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miércoles, 2 de julio de 2014

Las vacaciones empiezan en junio, pero no para las au pairs

¡Hola hola, caritas lindas!

Otro mes que se va y un mes menos para ponerle punto y final a esta aventura (ay, me emociono ya de pensarlo). 
Entre unas cosas y otras junio ha pasado volando. Bueno, junio o enero, porque a este paso son difíciles de diferenciar. Y es que, sí tuve la suerte de pasar uno de los inviernos más suaves en los nosécuantos últimos años, el tiempo se tenía que vengar de aquellos que entonces disfrutamos de las temperaturas positivas. ¡Y anda que no se está vengando bien! Hace como una semana que no vemos el sol y mi ropa de verano sigue abandonada en lo alto del armario, mirándome con cara de cordero degollado, esperando la ocasión de ser utilizada. Pero es que aquí, aunque brille el sol ¡hace frío! Bueno, tampoco os penséis que vamos con abrigos y bufandas por la calle. Pero por muy espléndido que parezca el día (que los hay, cuidado), mejor llevarte una chaqueta en el bolso. ¿Quién me iba a decir que la famosa frase de "nena, échate una chaqueta por si refresca" que tanto he oído esta vez iba a cobrar sentido? En cuanto el sol desaparece, el ambiente y el aire son fríos y, claro, echas de menos esa rebequita que te dejaste en casa porque, total "seguro que no me hace falta". 

Cuestiones climáticas a parte, el mes de este pseudo junio ha sido bastante tranquilo.

Empezó con un nudo en el estómago por culpa del examen del Goethe que ya comenté. Las primeras semanas las dediqué completamente a estudiar y memorizar listas de verbos con preposiciones (y maldecirme por no haberle hecho nada de caso a los libros estos meses... Lo sé, mea culpa). Pero bueno, a pesar de los ataques de nervios y las noches con pesadillas (soñaba que hacía el examen y estaba en chino ¡maldito subconsciente!) sobreviví y pude volver a mi vida tranquila de siempre.

El primer sábado del mes tuve el escrito y como era en Bonn, quise aprovechar para hacer un poco de turisteo. Pero no conté con que ese día haría un calor horroroso (calor de Alicante un día de agosto a las dos de la tarde, no digo más) y tras pasear un poco por el centro decidí no correr el riesgo de  sufrir una lipotimia y me fui a mi fresquita casa.

El domingo, aprevechando el exceso de buen tiempo fui con una amiga a ver uno de los lagos de Brühl, algo que tenía pendiente en mi lista de cosas que hacer desde hacía tiempo. Los meses de bicicleta estática en el gimnasio han dado sus frutos y mientras la pobre chica llegó medio muerta, yo llegué solo un cuarto. Nos planteamos la idea de darle la vuelta al lago, pero fuimos realistas y nos quedamos en un huequecillo que hacía el camino donde el agua no estaba profunda y pudimos meter los pies.




Pocas horas después de esa espléndida tarde, cayó en NRW la peor tormenta de los últimos diez años, que causó graves daños en varias ciudades y acabó con la vida de cinco personas. Ver para creer.



El siguiente sábado, el del oral, sí que hizo un tiempo decente para pasear por la calle sin que se derritieran las suelas de los zapatos y aproveché para visitar algunos sitios de Bonn que tenía pendientes. Uno de ellos era el Cementerio Antiguo (añado el comentario de mi abuela "hija mía, de to' lo que hay pa' ver y tú te vas a un cementerio" jajaja). Es uno de los más antiguos de Alemania y en él están enterradas varias personas importantes de la región, la madre de Bethoveen y el músico Schumann con su mujer entre otros.






Como ya sabréis, los cementerios por estas tierras (igual que en Inglaterra, creo) parecen parques. Había lápidas muy muy antiguas y muchas estaban enterradas varias familias juntas. De hecho, me entretuve mucho en una tumba muy grande, descubriendo los parentescos de todos los que estaban enterrados allí (recordad que las mujeres cambian el apellido al casarse, aunque en la lápida aparece también el de soltera, y a veces es difícil relacionar parentescos). No sé si sería blasfemo, pero en mi cabeza no paraba de sonar la canción de Mecano "y los muertos aquí, lo pasamos muy bien, entre flores ¡de colores!" ¿La conocéis?


