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miércoles, 20 de julio de 2016

¿Qué se puede hacer con la paga de aupair?

La idea de escribir esta entrada surgió el otro día, cuando hablaba con una compañera de la carrera. Ella se marcha de aupair a Alemania y yo, como ya comenté hace unos días, me iré el curso que viene a trabajar de auxiliar de conversación. Total, que allí estábamos las dos hablando de unas cosas y otras cuando salió a colación el tema del dinero y esta chica soltó la siguiente frase lapidaria:

"El sueldo de aupair es mucho mejor que el de auxiliar porque como no tienes ningún gasto te llega para todo."

No lo voy a negar, el sueldo es uno de los aspectos principales de ser aupair y uno de los asuntos que más preocupa antes de irnos. Siempre nos asalta la duda de si la paga será suficiente, o si nos llegará para los gastos que planeamos tener. Partimos de la base de que ser aupair es una buena forma de que vivir en el extranjero no acabe con nuestra pequeña economía de estudiante (escasa o inexistente). Si nos autofinanciamos con la pequeña paga (y sabemos administrarla), podemos volver a casa después de un año sin dejarnos un riñón por el camino.

Ahora bien, y volviendo a la reflexión anterior, puede que para ser aupair no haya que gastarse una fortuna, pero lo de que no tienes ningún gasto es otro cantar. Por supuesto, no hay que preocuparse de pagar el alquiler, el agua, la luz o la calefacción. Y milagrosamente, cada vez que abres la nevera, está llena de cosas ricas. Incluso a la hora de comer, sin haber calentado una sartén, tienes una comida deliciosa encima de la mesa. Pero los gastos de una aupair no acaban ahí ni mucho menos.
Desde mi experiencia puedo decir que es inevitable gastarte dinero de nuestro propio bolsillo. Sobre todo si el objetivo es aprovechar al máximo la experiencia y no quedarnos en casa comiendo arroz hervido. Entonces, ¿qué se puede hacer con la paga de aupair y qué no?

En primer lugar, habamos de paga (en alemán Taschengeld) porque es una cantidad tan pequeña que no se puede considerar sueldo, de hecho, no hay que pagar impuestos por ella ni allí ni aquí (por si a alguien le puede interesar este dato). Alemania, por suerte, tiene el tema bastante regulado y el salario mínimo que puede cobrar una aupair allí es de 260 €. Hay familias que dan un poco más, o que pagan los vuelos. Pero también hay familias que no pagan ni el transporte ni un curso de alemán. Es difícil establecer unas normas generales porque cada familia y cada aupair es un mundo. Por eso hablaré desde mi experiencia.

Qué SÍ me puedo permitir con la paga de aupair:

-Comprar todo tipo de guarrerías varias. Lo admito, ponerte como un tonel estando de aupair no es nada complicado. La paga da para muuuuucho chocolate, muchas gominolas, muchas galletas ultra dulces y grasientas... ¿Te toca esperar media hora en la estación a que salga tu tren? Pues te compras un croissant de esos con tan buena pinta. ¿Has salido a pasear, tienes hambre y frío y estás en la otra punta del pueblo? Pues entras en la cafetería tan cuqui a tomar un café y un trozo de tarta de chocolate.

- Comprar enseres de higiene necesarios. El champú, el acondicionador, el gel, la crema hidratante... Lo más normal es que de esto lo financie el propio bolsillo, a no ser que la familia lo quiera incluir en su lista de la compra. Personalmente, yo prefería encargarme de ello y así iba probando diferentes marcas (además de que yo para los olores del champú y demás soy un poco maniática). Con la cantidad de droguerías que hay por Alemania (dm, Rossmann... ) no tiene por qué salir caro.

- Salir los fines de semana. Con salir me refiero a cenar fuera, ir a diferentes cafeterías/bares con amigas a tomar algo, ir a algún museo de vez en cuando, pasearte por el centro de la ciudad tomándote un helado/Glühwein (según la estación), hacer planes con amigas... Todo ello, claro, dentro de unos límites. Nosotras siempre íbamos a restaurantes "económicos" y comíamos mucha comida rápida: hamburguesas, pizzas, kebab, Currywurst... las opciones son infinitas, aunque en Alemania se puede comer comida sana por poco precio si sabes dónde ir. Alguna vez nos dimos el lujo de ir a un restaurante donde no se come con las manos, pero solo en ocasiones especiales. 

- Salir de fiesta. He de reconocer que sobre este tema no sé mucho porque no soy muy de salir de fiesta hasta las tantas. Pero la paga de aupair sí que da para tomarte unas copas de vez en cuando y beber cerveza, mucha cerveza.

- Darte algún capricho al mes. Esto ya depende de cada uno y su concepto de capricho. Los míos son más bien baratos: un libro de vez en cuando, un DVD, unos pantalones porque los que me traje de España están hechos polvo, unos deportivos para el gimnasio, unas botas para el invierno, la tarifa del móvil...

- Pagar actividades extra. Si retomamos el primer punto de esta lista, después de un mes en tierras extrañas puede que hayamos duplicado nuestro peso (true story). La paga también llega para un abono mensual al gimnasio del pueblo (aunque a mí me sablaban cada mes, he de reconocerlo, pero hay formas muy económicas de hacer deporte, sobre todo si vives cerca de una universidad). Las VHS también ofrecen excursiones, cursos de un día sobre cualquier cosa (repostería, costura, manualidades, fotografía...). Yo hice algunos y los recomiendo 100 %, ya que además de aprender cosas nuevas conoces gente, te relacionas, mejoras el idioma...

- Hacer excursiones. Nada de dar la vuelta al mundo, desde luego, pero con el sueldecillo de aupair se pueden hacer pequeños viajes bastante decentes a ciudades cercanas. Además, si se aprovechan las ofertas de la DB y los tickets regionales o de fin de semana, se puede viajar a muy buen precio. Si a eso le sumamos comer en algún sitio baratillo y llevar provisiones de casa (galletas, agua, zumo...), pasar el día en Frankfurt puede salirnos por 15 eurillos de nada.

La paga da para todo eso y mucho más si se gestiona bien.

Qué NO me puedo permitir con la paga de aupair:

Puede que 260 € parezca una cantidad razonable de dinero, pero hay muchas cosas para las que no llega (o, por lo menos, no llega si no queremos pasar el mes encerrados en casa).

- El transporte. El transporte en general es bastante caro, especialmente si tenemos que desplazarnos todos los días. Los abonos mensuales son una buena opción si coges el tren/tram/bus casi todos los días, pero puede salir por un ojo de la cara (unos 100 € o más, dependiendo de la distancia). Mi familia, por ejemplo, me lo pagaba todos los meses, pero conozco a muchas chicas que se lo pagaban de su bolsillo. Personalmente creo que este es uno de los temas principales a tratar con la familia antes de irse, ya que si ellos no se hacen cargo, puede acabar con el presupuesto. Incluso si la familia vive en la propia ciudad, nunca viene mal contar con el abono para moverte por ella. Por ello, hay que dejar claro este tema antes de firmar nada, para saber a qué atenerse. Podéis imaginar la sorpresa de ver que vives al lado de una gran ciudad pero a penas puedes ir allí porque no te puedes pagar el transporte. Si la familia se niega a pagarlo entero, proponedle que pague la mitad o que os ayude a pagar los tickets sencillos.

- Los cursos de alemán. Este punto hay que matizarlo un poquito. Hay cursos de una semana que pueden costar unos 50 € y otros intensivos de tres meses que pueden llegar a los 400 €. Los que yo recomiendo encarecidamente son los de dos días a la semana, que pueden costar unos 120 € (me baso en los precios de la VHS de Colonia de hace dos años, no sé ahora cómo estarán). Los cursos se quedan un poco por encima de  nuestras posibilidades, a no ser que el mes que los pagues te quedes en casa hibernando.

- Los vuelos. Hay vuelos baratos, eso lo sabemos todos (todos conocemos al amigo de un amigo que se fue a Bruselas/Londres/París por 20 céntimos reservándolo el día de antes, ¿no? xD). Pero cuando tienes que volar de X día a X día, porque solo puedes estar fuera la semana que la familia tiene vacaciones, tienes que aguantarte y pagar lo que las compañías aéreas quieran cobrarte. A mí todavía me duele la puñalada de los vuelos de Navidad (unos 260 € ida y vuelta, en una compañía low cost y reservados en octubre) pero no tenía más remedio que aceptarlo si no quería pasarme las navidades cantando villancicos en alemán.

- Los viajes largos. La paga llega perfectamente para hacer alguna excursión al mes, ir al pueblo de al lado, visitar esta u otra ciudad, pero para viajes largos... Se queda un poco escasa. Entre billetes de tren, hostales, comida, visitas turísticas (museos, visitas guiadas...) se va bastante dinero.


Pero como todo en esta vida, todo esto es relativo y depende de cada uno y de sus prioridades. Mi consejo: disfrutad del año y no os preocupéis por el dinero. Creo que no merece la pena quedarse en casa y dejar de lado planes geniales por ahorrar unos cuantos euros. Al fin y al cabo, cuando vuelves a casa y echas la vista atrás solo recuerdas los buenos momentos: las risas en el tren, los exámenes en la escuela, la profesora de la que tanto aprendiste, las carreras para coger el tram...

¿Qué opináis? ¿Hay algo más que añadiríais a la lista de SÍ o NO?



martes, 5 de julio de 2016

La casa de Doña Auiola

¡Muy buenos días por la mañana! (Obviemos que son las 12.45 y que de mañana ya queda poco xD)

¡Bienvenidos a esta nueva versión de "seraupairynomorirenelintento.blogspot.com.es"!

