlos. "Pero si este pan es malísimo para la salud". Al final conseguí convencerles de que una tostada no les mataría y aún así lo comieron con reservas y de hecho fui yo la que tuvo que acabar con el paquete porque aquí ni lo miraban.
¿Y qué diferencia hay entre el pan blanco y el integral? Después de ver la reacción de los alemanes ante el pan blanco me quedé con la duda. No sé vosotros, pero es el que se ha comido en mi casa de toda la vida y ya me planteaba si sería cancerígeno. Resulta que el pan blanco, al estar hecho de harina refinada, tarda mucho menos en convertirse en energía para el cuerpo y no provocan picos de glucosa, mientras que el pan integral, al llevar el salvado del trigo u otros cereales, el cuerpo tarda más en convertirlo en energía porque le cuesta más "descomponer" estos ingredientes (esto está sacado de no sé qué página de internet, por lo que su veracidad es bastante dudosa, yo de nutrición no tengo ni idea xD). No sé si habrá más diferencias, la verdad, pero ya sabéis,  pan blanco en Alemania, caca.

En cuanto a las barras de pan nuestras de toda la vida, aquí prácticamente no se consumen, se llaman baguette (aunque ya os digo que no es lo que nosotros llamamos baguette, sino una barra de pan) y son algo caras (1 euro y pico).


El azúcar. Si el pan blanco es veneno, el azúcar provoca la  muerte inmediata. Y con esto no quiero decir que en Alemania no se coman dulces, ni mucho menos. Solo hay que pasar por delante de una panadería para que se te haga la boca agua con los pasteles y los bollos. Pero os dejéis engañar por su maravillosa pinta, les falta azúcar. Cuando llegué aquí, una de las cosas que me llamaron la atención fue que al comer pasteles no estaban lo suficientemente dulces. Pero después de cuatro meses, cuando volví a España, todo me estaba demasiado dulce. Y, de hecho, hace poco hice un bizcocho con los niños siguiendo una receta española y puedo asegurar que a todos nos sabía demasiado dulce.
Además, en las cafeterías muchas veces tienes que pedir una bolsita de azúcar porque o te dan una muy pequeña o directamente no te ponen (como en el caso del té, por ejemplo, que es muy normal tomarlo sin azúcar).
Los niños beben un cacao especial sin azúcar e incluso beben zumo rebajado con agua para que este no les proporcione tanta glucosa (el famoso Apfelschorle, zumo de manzana rebajado con agua con gas). En teoría las frutas ya proporcionan el azúcar necesario para el cuerpo, ¡pero cuidado! No os paséis con el plátano o las uvas, que tienen mucha azúcar y "a ver si nos va a dar algo" (palabras textuales de mis niños).
Las chucherías se toma de vez en cuando y, por supuesto, bebidas como la cocacola o similares suelen estar prohibidísimas (apunte curioso: mi HD la toma rebajada con agua cuando tiene dolor de barriga).

Los platos. Yo siempre había oído que en Alemania solo se comían patatas y salchichas y de hecho, creo que es lo primero que se nos viene a la mente cuando pensamos en la gastronomía germana. Sin embargo, aquí también ha llegado la influencia de la cocina italianas y las pastas, pizza y muchos más son platos bastante queridos entre los alemanes. Como nunca he comido en otra casa que no fuera la mía, no sé muy bien qué platos servirán en otros sitios, pero aquí comemos de todo un poco.

BIO. En prácticamente todos los supermercados hay alimentos bio. Estos están muy de moda en este país y puedes encontrarlos por todas partes. Generalmente está el producto en sí (ya sea frutas, verduras, dulces, cereales...) y un par de marcas "bio". Incluso supermercados como Rewe tienen una sección especial dedicada a ellos.

No sé si me olvido de algo, probablemente sí, pero si me voy acordando de las cosillas, las iré añadiendo. La experiencia de ser au pair no tiene solo que ver con viajar y cuidar niños, ni mucho menos. La comida es un aspecto maravilloso que hay que aprovechar al máximo. Intentad no cerraros en banda e ir con el "esto no me gusta" por delante. Realmente, lo peor que nos puede pasar es que nos encante muchísimo algo que luego, en nuestro país, no podamos encontrar. 

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