Después del paseo, me fui al museo Haus der Geschichte (Casa de la historia) que trata la historia de Alemania desde el final de la guerra. Es bastante interesante, con muchísimos documentos originales, carteles, fotos, ropa, cine... No solo trata de política, sino que tiene de todo un poco. Personalmente, me gustó mucho cómo estaba organizado y los "decorados": por ejemplo, en el apartado que trataba de la prensa, había un pequeño kiosco con periódicos, como si fuera de verdad. Una de las cosas que más me llamó la atención fue una pantalla donde iban pasando fotos de lugares emblemáticos de algunas ciudades alemanas inmediatamente después de la guerra y diez años más tarde. Es increíble ver cómo el país entero se recuperó de tal destrucción en tan poco tiempo. Si pasáis por ahí, no os vayáis sin haberle echado un ojo porque de verdad asombra. Sin embargo, he de decir que a veces la cantidad de información apabulla demasiado y confieso que al final acabé dejando de lado los pequeños detalles. Hay que estar pendientes a la megafonía, porque por ahí avisan las visitas gratis por las exposiciones (yo me apunté a una sobre la evolución de los parques y jardines particulares que, a pesar de que el propio nombre suene aburrido, no estuvo mal). Y lo más importante ¡entrada gratis!

El domingo volvió a hacer bueno (ahora que lo pienso, soy una mentirosa, he empezado esta entrada quejándome del mal tiempo, pero entendedme, soy de la costa ¿mal tiempo en junio?) y aproveché para ir con una amiga al jardín botánico de Colonia. Esa idea no la tuvimos solo nosotras, sino media ciudad. A pesar de la multitud pudimos verlo bastante bien y, como no, ¡entrada gratis!

Prometo que hice fotos, pero deben estar en una dimensión oculta de mi ordenador porque no las encuentro.

Voy a saltarme el siguiente fin de semana porque, total, no hice nada digno de mencionar a parte de robar un póster en la VHS y vamos a ir al grano. ESTE fin de semana. EL fin de semana.

El sábado pude conocer y hablar con la mismísima Kerstin Gier, una autora alemana de literatura para adolescentes y mujeres. Y es que al principio del mes me entró la vena "alemanizadora" y me puse a buscar libros en alemán de verdad, nada de traducciones. Y topé con la Edelstein-Trilogie (la Trilogía de las piedras preciosas). Es, por así decirlo, como la saga Crepúsculo a la alemana, pero en lugar de con vampiros, con viajeros en el tiempo (así explicado no tiene nada de chicha, pero la historia me enganchó muchísimo). Investié un poquito a ver si la autora haría alguna aparición en público y sonó la flauta. Resulta que está de promoción del segundo libro de su nueva trilogía Silber y la presentación sería en Colonia el sábado 28. Y ahí que me planté yo, con mi libro leído y las ansias de seguir con la historia, rodeada de adolescentes con aparatos y señoras (repito, señoras) más emocionadas que las más jóvenes.
La autora fue un encanto: leyó un par de capítulos, habló bastante de la trama y respondió mil y una preguntas. Y al final, fue firmando los libros.

Cree en tus sueños
Y esto no es todo, amigos. Cuando le dije mi nombre para la dedicatoria, me preguntó que de dónde era y todo eso. Y, sin saber cómo ni por qué acabé dándole mi dirección para que me envíe la edición española del primer libro (que justo salía ese día en España). Oye, que igual la mujer lo dijo por decir, pero ¡ay! ¿Y si lo hace de verdad?(MODO fan-obsesa-adolescente ON).

Y el domingo, para seguir con EL fin de semana, tenía el concierto de Revolverheld, una banda alemana que conocí estando aquí y de la que estoy enamorada.
No era un concierto propiamente dicho, si no un festival y tocaron otros grupos que también me gustaron mucho y que ya tengo fichados por Spotfy. A pesar de las amenazas de lluvia y de que fui sola (en realidad casi siempre voy sola a todas partes, ya no es algo que me extrañe) me lo pasé de lujo, canté a grito pelao' y añadí un pin a mi colección.

Jennifer Rostock - mi nuevo descubrimiento




Y eso ha sido todo. De momento. Ay, entro en la fase final y estoy con una mezcla de alegría y tristeza que no es nada sana. Con muchas ganas de volver y empezar planes nuevos pero con mucha pena de dejar mi vida aquí. Y a la vez con muchas ganas de abandonar niños gritones y madrugones inhumanos y sin ánimos de volver a la rutina de siempre. ¿Veis lo complicado que es?