Como ya comenté en la entrada anterior, no sabía muy bien qué hacer con el blog. A pesar de que mi etapa de aupair ya ha quedado atrás, cerrarlo definitivamente no era una opción. Y abandonarlo del todo y empezar uno nuevo tampoco me convencía nada. Al fin y al cabo, siempre he tenido la sensación de que aquí vive una pequeña parte de mí. 
Por eso, después de mucho reflexionar y darle muchas vueltas (que yo soy muy de darle mil vueltas a las cosas), decidí que no quería renunciar a este blog que tantas alegrías me ha dado, así que la mejor opción era lavarle la cara, actualizarlo y adecuarlo a las nuevas necesidades

Y todo ello empezaba por darle un nuevo nombre, porque con "Ser aupair y no morir en el intento" ya no me sentía muy identificada. Doña Auiola, aunque parezca un trabalenguas, es un personaje de La Historia Interminable de Michael Ende, uno de mis libros favoritos. Se trata de una mujer-planta que se ha creado a sí misma y habita en la Casa del Cambio, una pequeña casita con forma de calabaza y tejado rojo que se divierte cambiando sus habitaciones y su dimensión según le place. Pero no solo cambia su forma y tamaño, también cambia a aquellos que se hospedan en ella, o a los que quieren ser diferentes sin dejar de ser ellos mismos, como al protagonista de la novela. Creo que para mí este blog es mi propia Casa del Cambio, porque aquí he narrado mi vida y mis ideas y, ahora que mi vida y mis ideas son diferentes, este blog no podía hacer otra cosa que cambiar conmigo. 

Seguiré hablando de cosas de aupair, porque es un tema que me encanta. Seguiré hablando de viajar (barato) por Alemania. Seguiré hablando de la vida en Deutschland y cómo la veo yo. Y empezaré a hablar de la vida de auxiliar de conversación, sobre todo porque hay poca información acerca del tema y no estaría de más proponer ideas y dar consejos a aquellos que, como yo, empiezan este camino.

Espero que os guste mi Casa del Cambio y ¡nos leemos pronto!

martes, 14 de junio de 2016

Hablemos del futuro

¿A que no sabéis quién vuelve a Alemania? Sí, sí, la que está escribiendo estas líneas (asada de calor, todo hay que decirlo). 
Pues sí, amigos y amigas, después de un curso esperando la resolución del Ministerio (gracias por la rápida gestión, ejem ejem) mis méritos académicos han sido suficientes para recibir una plaza como auxiliar de conversación. 
¿Y qué es un auxiliar de conversación? Es una persona que va de apoyo a un colegio/instituto para ayudar con las clases de idiomas (en mi caso de español). La idea es ayudar a los alumnos a mejorar su nivel al estar en contacto con un nativo. La beca está centrada en estudiantes de Traducción, Filologías y Magisterio y, para el que quiera pasar un año planteándose su futuro (como yo) es una buena oportunidad.
Y lo mejor de todo es que por fin vuelvo a mi queridísima Nordrhein-Westfalen. Y no a cualquier pueblo perdido, no, sino a una ciudad llamada Solingen situada entre Dusseldorf y Colonia. Así que, señoras y señores, ¡la menda vuelve a Colonia! 

Me hacía muchísima ilusión regresar después de tanto tiempo, volver a ver a mis amigos y, por supuesto, a mi familia (porque seguro que alguna visita caerá). Y esto se contradice totalmente con lo que pensaba hace varios años sobre visitar todo el país y no estancarte en un lugar concreto. Yo era de las que afirmaba rotundamente que "si ya conoces esta región, ¿para qué vas a volver? Vete a otra y descubre ciudades nuevas y lugares nuevos". Y en parte es verdad, pero no. Son incontables los miedos e incógnitas tiene mudarse a un país nuevo y, sinceramente, si me puedo ahorrar unos cuantos, mejor que mejor. No solo sé que si tengo algún problema voy a tener a alguien que me ayude o un amigo que me acoja en su casa, sino que puedo organizarme mejor al conocer de antenmano las escuelas de idiomas, la universidad, las conexiones de tren...También sé que Colonia es una ciudad viva, donde se organizan todo tipo de actividades, que hay miles de grupos de au pairs, estudiantes, posibilidad de hacer tandems... Por lo que sé con total seguridad que allí no me voy a aburrir. Y todo esto le da un extra añadido importante que no podía ignorar.

Todavía me quedan muchos hilos sueltos, cosas tan insignificantes como ¿dónde voy a vivir? o ¿cómo me voy a pagar el transporte? Pero tengo muchas ganas de volver y eso lo eclipsa todo (menos lo del lugar donde vivir, que ya está empezando a darme quebraderos de cabeza xD)

Lo siguiente que tengo que decidir es qué voy a hacer con este blog. Ha quedado bastante claro que, aunque todavía tengo muchas anécdotas que me gustaría compartir, esta etapa de mi vida ya ha quedado atrás. No sé si hacer un blog nuevo en el que tengan cabida las experiencias como auxiliar y consejos para dar clases de español o intentar hacer una fusión extraña con este, porque me resisto a dejarlo en el cajón del olvido para siempre. Sea como sea, este rinconcito siempre quedará abierto para todo aquel que entre buscando consejo y, por supuesto, para mí y mis momentos de morriña.

Un saludo y, sea como sea, nos leemos pronto ;)

lunes, 1 de febrero de 2016

Cuando tu hostfamily ya no es tu hostfamily

Sí, lo sé. Debería estar investigando para mi trabajo de fin de grado. Pero las musas han venido a visitarme y he decidido pasar del análisis de la traducción audiovisual y emplear su visita para retomar estas improvisadas "Crónicas post-aupairiles".

En la entrada anterior comentaba (además de excusarme por mi descarada ausencia) lo que sentí cuando volví y cómo fue retomar la relación con mis amigos (o los que quedaban, como bien apuntaba Carolina en un comentario). También conté cómo volví a la universidad a sabiendas de que acabaría un año más tarde que la mayoría de mis amigos y compañeros del alma. Hoy, sobre todo después de haber pasado dos horas buscando la oficina de correos (¿hola? Sentido de la orientación, ¿estás por ahí?) y haciendo cola para enviar una carta a mi no-familia alemana, me apetece hablar de mi relación con la no-familia una vez en casa (y casi dos años después).

Supongo que aquellos que hayan tenido malas experiencias y hayan huido de sus casas de acogida no querrán volver a ver su hostfamily ni en pintura. Lo comprendo y lo respeto. También habrán otros para los que su hostfamily es pasado y pensarán que se lo han pasado muy bien allí, pero si te he visto no me acuerdo, como le ha ocurrido a alguna amiga mía.

Yo, desde el primer día, me mentalicé de que mi época con ellos había pasado (adiós, Patri, adiós) y que un par de semanas después de irme llegaría una chica nueva que viviría donde yo vivía, se sentaría en mi sitio en la mesa en el que yo me sentaba y tendría una pinza de la ropa con su nombre para su vaso. Esto último que no os suene raro (aunque lo parezca), porque para evitar que cada vez que alguien bebía agua usara un vaso nuevo, con el consiguiente derroche de lavavajillas, o nos confundiésemos y bebiésemos por error del vaso de otro (oh, no, ¡qué drama!), cada uno tenía una pinza de la ropa con su nombre escrito y cuando cogía un  vaso para beber agua, le colocaba la pinza en el borde y así todos los habitantes del hogar, gatos incluidos, sabían que ese vaso contenía las babas y bacterias del susodicho. ¿Alguien más hacía eso en su casa o era yo la única lela que no conocía este sistema? xD 
Volviendo al tema. Yo asumí que había pasado a la historia y que, aunque al principio llamaran a la nueva chica por mi nombre (como a mí me pasó cuando llegué, que me llamaba Tatianaa... Patri), a los dos días pasaría al olvido. 
Y supongo que es la actitud que hay que tener. No podemos quedarnos estancados en ese año ya pasado y ellos, al igual que nosotros, seguirán viviendo sus vidas. Qué cosa más lógica y qué difícil es a veces hacerse a la idea.
No obstante, estos dos años siempre he enviado un correo felicitando las navidades y los cumpleaños, sobre todo los de los niños, y mi Gastmutti nunca se ha olvidado del mío. Poco después de volver, hablamos por skype una vez y pude volver a ver a mis chiquirritines. Pero, aunque luego volvimos a intentarlo y no salió bien, dejamos de buscar fechas que nos vinieran bien a todos y ya solo nos comunicamos por correo.

Estas navidades, sin embargo, quise tener un detalle con ellos, y como soy la loca del ganchillo les tejí unos gatitos con sus colores favoritos. 


Si soy sincera (y como este blog es mío, no tengo por qué no serlo), en un principio se los quería enviar en octubre para sus cumpleaños, pero no me dio tiempo a terminarlos. Y antes de enviarlos a destiempo (contando con que tardarían una semana y pico en llegar), preferí reservarlos para navidad. Cosas de la vida, y de las tardonas como yo, casi no los termino a tiempo para enviarlos una semana justa antes de Nochebuena para que llegaran el día de Navidad, o antes, así que los tuve que enviar sin cola, porque si no no llegaban ni para reyes. Pues, cosas de la vida también, justo el día de Nochebuena, llegó un paquete a mi nombre desde Deutschland que mi padre, el muy sinvergüenza, escondió. Y por la noche, después de la cena, cuando nos dábamos los regalos, me dijo que había llegado un sobre muy especial y me lo dio. Dios, me puse a llorar. Y quiero declarar públicamente que no soy persona de lágrima fácil (que, oye, si hay que llorar se llora que no pasa nada), pero ahí estaba yo, llorando a moco tendido la noche de Nochebuena con mi regalo especial de Alemania. Y os preguntaréis ¿qué había en el sobre? Un saquito de tela, con un mensaje que me llegó al alma.

Winter is coming... Crochet faster! (perdón por la calidad, no tenía otra -.-)
Cosas de tejedoras frikis. Y me encantó, sobre todo porque mi no-Gastmutter se acordó de mi pasión por Juego de Tronos y encontró algo que combinaba mis dos aficiones, aficiones que, además, compartimos las dos. En fin, que me emociono.
Pero ahora viene lo mejor. Yo pensaba que me había enviado el saquito como agradecimiento por los gatos de crochet. Pero no, al tiempo me escribió diciéndome que habían recibido los gatitos justo el día después de Navidad y que les había hecho especial ilusión. Sobre todo a uno de ellos, el niño de mis ojos, que se lo lleva todas las noches a dormir con él. Madre mía, sé que voy a quedar como una llorona en esta entrada, pero me volví a emocionar. Sobre todo pensando que ellos se acordaban de mí, que habían recibido mi regalo (que, no es por tirarme flores, pero me costó muchas muchas muchas horas de trabajo) y que, además, no había pasado sin pena ni gloria sino que ¡hasta dormían con ellos!

¡Están supermayores! Como veis, acerté de lleno con los colores :-P

¿Y por qué les he enviado hoy una carta? Bueno, como dije, no me dio tiempo a hacer las colas de los gatos, una detalle que pensé que pasaría desapercibido. Pero se ve que no. Mi Gastmutti me comentó en su correo que los niños se habían quedado muy sorprendidos al ver que los pobres gatos no tenían cola. ¿Y qué hace una buena ex-aupair en estos casos? Esperar a que pase la época de exámenes (dios, casi no sobrevivo a tantas horas en la biblioteca y encima con un constipado monumental) y ponerse como loca a tejer las dichosas colas. Y hoy por fin, por el módico precio de 1,55 €, las he enviado a sus legítimos dueños. 

Seguramente la próxima vez que vuelva a enviarme/le un correo será dentro de bastantes meses. Pero lo importante es que sepan que sigo estando aquí y que no me he olvidado de ellos. Que como bien dice mi yaya "de buen nacido es ser agradecido, hija mía, y tú tienes mucho que agradecerles". Y la verdad es que, como casi siempre, tiene bastante razón. Porque allí pasé días buenos y días malos, y no fueron pocos los días en los que me sacaban de mis casillas eso no lo voy a negar, pero a día de hoy solo me acuerdo de lo bueno y lo malo, ahí se queda. Y cuando leo las historias de todas esas chicas que se sienten utilizadas, que tienen que aguantar carros y carretas, agradezco mucho haber tenido la familia que tuve.

Y para terminar, me gustaría avanzar en esta entrada que quizá QUIZÁ vuelva pronto a verlos. Porque, en un correo, mi Gastmutti me contó que la au pair de este año había desertado (una española que encontró trabajo aquí y se volvió) y que ahora los cuidaba una niñera del pueblo de al lado, pero que no sabían que harían en verano. Y yo me dije: "¡esta es la mía!" y le dejé caer que, si en verano necesitaban que les echara una mano, aquí estaba yo. Todavía no me ha contestado (igual le da un ataque de risa al leerlo... xD), pero existe esa pequeña posibilidad de volver a mi no-casa alemana, con mi no-familia alemana, con mis no-niños alemanes. ¡Qué ilu!

Y vosotros, ¿seguís teniendo relación con vuestra no-hostfamily?

Llegados a este punto, solo puedo dar las gracias a los que me leíais antes y seguís haciéndolo después de tanto tiempo y, por supuesto, a los nuevos lectores, ¡sed bienvenidos!

martes, 26 de enero de 2016

¿Y después?

Así soy yo. Un día me vengo arriba y escribo emocionadísima una entrada en el blog porque voy a volver a ser au pair y... Me olvido.

Bueno, no me olvido. Simplemente, la cosa no salió bien. La famosa familia de Mallorca nunca dio señales de vida (que una piensa, ¿qué cuesta decir "lo siento, hemos encontrado a otra"? En fin). Estuve hablando con otra familia de un pueblo perdido de Austria: cuidar a un niño dos días a la semana (llevarlo a clases, recogerlo, hacerle la cena... Lo típico) y estar en casa cuidando de los gatos/perros (ya no me acuerdo xD) entre semana. La verdad es que la madre parecía majísima y, lo mejor, las fechas coincidían con las que yo podía irme. ¿Qué pasó? Bueno, lo primero que me echó para atrás fue que querían que estuviera medio agosto en su casa SOLA cuidando los animales mientras ellos se iban de vacaciones. Sinceramente, esa es una responsabilidad que no estaba dispuesta a asumir. Me imaginaba a mi sola, viviendo sola en una casa a saber dónde, en un país donde no conocía a nadie (que no era Deutschland, no, era Austria) cuidando de gatos/perros y asustada por las noches imaginándome al hombre del saco entrando por la ventana. Lo segundo que terminó de desconvencerme fue que como el pueblo estaba a tomar vientos, el viaje (solo de ida) se salía por unos 400 €. Y eso si la familia venia a recogerme a la ciudad de al lado y volaba en la bodega del avión. Así que, mi ilusión por volver a ser au pair se fue por donde había venido.

Y con ello, mi presencia en este rinconcito de internet, claro.

¿Y por qué vuelvo ahora? Pues porque el otro día me acordé de mi blog. Ese que tantas alegrías me daba cuando estaba fuera. No había día que no me metiera para leer las aventuras de Ana, las excursiones mendigueras de Ampelfrau (aunque por aquella época no escribía, todo hay que decirlo) y los consejos de Apaga y vámonos. De verdad, prometo que me entraba TODOS los días. Me conocía la mayoría de blogs del mundillo y ¡hasta dejaba comentarios! Sí, sí, como lo cuento. Pero bueno, un buen día dejé de ser au pair y este blog que tantas horas me había alegrado y que tanto me había entretenido pasó al olvido. Y hoy, por casualidades de la vida, me ha dado por volver a entrar. Menos mal que en internet no hay polvo, porque si no esta página estaría llena de pelusas (¿os imagináis qué pasaría si Google fuera ensuciando los blogs abandonados? Yo volvería de vez en cuando solo para que no apreciesen  cucarachas...). Bueno, que me lío. 

Y al meterme, he visto que este blog sigue recibiendo visitas a pesar del abandono y ¡que todavía recibo comentarios! Es decir, hay gente que dedica algo de su tiempo a leer mis alegrías y dramas aupairiles y que además ¡comenta que les han gustado! De verdad, no podría haber mayor recompensa a tantas horas escribiendo delante del ordenador. ¡Muchísimas gracias! Y después de la euforia, me he acordado de que nunca escribí nada sobre mi vida después. Muchos planes, eso sí, pero nada real. Y es algo que muchas au pairs hacemos. Hablamos mucho de nuestra vida allí, pero ¿qué pasa cuando vuelves?

Intentaré ser breve.

Cuando volví, fue fantástico. Y eso no hay nadie que lo niegue. En ese momento, la pena por haber dejado atrás una etapa de tu vida se ve eclipsada por tu familia, tus amigos, tu cama, tu nevera, tu ensaladilla rusa... En fin, te sientes pletórico. O por lo menos así me sentía yo. Además, como mis últimas semanas fueron algo complicadas (los niños de vacaciones, au pair 24 horas... ¡horror!) volver a casa fue maravilloso. Atrás quedaron los madrugones, los niños llorando, las discursiones, los "te has comido las manzanas que no eran"... En fin, volví a tomar las riendas de mi vida. O eso creía.
La euforia duró una semana. La semana siguiente fue horrible. Lo prometo. Me sentía "extraña" en mi propia casa. Estaba de muy mal humor, me enfadaba por nada. Mis padres no insistieron mucho y me dejaron a mi bola. Menos mal, porque aquí la que escribe estaba insoportable. Supongo que se me juntaron muchas cosas. Estaba deseando volver a casa, de eso no hay duda, pero mi cabeza todavía no había asumido que la vuelta era definitiva. Y dar ese paso mental, cuesta mucho. También he de reconocer que tuve un final algo amargo con mis amigas de Deutschland, y ver desde Facebook que vivían mi ausencia como si nada, me dolió un poco (que queréis, una que tiene amor propio). Mis amigas de España tampoco colaboraron mucho, la verdad, porque ellas tienen su vida y sus historias. El calor de agosto en tierras alicantinas, las playas saturadas, las ganas de coger un tren y no poder, de coger la bici y no poder, de que estuviera nublado (nublado jajajajaja) y que siempre brillara el sol... La menda se hundió pero bien. Supongo que el problema principal, al margen de todo lo anterior, fue que pasé de estar muy ocupada (y si no lo estaba, me lo inventaba) a no tener nada que hacer. Pasé de estar siempre de un lado a otro, a estar en mi casa "encerrada". Menos mal que la salvación llegó pronto.
Este estado me duró un par de semanas, pero poco a poco se fue pasando. Solo hay que aclimatarse y adaptarse a las nuevas circunstancias. Septiembre llegó con nuevos planes y muchas cosas que hacer, tantas que hasta me olvidé de muchas otras. Entre la universidad, el curso de italiano que hice en la escuela de idiomas y que encontré el hobby de mi vida (siiiii, ¡hacer ganchillo!) el año pasó volando. El verano, al final, me quedé en casa vegetando cual ameba, pero no me arrepiento. Este año estoy muriendo en mi último año de carrera y ahora me meteré de lleno en el temido TFG que más de un disgusto me ha dado ya.