¡Un besote!

martes, 27 de mayo de 2014

Presente, pasado, futuro y mayo

¡Hola, hola, caritas lindas!

Mayo ya está llegando a su fin y se nota. Por aquí tenemos días de verano asfixiantes y tormentas invernales. A la vez. Aunque cuando volví de España me recibieron con un mini invierno primaveral. Vamos, que tuve que volver a sacar las botas y los abrigos. Sí, en mayo. Ver para creer. 

Mis niños están más adorables y más insoportables que nunca y en el ambiente se palpa la emoción de la entrada en el cole. Ya han comprado las mochilas y ¡menudo ritual!: que si plumier, que si estuche, que si mochila adaptada para la espalda con tropecientos millones de bolsillos, que si bolsa de deporte... Todo ello a juego y con pegatinas intercambiables (que, conociendo a mis niños, acabarán en paradero desconocido la primera semana). Por supuesto todo carísimo a más no poder. Me acuerdo en mi época, cuando me tocaba reutilizar lo que podía de mir hermano antes de comprar nada (puf, vaya comentario más de abuela de cuéntame xD). Y estos niños tienen lápices para parar un tren y aún así ¡toma! Estuche completo con todos los accesorios... Aunque siendo sincera, me da mucha pena perderme el primer año de cole y todo lo que conlleva aquí en Alemania, pero bueno, le dejaremos la experiencia a la próxima au pair (que por cierto, ya está contratada y es de Ucrania).

Ayer cumplí los nueve meses. ¡Nueve meses! Madre mía, cómo pasa el tiempo. Si parece que fue ayer cuando llegué...Y aún así, cuando miro atrás y veo todo lo recorrido, lo que he pasado, lo bueno, lo malo... parece que haya pasado una eternidad. Nueve meses ni más ni menos, ¡pero si hasta podría haber tenido un bebé y todo!

En fin, que me lío.

El mes empezó con mi viaje a España. Como mi HF se iba de vacaciones un día antes de mi vuelo, decidí largarme de casa antes que ellos y mendigarle a una amiga un suelo donde dormir. No porque mis HP no se fiaran de dejarme sola en casa, sino porque, sinceramente, tenía miedo de olvidarme de cerrar ventanas/puertas/gatera, apagar esto y lo otro... Me negaba a llevarme un susto de muerte en medio del avión porque en ese mismo instante me asaltara la duda de si había cerrado la puerta con llave o no. Así que por el bien de mi salud mental, cogí mi maleta y abandoné el barco.
A pesar de llevar sin unos cuatro meses sin pisar tierras españolas, el viaje no me hacía especial ilusión. Y antes de que me tachéis de monstruo sin corazón, explicaré por qué. No es que no tuviera ganas de volver a ver a mi familia, ni muchísimo menos, pero... Mi vida aquí y mi vida allí son totalmente diferentes y, para qué os voy a engañar, esta me gusta más. Los viajes, las aventuras con los críos, los paseos en bici... Un millar de cosas que aquí son tan normales como respirar y allí son impensables. Pero bueno, a nadie le amarga un dulce y a unos días de relax total y no pegar palo al agua no se les puede decir que no.

Resumiendo un poco, me inflé de tortilla de patatas y pescado (aquí no se come prácticamente y lo echaba mucho de menos). Aunque vagueé mucho, aproveché para hacer cosillas que tenía por ahí pendientes, ver a unos cuantos amigos, hacer una excursión familiar... En fin, lo típico.

Altea, maravilla del mediterráneo




También me di cuenta después de pasar un día en la universidad con mis amigas lo diferente que será todo el año que viene, cuando ya no tenga a nadie con quien criticar a los profesores ineptos, con quien pasar las horas muertas entre clase y clase, a quien arrastrar a la biblioteca para buscar un libro de nombre indefinido, con quien hacer los trabajos de grupo y no tener reparo en decirnos "tu parte apesta"... Es el único momento desde que me fui, que me dio pena haberme ido. La idea de "volver a empezar" tener que hacer nuevos amigos, nuevos compañeros... Y no es que no los vaya a volver a ver, pero no será lo mismo. Pero bueno, ya asumí que sería algo de lo que me tocaría deshacerme cuando tomé la decisión y ahora toca apechugar.