Como veis, la vida sigue. Es difícil hacerse un hueco, eso está claro. Por un lado, tú has cambiado (y si no has cambiado, raro...). No es que vuelvas con tres ojos y cuatro dedos en cada mano. Se trata más bien de algo personal. Te has hecho mayor, por lo menos en parte. Una madura mucho cuando tiene dos mellizos a su cargo, cuando tiene que cuidar a un niño con 40º de fiebre, cuando tiene que recoger un pájaro muerto de en medio de la entrada y cuando se recorre seis ciudades sola. Y claro, aunque tengamos la sensación de que ese año que hemos estado fuera, el resto del mundo haya vivido en pausa (¿le pasa a más gente o solo a mí?), hay que recordarse que mientras tú te ibas a visitar cementerios, tus amigos se han quedado aquí avanzando con sus vidas. Y muchos de ellos han avanzado sin ti. Cuando vuelves te das cuenta de quién te ha echado de menos de verdad y quién no. Quién tiene interés de verdad en volver a verte y escuchar tus andanzas y quién no. Quién quiere recuperar el tiempo perdido y quién no. Y duele mucho ver que amigas del alma de toda la vida han pasado un año sin ti y les ha importado más bien poco, pero así es la vida. En esos momentos te das cuenta de quién está ahí de verdad, y eso no tiene precio. Sobre todo, el año fuera se nota en la universidad. ¡Cómo no! Mi grupo de amigas de la uni (todos tenemos un grupo de amigos de la universidad y otro de amigos de toda la vida ¿verdad?) iban un curso por delante, nos veíamos poco, teníamos el tiempo justo para hablar entre clase y clase... En este sentido, también te das cuenta de quién está ahí de verdad, quién coge el autobús a las 9 de la mañana teniendo clase hasta las 9 de la noche para quedar contigo por la mañana para ir a comer al burger de al lado del campus, quién está en whatsapp para escucharte hablar mal del pesado de turno... Muchas otras personas, incluso amigos que pensabas que eran más cercanos, se convierten en simples conocidos que saludas por los pasillos. Pero así es la vida. En mi caso, he de reconocer que el año que me fui de au pair se fueron varias amigas de mi clase (algunas de au pair, otras de erasmus, otras a trabajar... Cosas que pasan en la carrera de traducción), por lo que cuando volví a clase nos juntamos bastantes de los rezagados y el año "perdido" se notó bastante menos. Eso sí, algo indescriptible pasa en tu estómago cuando ves como todos tus amigos se gradúan, como la gente con la que empezaste la carrera se gradúa y celebran que han terminado y tú... Tú estás ahí, de observador. 

Pero una cosa quiero decir (y con esto termino, de verdad, voy a subir la entrada sin revisar ni nada, ¡a lo loco!) nunca nunca nunca me he arrepentido de mi año como au pair. Ni los días de bajón, ni cuando vi a mis amigos graduarse, ni cuando asumí que dejaría de ver a mi  rubia del alma por los pasillos de la facultad porque ella ya ha terminado, ni cuando se piensan que tengo un año menos... Nunca. Y para mí, sigue siendo una de las mejores etapas de mi vida, a pesar de los altibajos (¡especialmente por los altibajos!).

Estas navidades, mi Host Mum me mandó un regalo, una bolsa de tela que ponía "Winter is coming... Crochet faster!" (cosas frikis nuestras...). Llegó el día de nochebuena y mi padre lo escondió y me lo dio por la noche, con los regalos de navidad. Creo que hacía tiempo que no me emocionaba tanto con un regalo, porque me recordó tantos momentos, tantas historias, tantas anécdotas, que fue imposible guardarlo todo dentro. Y yo, que soy más fría que un cubito, me puse a llorar. Y con eso es con lo que me quedo. 

Un beso muy muy grande a todos los que hayan leído este rollazo entrada.

jueves, 25 de junio de 2015

Y colorín colorado...

Como ya habréis intuido por el escaso movimiento de este lugar, mi aventura de ser au pair de verano ha fracasado.

Pues sí. A pesar de las ganas que tenía de salir de aquí y de aprovechar estos meses de vacaciones, ha sido misión imposible encontrar una familia que encajara en mis planes. Empecé con mucha ilusión, dispuesta a coger un avión incluso el día después de terminar el último examen, pero por unas cosas y por otras, no ha podido ser.

El primer problema, como no, ha sido el tiempo. Como ya dije, tuve el último examen el 12 de junio. Muchas familias buscan a chicas a partir de la última semana de mayo y primeros de junio, por lo que empezar a partir de mediados de mes redujo mucho mis posibilidades.
El segundo problema fue que a mediados de julio tengo un compromiso familiar ineludible. Una boda. Y cuando digo ineludible, es INELUDIBLE. Esto ya terminó de romper mis planes totalmente, porque coincide totalmente a mitad de verano, o sea que las opciones eran coger un vuelo para ir y volver solo ese día (algo totalmente fuera de mis posibilidades económicas) o buscar una familia a partir de esa fecha. Misión imposible.

Así que, con todo el dolor de mi corazón, me quedaré aquí este veranito pasando calor, comiendo helado y yendo a la playa todo lo posible y más.

Por una parte me da un poco de pena, la verdad. Quería aprovechar el tiempo y desconectar. Y sobre todo quería volver a sentirme como cuando estaba en Alemania. Pero por otra parte, no ha sido la desilusión de mi vida. Es verdad que las fechas no han acompañado (y que puede que alguna de mis razones suene a excusa barata), pero tampoco estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para trabajar como au pair dos meses (véase pagar 400€ por un vuelo ida y vuelta, quedarme sola en una casa dos semanas mientras la familia está de vacaciones, vivir donde Heidi ordeña las cabras...). Mi situación de ahora no es la de hace dos años cuando me tenía que ir sí o sí y daba igual dónde. La opción de trabajar como au pair siempre está ahí y no la descarto para dentro de unos años cuando termine la carrera, aunque entonces intentaré ir a tierras inglesas y mejorar mi triste inglés (sí, cuatro años de Traducción e Interpretación para acabar hablando una mezcla rara entre alemán e inglés con la que no voy a ninguna parte).

Esto no es un adiós ¡ni mucho menos! Todavía hay cosas que quiero compartir, ideas y experiencias. Así que este rinconcito de internet seguirá abierto para todos aquellos que quieran investigar un poco.

¡Un beso fuerte fuerte, florecillas!

domingo, 26 de abril de 2015

Los desertores también tenemos derecho a volver

Lo sé, he abandonado este lugar de la forma más cruel posible. Mentí como una bellaca en aquella entrada que escribí al volver en la que prometía seguir contando aventuras e historias. He dejado que el polvo acampara por aquí y ni siquiera me he preocupado de seguir contestando comentarios. Soy lo peor.

Pero todos merecemos una segunda oportunidad, ¿verdad? He quitado las telarañas que colgaban por los menús y estoy decidida a volver a retomar (aunque sea fugazmente) el timón de este barco (¿veis qué poética me he vuelto?). 

"¿Y por qué ahora?", os preguntaréis. Bueno, digamos que desde que dejé atrás la vida de aupair he vuelto a ser la estudiante aburrida de siempre. Con prácticas por aquí, traducciones por allá, entregas... En fin, de todo lo que quería huir cuando me fui y a lo que, sin quererlo queriendo, he vuelto de cabeza. La única novedad destacable es que estoy intentando sacarme el carnet de conducir. Intentando, que no consiguiendo. Pero eso es otra historia. También he descubierto un nuevo hobby que me tiene absorbida: hacer ganchillo. Sí, el mismo ganchillo que hacen las abuelas para llenar los sofás de tapetes, aunque desde un punto de vista más moderno. AUPAIRS ESTRESADAS DEL MUNDO: BUSCAOS UNA AGUJA Y UN OVILLO. Lo juro, es el "nuevo yoga". Desestresa muchísimo y te ayuda a dejar la mente totalmente en blanco. Ojalá lo hubiera conocido antes, me hubiera ahorrado un montón de disgustos y calentamientos de cabeza.

En fin, que me lío.

Mi vuelta a este pequeño rincón de internet se debe al buen tiempo. ¿Al buen tiempo? Sí, al buen tiempo. Sacar las camisetas de manga corta del fondo del armario me recordó que el verano está a punto de llegar y que lo último que quiero hacer es pasarme dos meses y medio vegetando delante del ordenador pasando calor. No. Me niego. Vale que este año me haya convertido en una marmota, pero no pienso pasar así el verano. Así que empecé a barajar opciones para salir de este lugar los meses de verano.

Mi primera opción era trabajar. De cualquier cosa Jajajajajajajajaja. Seis millones de parados comparten esta opinión. Tal y como están las cosas, se necesitan años de experiencia para trabajar hasta de reponedor ¡de reponedor! en un Lidl. Que no es que sea yo Hulk para llevar paquetes así como así, pero, joder, dos años de experiencia para colocar cajas en un supermercado... (que ningún reponedor se sienta ofendido, ¡por favor!). En fin. Otro de los problemas es que mi universidad acaba bastante tarde (mi último examen es el 12 de junio...) y claro, las empresas que cogen gente de verano empieza a contratarlas en mayo para ir preparándolas, por lo que mi horario es incompatible con cualquier trabajo digno. El dinero me vendría muy bien, la verdad, más que nada porque a este paso el año que viene nos darán como beca un chicle y dos caramelos y una tiene que hacerse 60 km todos los días para ir y volver de la universidad... Pero visto lo visto, esta opción se queda en el cajón de los "algún día". Es lo que tiene no tener padres amigos de, ni ser la sobrina/prima de, que tenemos que aguantar con lo que nos toca.

Así que pensé ¿en qué sí tengo experiencia? ¡En ser aupair! Y si además añadimos la motivación extra que apareció tras leer las maravillosas entradas (aunque también terroríficas, todo hay que decirlo) de mi queridísima Ampelfrau, pues nada, a una le entran unas ganas locas de volver a ser domadora cuidadora de monstruítos.

También me plantee la idea de ir a algún campo de trabajo (que suena muy nazi, sí, pero conozco gente que ha ido y se lo ha pasado genial), pero en la mayoría el idioma "oficial" es el inglés y a mí lo que me interesa es seguir aprendiendo alemán (que igual también debería plantearme mejorar mi inglés, que falta me hace, pero eso es otra historia). Y otra cosa que me echaba para atrás es que, como vas de voluntario, no cobras nada. No es que yo quiera hacerme millonaria trabajando este verano, pero por lo menos el dinero justo para sobrevivir esos meses y no tirar de ahorros sí que quiero ganar. Así que descartado (por el momento, igual dentro de algún tiempo me apunto).

Volvamos a ser aupair. Es la opción más viable y que más confianza me da porque:

1º - Ya he sido aupair, sé lo que es, sé de lo que va y sé lo que hay.
2º - Tengo experiencia, así que puedo encontrar una familia decente.
3º - Como solo van a ser dos meses, tampoco me da tanto miedo aterrizar en un lugar que no sea idílico (tampoco digo que quiera que me maltraten, ojo, pero no es lo mismo buscar familia para un año que para dos meses).
4º - Por lo tanto, si la familia no me gusta me vuelvo a mi casa y santas pascuas, no pierdo nada.

Así que resumiendo aquí estoy, en el punto en el que estaba hace ya un dos años. Con un perfil escrito en un alemán infinitamente mejor e intentando venderme cual caballo de carreras para ver quien quiere acogerme este verano.
De momento tengo un par de familias fichadas, algunas me gustan mucho, pero en concreto hay una que me chifla: una familia alemana que busca a alguien que cuide a sus niños este verano en su casa de Mallorca. ¡En Mallorca! Y pensaréis: "¡pero si eso ni es Alemania ni nah!". Lo sé, pero estaría viviendo casi al lado de casa, en un sitio maravilloso y hablando alemán, que es lo que realmente me interesa. Claro que me gustaría volver a Alemania, pero esta vez iría con un presupuesto bastante reducido y posiblemente me quedaría con un montón de cosas pendientes por hacer/ver y, oye, ¡Mallorca es Mallorca!

¡Deseadme suerte! Os mantendré informados ;)

domingo, 14 de septiembre de 2014

¡Quién te ha visto y quién te ve!

Si hay algo que se repite en todos los blogs y que a todas nos encanta decir es eso de "esta experiencia te cambia mucho". Pero no lo decimos por decir, no, es la pura verdad. Claro que durante el proceso puede que no nos demos cuenta, pero una vez regresas a tu hábitat natural te das cuenta de la cantidad de cosas que ya no ves con los mismo ojos o que no entiendes como podías hacer eso hace solo un año.

En mi caso, esto fue lo que cambió de un año para otro:

En Alemania decidí dejar de lado el Colacao de toda la vida por una taza de café. Al principio no le veía la gracia, y ahora lo tomo por gusto. 


Antes de salir de mi casa no hacía mucho en cuanto a las tareas del hogar se refiere (ventajas de tener una madre de las de "quita, que tú no sabes, ya lo hago yo"). Después de un año, sé que soy totalmente capaz de poner una lavadora, una secadora, pasar la aspiradora, limpiar una cocina, fregar cacerolas y muchos muchos más.


Volví a engancharme a la lectura. Con los líos de la universidad, esto y lo otro, dejé los libros de lado. Leía de vez en cuando y libros que me recomendaran. En Alemania redescubrí lo que me gusta leer, meterme en una historia y verme reflejada en unos personajes. ¡Y ahora también en alemán!


Antes era una obsesionada del móvil, lo admito. Que si Whatsapp para arriba, que si Facebook para abajo... El año como au pair no tuve móvil con internet (de hecho, mi móvil de allí era un Samsung que lo más avanzado que tenía era la pantalla a color) y pude sobrevivir. Y de hecho me gustó mucho. Ahora que todo vuelve a "la normalidad" intento mantener distancia con él y no ser una whatsapp-dependiente de nuevo.


Aprendí a organizarme el tiempo. Si quería estar en un sitio a una hora, tendría que salir de casa con tanta antelación y hacer el camino de tal forma, entre otros ejemplos. Aunque parezca una tontería, esto era algo que antes no contemplaba y, oye, ayuda mucho a llevar una vida más o menos organizada.


Aprendí lo que es convivir con otras personas que no eran mi familia. Esto lo conocemos todos los que vivimos en casa de nuestros padres. ¿Quién no ha visto platos sucios en el fregadero y ha pensado "que lo haga otro"? ¿O ha dejado algo en el lugar que no tocaba sin el más mínimo remordimiento (con el consiguiente "mamá, ¿has visto mi no sé qué? ¡Si lo dejé aquí mismo!")? Cuando vives fuera de la "confianza" de tu casa aprendes que hay cosas que son o no son aceptables. Y esto, para el futuro, ayuda.


Conseguí arreglar situaciones que me superaban a mí misma. Cuando no puedes más, cuando has tenido un día horrible, cuando has aguantado una tarde entera a un niño poseído por el mismo demonio, cuando te encuentras un pájaro destripado en medio de la alfombra del recibidor... Ahí te ves con la vida real cara a cara, sabes que no puedes hacer otra cosa que seguir hacia delante, porque no hay vuelta atrás. En otras circunstancias lo hubiera mandado todo a tomar por saco, pero cuando toca, toca. Y lo mejor es saber que lo has hecho y lo has conseguido.


Antes era una adicta a las series. No podía vivir sin saber qué había pasado en el último capítulo de Anatomía de Grey o qué habría pasado entre Damon y Elena. Las leyes alemanas son muy duras con los que se descargan archivos de forma ilegal y yo tampoco quise arriesgarme a meterme en páginas de visualización on line, así que decidí hacerme abstemia por un año. Oye, y no se estaba mal. El día tiene más horas cuando no te pasas unas cuantas enganchada al ordenador.


Aprendí a valorar el dinero. Esto me parece muy importante para gente que, como yo no, había trabajado nunca y vive de las pagas de nuestros padres. Cuando trabajas y sabes lo que realmente cuesta ganarte ese dinerillo, aprendes a valorarlo más y a plantearte en serio cómo puedes gastarlo de la mejor manera si quieres que te dure hasta fin de mes.


Y lo más importante, durante este año aprendí a ver la vida desde otra perspectiva. Empecé a plantearme mi futuro, qué era lo que quería hacer y qué era lo que de verdad quería alcanzar. Parece una tontería, pero cuando ves la vida fuera de tu "zona de confort" descubres que hay muchas cosas que no sabes o que ni si quiera te has planteado. ¿Qué haré después de terminar la carrera? ¿A qué me dedicaré al terminar? ¿Tendré que irme otro año al extranjero? Y aunque he de reconocer que todavía no tengo respuestas a esas preguntas, lo veo de una forma que sé que antes no la habría contemplado.

martes, 19 de agosto de 2014

Quitando telarañas y reprogramando actitudes

Seguro que habíais pensado que ya me había olvidado del blog y que no iba a contar nada de mi vuelta y de mis últimos días por tierras alemanas, ni nada de nada. Que lo iba a dejar todo como J.K., con un final abierto y un "¡hala! ¡Inventad lo que queráis!". Pues no, ni soy tan millonaria ni tan cruel como J.K. y no podía terminar mi aventura como au pair sin anunciarlo en este blog, que que contiene lo que considero la esencia de este año. Y aquí esto, señores y señoras, en otro país, en otra habitación, con otro ordenador y un calor que me muero (oh sí, el maravilloso clima alicantino) disculpándome por casi un mes de silencio bloggeril.

Si os soy sincera (y como este es mi blog y hago lo que quiero, lo seré) no he tenido ganas hasta ahora de escribir. Quería esperar a adaptarme de nuevo, a acoplar quien soy ahora con la vida de quien era antes, a que las maletas dejaran de acaparar el espacio principal de mi habitación... De momento, ni he conseguido terminar de adaptarme, ni todas mis cosas están ordenadas (todavía tengo un par de cajas rondando por la habitación huérfanas de sitio en mi armario/estantería), pero hoy me he levantado con ganas de escribir y de volver a aburriros con mis historias y dramas personales.

De momento no me planteo echar el cierre al blog. Es más, me gustaría seguir escribiendo cosas nuevas, anécdotas y reflexiones propias de la vida au pair, además de cosillas más relacionadas con Alemania y el alemán que, a la larga, será de lo único que pueda hablar. Creo que este pequeño rincón que considero propio será lo único que dentro de un tiempo más o menos largo me siga manteniendo en contacto con mi antigua vida. Y si además alguien de por ahí encuentra algo útil entre tanta palabrería, mucho mejor.

Sería imposible resumir  mi último mes en Brühl en un par de líneas, así que me explayaré en una entrada a parte. Pero si hay algo que puedo asegurar, es que no fue un mes fácil. No por las despedidas, por la presión de la cuenta atrás, si no porque eses volví a sentir que no encajaba, casi como al principio. Y claro, una que está con las maletas por el suelo y los calcetines amontonados en una esquina, siente que a pesar del tiempo, de los esfuerzos y de las ganas infinitas, la cosa no ha cuajado, que no ha servido para mucho y que sigo sin tener un "hueco" en el mundo. Lo sé, mi capacidad de pensar en positivo estaba esos días de vacaciones en alguna playa menorquina. Pero como ya he dicho, esa es otra historia y será contada en otro momento.

La vuelta ha sido, en pocas palabras, rara. Ya comenté que no estaba del todo preparada para volver. Las últimas semanas tan duras hicieron que quisiera volver, pero las perspectivas de sentir que nada había cambiado aquí me hacían no querer volver. Tenía ganas de volver y de no volver. A la vez. Que haya vuelto con la cordura intacta es un misterio que todavía investigan científicos de todo el mundo. Pero bueno, lo acabas "asumiendo" y te ves sentada en un asiento de avión, llorando como una magdalena, mientras que la alemana de al lado te dice que no te preocupes, que volar es muy seguro.

Y la vuelta, ¿qué os puedo decir? La primera semana no está mal, hay mucha gente que te quiere ver (o no) y que dicen que te han echado mucho de menos (o no). Yo tuve que tomar algunas decisiones un poco amargas, como la de mandar a paseo a un par de amigas que si no hubiera sido por mis estados de Facebook no se habrían enterado de que estaba fuera. Pero supongo que eso también tiene que ver con madurar y hacerse mayor. Apartar de nuestro lado a la gente y las cosas que no nos aportan nada (o peor aún, nada bueno) y quedarnos con los que de verdad nos ayudan día a día.

Y aunque sé que suena a cliché y a lo que todo el mundo dice siempre, la experiencia te cambia, y mucho. Yo no soy la chica que se subió a un avión el 26 de agosto hace un año. No soy mejor ni peor, soy diferente. He aprendido tantas cosas que me sorprende a mí misma. Me he enfrentado a un montón de situaciones que nunca llegué a pensar que viviría. He viajado sola por Alemania, he quedado con gente desconocida, he recogido animales muertos de la alfombra, varias veces y a menudo sin forma definida. He lidiado con niños porculeros, los he odiado hasta el infinito y los que querido mucho más. He jugado a juegos con más ganas que ellos y he discutido por ver quien había ganado. Ha llorado y he reído. Lo he pasado muy mal y lo he pasado muy bien. He aprendido que las lavadoras no se ponen solas y que las cocinas no se limpian solas. Y he aprendido alemán.

Sí, ha sido un buen año.

sábado, 26 de julio de 2014

Echaré de menos...

... a mis niños (en modo adorable). Las peleas, los lloros y los dramas los dejaré en la caja de "recuerdos para el olvido". Prefiero quedarme con los abrazos, los besos sorpresa, las miradas cómplices, las risas y los juegos.

... hablar en alemán.

... viajar. Y sobre todo, viajar por poco dinero.

... la comida, en especial la Currywurst y la Spekucreme (una crema de galletas típicas de navidad que tiene calorías para aburrir y está de vicio).

... la comida de Corinna (sí, merecía un apartado especial). Sus inventos, sus platos rápidos y sus platos elaborados. Cada uno más delicioso que el anterior.

... al gato más adorable del mundo. Y a la pantera más chiquitilla de todos los tiempos.

... la independencia. Salir de casa con un simple "no vengo a cenar, ¡adiós!". Salir y volver a la hora que quiera, hacer lo que quiera, comer lo que quiera a horas indecentes (véase inflarme a galletas a las diez de la noche).

... los precios de los libros o, en otras palabras, encontrar libros más baratos que tazas de café.

... los precios de las series y de las películas. Encontrar chollos como las ocho películas de Harry Potter por 19,99€ (sí, odiadme).

... viajar en tren casi cada día. Y saberme de memoria las paradas, el tono de la voz que las anuncia y la dirección en la que te tienes que bajar.
... ir en bici.

... desayunar Brötchen y Buttercroissant (¡con Speku!) todos los domingos.

... beber agua con gas porque sí.

... pasear por los jardines de Brühl y por el centro de Colonia sin creerme que viva aquí.

... conocer gente nueva, de sitios que no sabría colocar en el mapa.

... colgar un anuncio en Facebook buscando un compañero de tándem y quedar con alguien que solo conoces por la foto de perfil.

... pasar los domingos sin plan en la cafetería de siempre, tomando un té y un trozo de bizcocho, con la única compañía de un libro.

... los artistas callejeros de Colonia que llenan las calles de música y arte.

... pasar el rato en la orilla del Rin, disfrutando de las vistas y de los personajes (a cuál más raro) que por allí rondan.

Ay, me quedan diez días. Diez días para dejar todo esto, para dejar esta vida, para dejar este lugar y para acabar este año que ha marcado un antes y un después. Y no me lo creo. Todavía no lo he asumido. No estoy triste, no estoy contenta, simplemente es como siempre. Como si ese billete también fuera de vuelta. 
Esto se acaba y no estoy preparada. Hay tantas cosas que quiero hacer, hay tantas cosas que quiero repetir. ¿Alguien sabe dónde se compran pastillas de realidad? Una au pair que no ha asumido el fin de su aventura las necesita.

P.D: ¿A que no sabéis quién ha aprobado el certificado del C1 del Goethe Institute? Creo que la señora que vive al final de la calle escuchó mis gritos de alegría! :D

jueves, 15 de mayo de 2014

Extravagancias, sinsentidos e injusticias varias

A lo largo de nuestro año como au pair nos encontramos con situaciones, reglas y momentos que rayan los límites de la lógica, van de la mano de la injusticia y harán que más de una vez nos hagamos sangre en la lengua de tanto morderla para evitar decir lo que pensamos. Y esto es una verdad inamovible. No estoy diciendo que, si en algún momento algo nos parece “demasiado” raro, ilógico o injusto, no podamos comentarlo con la familia e intentar cambiarlo. Pero como en todo, la última palabra la tienen los HP y en muchas ocasiones tendremos que tragar con lo que digan y nos tocará hacer cumplir (o cumplir) unas reglas que son, cuanto menos, descabelladas. Y no lo digo yo sola, no. Cuando un grupo de au pairs se juntan, no se puede evitar la pregunta de “¿en tu familia hacen...?” buscando una respuesta que confirme nuestra sospecha de que los raros son ellos y no nosotras. Y lo normal es que el resto de au pairs, cada una de un país, de una casa, de su padre y de su madre, te miren con cara de “¿pero tú dónde te has metido?”. Porque puede que procedamos de otra cultura, que algunas de nuestras reglas básicas sean distintas, que nos hayamos criado en otros ambientes... pero la lógica es la lógica y aquí hay muchas cosas que no la tienen.

Seguramente muchas sabréis a qué me refiero y tendréis en mente un montón de situaciones en las que tuvisteis que hacer algo a rajatabla a pesar de que os pareciese lo más absurdo del mundo. Igual hay otras que estarán pensando que soy una exagerada y que seguramente todo esto son delirios de una mente irracional. Tanto para unos como para otros, aquí os dejo una lista de ejemplos (propios y ajenos) recopilados durante estos meses que os harán preguntaros “¿en serio?”

  1. La ropa.
Mis niños tienen ya seis años y para la edad que tienen son realmente listos. Saben sumar, multiplicar, dividir, incluso conocen ya algunas raíces cuadradas y algunos números al cubo y al cuadrado (¡y eso que todavía van a la guardería!). Eso sí, HAY QUE VESTIRLOS. Y no interpretéis que hay que ayudarlos para que no se pongan la camiseta al revés o los calcetines en las orejas, no. Hay que quitarles el pijama y vestirlos prenda por prenda. Según la madre, así es más rápido y perdemos menos tiempo. Claro, eso lo entendería si los niños tuvieran que llegar a una hora determinada (como ya he dicho, van a la guardería y pueden entran cuando quieran), si tuvieran el tiempo justo por una u otra razón... Pero, ¿para que quieres que se vistan más rápido si luego se tiran 15 minutos jugando antes de bajar a desayunar? ¿No sería más lógico dejar que aprendieran a vestirse solos aunque lo hagan despacio para que así el día de mañana lo sepan hacer ellos solos a una velocidad decente? Puede que sí, pero de momento ahí estamos por las mañanas, vistiéndolos. 

  1. Lavarse los dientes.
Esta es la regla con la que más desacuerdo estoy y la que más me frustra: a los niños hay que lavarles los dientes después de que ellos se los hayan lavado. Si lo vemos desde el punto de vista de unos padres preocupados por la higiene dental de sus hijos, tiene sentido que quieran asegurarse de que no tengan bacterias asesinas que les pudran los dientes. Si lo vemos desde el punto práctico, es lo más absurdo del mundo. Básicamente porque los niños PASAN (literalmente) de lavarse los dientes y lo único que hacen es marear con el cepillo y comerse la pasta, por lo que no aprenden cómo hay que lavárselos correctamente y no tienen interés alguno en hacerlo.

Y no hay mejor ejemplo que este. Un día, cansada de ver cómo uno de los críos tonteaba con el cepillo en la boca tuvimos una conversación más o menos así:

Au pair: -Si no te lavas bien los dientes, vas a necesitar siempre que te los lave después. Tienes que aprender a lavártelos correctamente.
Niño: -¿Pero para qué me los voy a lavar si luego me los vas a lavar tú? (lógicamente)
Au pair: -Bueno, si lo haces bien, ya no lo necesitarás.
Niño: -No, la mamá dice que hay que seguir lavándolos hasta que aprenda a escribir.
(Niño que llama a su madre, que al ratito asoma la cabeza por la puerta del baño)
Niño: -¿Hasta cuándo vamos a necesitar el lavado de después?
Madre: -Hasta que sepáis escribir correctamente (con tono de convicción absoluto, como si le hubieran preguntado cuánto son dos más dos).
No me vi la cara, pero decir que fue un poema se queda corto. También podríamos esperar a que les salga pelo en las piernas, o barba. Me parece un momento tan absurdo como aprender a escribir para aprender a hacer una cosa tan esencial como lavarse los dientes.

  1. El deporte
Está bien que los niños hagan deporte, que corran y que disfruten del tiempo libre. Sobre todo si alguno empieza a dar señales de sobrepeso. La au pair en cuestión, por orden de la madre, tenía que obligar a una niña algo rellenita a salir, moverse y comer más fruta y verdura. Esto, que parece algo sencillo, le trajo un montón de problemas porque la niña se negaba a cambiar su bollo con chocolate por una manzana. La au pair, que tenía que seguir las reglas marcadas, luchaba con esta niña cada día para que comiera más sano y se moviera. Eso sí, cuando la madre volvía por las noches le dejaba arrasar el cajón de los dulces.

  1. El chantaje
Todas sabemos que el chantaje es la peor forma de educar porque los niños deberían comprender que tienen que hacer las cosas por sí mismos y no ponerles entre la espada y la pared y todo eso. Hasta ahí todo claro. Pero, ¿cómo obligas a un niño perezoso a recoger una habitación que parece haber sido arrasada por un tornado si no le amenazas con la desaparición de ciertos juguetes? O ¿cómo haces que un niño se ponga el pijama si no le amenazas con no leerle su cuento? Igual no os parecerá chantaje, pero estos niños siempre tienen en la boca la palabra “Erpresung!” lista para salir y darte a entender que el chantaje está prohibido y que por ese camino no vas a conseguir nada. Por suerte hay niños medianamente obedientes que al final acaban recogiendo, PERO hay ocasiones en las que te tragas las palabras y recoges porque según las reglas, está prohibido chantajear. 

  1. Ir al aseo antes de salir
Esta es otra de las reglas que, aunque no lo parezca, más me fastidia. Los niños tienen que ir al aseo antes de salir de casa. Sí o sí. Claro, esto es lógico, razonable y comprensible si no quieres tener un niño en medio de la calle a punto de mearse encima. Pero, ¿qué pasa si el niño ha ido al aseo hace CINCO minutos? Pues que también tiene que ir. Y punto. Veamos, es imposible que un niño que fue al aseo hace CINCO minutos (y lo pongo en mayúsculas porque de verdad clama al cielo) vuelva a tener ganas de ir otra vez. Y si dijéramos que se va al monte, de excursión o a algún sitio donde no tenga acceso a un baño, tendría algo de sentido. Pero no, se va a la guardería, dónde hay un aseo por niño.
Y esta regla no la encuentro absurda solo yo, sino ellos, que se enfadan porque, evidentemente, si fueron hace CINCO minutos, lo único que hacen es perder el tiempo y malgastar agua.

  1. Doblar la ropa
Nunca me he sentido en esta casa la chacha o la señora de la limpieza. Al contrario que otras chicas, mis tareas del hogar son muy poquita cosa y entre ellas está doblar la ropa. No quiero aprovechar para quejarme ni lamentarme, no me entendáis mal. Pero después de haberme tirado más de media hora doblando camisetas, ropa interior y calcetines (todo de los niños, claro), no hay nada más alentador que encontrar el armario hecho un desastre, con montones de ropa dejados de cualquier manera y hechos un higo. Mi HM puede dejar así la ropa porque es la HM y yo, sin embargo, tengo que estar una hora doblando inmensidades de calcetines.

  1. La comida
Uno de las regañinas que más presente tengo de mi infancia (y no tan infancia, a día de hoy las sigo escuchando...) era de mi abuela para que me comiera todas las lentejas/sopa/puré... En mi casa, eso de dejar el plato lleno era un pecado y te lo tenías que comer, sí o sí, tardaras más o tardaras menos (ya sabéis el dicho: “lentejas, si las quieres las tomas y si no... las tomas”). Bueno, pues aquí no. Si el niño no quiere comer más, aparta los cubiertos de la forma correcta para indicar que terminó. Y punto. Una de las cosas que más me encoleriza ver como el plato lleno de comida se tira entero porque el crío “ya no quiere más” o porque “no le termina de gustar”. ¿Y qué más da que se tire? Hay más comida en la nevera, ¿no?

  1. Los cubiertos
Siguiendo con el tema de la comida, una de las reglas más estrictas y exageradas es la de respetar los modales en la mesa. Y no es que yo sea una salvaje que come con las manos y se limpia con la manga de la camiseta y evidentemente hay que respetar unas reglas en la mesa, pero os puedo asegurar que en esta casa hay reglas que no se cumplen ni en una cena con el rey. De estas reglas, por cierto, es responsable mi HD, que a veces obliga a los chiquillos a comportarse de una manera que supera la ficción. Ejemplos de esto son:

-La comida no se pincha. NO SE PINCHA. La comida se empuja suavemente con el cuchillo encima del tenedor y entonces, con el correcto ángulo del codo y la muñeca, te lo llevas a la boca. Porque, palabras literales “no estamos en el McDondalds” (porque ya sabéis, los que vamos al McDonalds somos despojos de la sociedad sin educación ni futuro que comen patatas fritas con las manos). Pero vamos a ver, hombre de dios, ¿para qué tienen púas los tenedores si no es para pinchar? Mis conocimientos del protocolo no llegan tan lejos, lo admito, pero... ¿desde cuándo es de mala educación que en el comedor de tu casa pinches la comida con el tenedor? Y repito, PINCHAR LA COMIDA CON EL TENEDOR está mal.

-El ángulo del codo y el movimiento de muñeca son de vital importancia para comer correctamente. Sujetar los cubiertos correctamente también. Y cuidado si no lo haces, que te caerá una charla impresionante. De verdad, respeto que les quiera inculcar a sus hijos que se debe comer correctamente, pero no pretendas que un niño de seis años muerto de hambre preste atención al “ángulo del codo”. O sea, fijarse en el movimiento de muñeca al comer SÍ, lavarse los dientes solos NO.

De momento terminaré aquí la lista, aunque puede que se me vayan ocurriendo o escuchando más cosas dignas de plasmar en una segunda parte (e incluso tercera, si se diera el caso) de esta entrada. ¿Os ha pasado algo parecido por casa o es que yo soy una exagerada de campeonato?


lunes, 3 de febrero de 2014

El regalo "envenenado"

Hoy en día está muy de moda regalar cheques/tarjetas regalo. Por si alguien no sabe lo que es, son unas tarjetas con un valor determinado (15€, 20€...) que puedes utilizar en su respectiva tienda como si de dinero se tratase. Son muy frecuentes en tiendas de ropa o tipo Amazon y además son muy cómodas, ya que el regalador se ahorra decidir si esto o aquello le gustará al regalado y el regalado se evita sonreír falsamente ante un regalo que no es de su gusto (regalador y regalado, y que se queje la RAE si quiere xD). Para Alemania, donde el tiempo es oro, este es el regalo por excelencia y muchísimas tiendas tienen tarjetas propias.

Pero vayamos al lío, que me enrollo.
Mi HM me regaló para navidades un bono para la VHS de Brühl. Como ella sabía las dificultades que tuve el año pasado para conocer gente y tal, me recomendó que no lo empleara en un curso de alemán, sino en hacer deporte, excursiones o actividades de tiempo libre.
Qué decir que en ese momento me encantó. El problema viene ahora. Y es que no sé qué hacer con el maldito bono porque ningún curso me cuadra bien con el horario/intereses. Lo que el año pasado era una semana de tiempo libre ilimitado, este año se ha convertido en un sudoku de actividades y trabajo que no sé cómo organizar.

Vayamos por partes.
No sé si ya lo comenté por aquí, pero este año me apunté al gimnasio para acabar con el aburrimiento de las mañanas libres. Gimnasio que me cuesta una pasta y que pago yo de mi dinero. Así que los cursos por la mañana quedan descartados.
Por las tardes tengo que trabajar mínimo hasta las 6-6 y media, que es cuando los HP están en casa y cenan, por lo que cualquier curso que elija tendría que ser después de esa hora. Además, me inclino más por hacer el curso por la tarde-noche para así poder airearme un poco después de tanto niño y volver a casa reconciliada con la humanidad.
Y también tenemos que tener en cuenta que dos días a la semana tengo curso de alemán, por lo que esos días quedan descartados (en teoría sí podría, pero me parece una tontería tener un dos días llenos de cosas y acabar molida mientras el resto de la semana no hago "nada").
Así que ya veis, aquí estoy con el programa de la VHS más que requetermirado, con mil anotaciones, pero sin nada que me convenza. 
Sé que parezco una desagradecida en esta entrada y de verdad le agradezco a mi HM muchísimo el detalle, pero menudo dilema. Los cursos que realmente me interesan y a los que asistiría encantada son incompatibles con mi horario y tampoco me parece "correcto" hacer un curso porque sí sin que me interese (por lo que tendría 0 ganas de ir y se convertiría en una carga).
De momento lo único que me semi convence es un curso de inglé, idioma que tengo enterrado en algún lugar de mi cerebro y que no estaría mal que desempolvara. Pero no me da mucha seguridad ponerme a estudiar otro idioma ¿y si se me juntan en la cabeza y al final acabo hablando un idioma inventado el resto de mi vida?

Y como siempre, este blog vuelve a ser un lugar de frustraciónes y quejas. Pero acutalizaré pronto con algo más entretenido, ¡prometido!

lunes, 30 de diciembre de 2013

Hagamos el balance

Aunque todavía queden algo más de cinco minutos para la cuenta atrás y no esté en la Puerta del Sol bebiendo champán, un día como hoy me parece un momento perfecto para hacer el balance de lo bueno y malo que tanto repite la canción de Mecano estos días.

Después de una semana en casa, rodeada de familia y amigos (y no tan amigos) sé que quiero volver a mi rutina alemana. Uno de los principales miedos que tenía de estas pequeñas vacaciones era "¿y si no quiero volver?", ¿"y si la tranquilidad de mi casa gana a las broncas por posesión de piezas de legos de colores especiales?". Puedo decir desde aquí que no. Quiero volver, quiero seguir aprendiendo, quiero seguir discutiendo con los niños para abrazarnos como si no hubiera mañana a los cinco minutos. Pero antes de profundizar en todo esto, el balance.

¿Qué ha sido lo "peor" de estos meses como au pair? ¿Qué tendría que mejorar?

-La adaptación y la mini depresión. Estos procesos van de la mano, y aunque parece que a nosotras no nos va a tocar, nos toca. Mi HM ya me avisó que entre la tercera y la sexta semana es un periodo difícil y lo clavó totalmente. Después de llevar en Alemania un mes y pico, se me cayó el mundo a los pies. El origen de mi desconsuelo fue que las cosas no salían como yo quería o, mejor dicho, como yo esperaba. Yo pensaba que después de un mes allí ya lo entendería todo, hablaría semiperfectamente y podría tener una vida normal. Ya os podéis imaginar que esto, evidentemente, no fue así. No sé si fue por autosugestión o porque realmente no entendía nada, pero no podía comunicarme. Lo entendía todo por el contexto, es decir, entendía una palabra y ya suponía lo que quería decir todo. Eso me llevó a una inseguridad constante porque siempre tenía la sensación de que me perdía algo, de que había algo que no había hecho o que simplemente no había entendido bien. Y como todo, esto era un círculo vicioso: no hablaba porque no hablaba bien, no hablaba bien porque no hablaba. Y así. Por suerte un día (después de tres meses allí y cuando estaba a punto de volver para navidades) mi cabeza hizo click y empecé a entender relativamente todo, dejó de darme vergüenza preguntar por esto o por lo otro, dejó de darme vergüenza hablar mal. ¿Sabéis por qué? Yo tampoco.
Si alguien pasó por esto, sabrá de lo que hablo. Si alguien todavía no se ha ido pero está a punto, que no se preocupe, que estos momento son los que nos ayudan a darnos cuenta de lo que realmente queremos. Si alguien está pasando por este periodo, que no se preocupe, porque igual que viene, se va.

-Las peleas con los niños. Si no lo he dicho antes, lo digo ahora, yo no había cuidado de un niño en mi vida. Pero sí que sabía lo que tenía que saber y lo más importante: esto no es un trabajo sencillo. Pero claro, la teoría es una cosa y la práctica otra... Mi carácter y el de los niños (unido a esa minidepresión, que lo complicó todo) chocaron demasiado, haciendo que muchas veces tuviera grandes peleas con ellos por cosas que, reconozco, no eran para tanto. Este nuevo año espero no tener tantos problemas con ellos y disfrutar de sus ocurrencias y sus juegos (que para tener 6 años a veces hacen construcciones que ni un ingeniero cualificado, ojocuidao)

-Abusar demasiado del español. Todas nos venimos con la idea de no hablar ni una palabra de español. No, no, no, nada de español. Solo de vez en cuando, al hablar por skype con nuestra familia, enviar un correo y poco más. Bueno, yo quiero confesar que he abusado totalmente del español. Es más (y aquí es cuando os escandalizáis y os ponéis la mano sobre la boca con una expresión de horror) hay días que he hablado más español que alemán, y no pocos. 

-Conocer gente nueva. Llegamos con la ilusión de tener un grupo de amigos con nacionalidades de lo más variadas y poder hablar alemán (o el idioma respectivo, claro) las 24 horas del día. Bueno, ya podéis imaginar que esto no ha sido así. No sé si la suerte no estuvo de mi lado o que el grupo internacional todavía me está esperando, pero es inevitable juntarse con españoles cuando al mínimo "hombre, ¿qué  hace un español por aquí?" ya te has ganado un amigo. Que sí, que me estaréis recriminando que hay más formas de conocer otra gente y de practicar más. Ya lo sé, pero llega un momento que te aferras a lo que conoces por miedo a lo desconocido. Y sí que es verdad que debería haber salido a buscarlo en lugar de esperar a que llovieran del cielo.

¿Qué ha sido lo bueno de este año? ¿Qué me gustaría que se repitiera?

-Salir de casa. Parece una tontería, pero para mí esto ha sido un paso de gigante. No solo por la decisión de coger las maletas, sino por toda la "oposición" que he tenido desde que me fui. Si hay algo de lo que estoy orgullosa, es de eso.

-La familia. Yo me quejo, porque soy muy quejica. Pero sé que no podría estar mejor en otra familia. Me dan mi intimidad, respetan mi tiempo libre, me pagan mi sueldo puntualmente, me dan el bono mensual para viajar en tren cada primero de mes, se preocupan de que coma bien y de lo que me gusta, me compran Nesquik y mermelada de fresa... ¿Qué más se puede pedir? Mentiría si dijera que no hemos tenido problemas, pero ¿en qué casa no hay problemas?

-Los niños. Estos días, he hablado mucho de los niños. Que si dicen esto, que si dicen lo otro, que si se comportan así, que si se comportan asá. Hasta que una amiga me dijo "¡Ni que fueran tuyos!". Claro que no son míos, pero sí que se establece un vínculo au pair-niños que hasta ahora no sabía ni que existía. Que eso no quiere decir que haya días que acabe de ellos hasta las narices, con ganas de hacerme una ligadura de trompas con el cuchillo del queso. Pero los momentos buenos los ganan, y creo que no todos pueden decir algo así.

-La ciudad. Me encanta. Así, sin paños calientes. Me encanta Brühl (ya haré una entrada con fotos para dejaros con la boca abierta) y me encanta que esté tan cerca de Colonia, a la que considero como mi segunda ciudad. Este año espero pasar más tiempo en este pueblecillo, recorrerlo de arriba a abajo y empaparme de sus parques y jardines.

-La comida. Tenía que hacer un apartado especial para esto porque, de verdad, se lo merece. En mi familia (la de verdad) no se cocina mal, pero se cocina siempre lo mismo. Llevamos comiendo los mismos platos desde que tengo memoria y, claro, llegar a una casa donde cada semana hay algo diferente, platos distintos y riquísimos, ha sido una de las mejores cosas aquí. Y para ejemplificar mis palabras, sabed que hasta que no llevaba allí un mes y pico no repetimos plato.

Planes para el año que viene, propósitos y buenas intenciones.
Tengo la sensación de que escribiendo esto por aquí me sentiré obligada a cumplirlo.

-El alemán. Ya tengo fichados varios cursos de alemán que voy a hacer sí o sí. El año pasado solo hice uno y me supo a poco, así que este voy a sacar mis ahorros de debajo del colchón y los voy a invertir en cursos. Voy a hacer un curso de fonética (el que haya estudiado alemán sabe que esto no es un paseo), un curso de conversación y un curso intensivo de B2. Al final me decidí por repetir el B2 porque sé que todavía me falta mucha mucha base de vocabulario básico, expresiones del día a día...

-Deporte. Bueno, este era un aspecto en el que no estaba muy segura porque no soy nada fan del deporte. Pero ya que tengo tiempo libre, dinero y pocas ganas, voy a aprovechar para quitarme de encima los kilos de más y dejar de agotarme por subir las escaleras de la casa más rápido de lo normal.

-Viajar. Este año no he viajado nada. No por falta de ganas, sino por falta de compañía. Pero este año que entra intentaré viajar más, visitar más sitios y aprovechar que estoy en un país que me encanta. (Sé que alguien me va a matar, pero en todo este tiempo todavía no he ido a Bonn. Sí, yo también me odio por ello, ¡pero lo haré!).

-Conocer gente nueva y practicar más. Yo soy una miedosa, lo admito. Y eso de quedar con gente que no conozco o amigos de amigos me suena al principio de un capítulo de Mentes Criminales. Bueno, este año intentaré vencer ese miedo, hacer más tándems y conocer a más gente.

Me siento bastante optimista con todos estos propósitos. Ya sé lo que es estar mal y sin ganas de nada y sin querer seguir adelante. Ahora toca sentirse bien y disfrutar de la experiencia.

Y para que nos vayamos preparando para el año que entra, la banda sonora de toda casa española en Noche Vieja:


¡Feliz Año Nuevo a todos, caritas lindas!

¿Quieres saber más?

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