Esta vez el viaje de vuelta fue estupendo. Llegamos con tiempo de sobra y no perdí ningún documento importante ni nada por el estilo. El vuelo fue genial, me dormí a la mitad y me desperté para aterrizar, así que ni me enteré. En el vuelo, por cierto, me encontré con un hombre que había sido profesor en mi instituto hacía como unos cinco años atrás, que luego lo encontré en el tren y luego en la estación, ¡el mundo es un pañuelo! Llegué viernes por la tarde a Colonia y volví a casa yo sola porque mi HM estaba con los críos. La verdad, es un poco triste cuando bajas del avión y no hay nadie esperándote, sentí una sensación de abandono importante, como si llevara un cartel encima que pusiera “nadie me quiere” jajaja.

Al contrario de lo que pasó en navidades, que volví con la moral por los suelos, esta vez llegué espléndidamente, decidida a aprovechar esos tres meses que me quedaban y exprimirlos al máximo. Ese mismo sábado fue el cumpleaños de mi mejor amiga en tierras alemanas, una mexicana que ya estoy empezando a echar de menos y que ha prometido que vendrá a verme en cuanto tenga la oportunidad. Coincidió además con Eurovisión y he de confesar que, aunque nunca he sido fan de este concurso, verlo fuera de casa hizo que naciera en mí una vena patriótica que no sabía que tenía. Y que además España no hiciera del todo el ridículo nos animó todavía más. Por no hablar de las copas que nos tomamos.

La semana pasó sin pena ni gloria y llegó el fin de semana. En teoría no teníamos nada planeado, pero en el último momento la madre de mi HM de dijo que el sábado era el Japan-Tag (día japonés) en Düsseldorf. Resulta que en esta ciudad vive la comunidad más grande de japoneses de toda Europa y un par de días al año celebran una unas jornadas con comida, música, puestos con cosillas típicas... Y nada, allí que fuimos. Aunque al principio fue un poco caótico, eso sí, básicamente porque la gente te dice “bueno, ya veremos” y te plantas a unas horas de salir sin saber con quién puedes contar y con quién no (MODO QUEJA: ON). Al final solo fuimos dos chicas más y yo, por lo que el viaje en tren nos salió algo caro (unos 14€, si hubiéramos sido cinco nos hubiera costado 8€...) pero mereció la pena. Cuando llegamos nos encontramos con una colección de gente de lo más variopinta: desde personas vestidas con el traje tradicional japonés (¡con las “chanclas” estas de madera y todo!), pasando por trajes más propios de la cultura pop japonesa, hasta llegar a todos los personajes de mangas/series/libros habidos y por haber. Con decir que nos topamos con tropecientos Pikachus, doscientas Sailor Moon, unos cuantos Narutos y compañía... ¡Hasta a Bilbo Bolsón vimos! (que no se yo qué pintaba allí, que de japonés poco xD). Eso sí, japoneses pocos. Llegamos a la conclusión de que los propios japoneses huyen de su propio día. Y al final de la noche hubo un castillo de fuegos artificiales bastante bonito. Llegamos a Colonia después de haber luchado con una marea enorme de gente para llegar a la estación y de viajar en un tren llenísimo.





El domingo tuve babysitting y cebé a los niños con crepes de todos los sabores y formas. Después de un par de malas experiencias, ya no me arriesgo a hacerles algo que no sepa que van a comer, así que mis platos estrella son pasta con salsa de bote y crepes. Lo sé, como ama de casa no tengo precio.

Y bueno, este fin de semana pasado no fue nada del otro mundo. El sábado fui a cenar con una amiga y el domingo nos recorrimos las calles de Colonia disfrutando del buen día que hacía. Que por cierto, nos perdimos. En el centro de la ciudad. Donde llevamos viviendo yo nueve meses y ella tres.








Lo que ha hecho importante este mes no ha sido lo que he hecho (que ya veis que no ha sido mucho), sino las conclusiones a las que he estado llegando. Ya huele a últimos días, la fecha de mi vuelta está casi marcada en el calendario (en dos días compraré el vuelo), ya estoy pensando en lo que tendré que dejar aquí y tirar y lo que me podré llevar... En fin, que esto se está acabando. Y no puedo dejar de tener la sensación de que no lo he aprovechado como es debido, que no he aprendido todo el alemán que debería, que no he sabido sacarle el máximo partido a toda esta experiencia...
Desde que volví de España estoy hablando un alemán horroroso y con la familia es todavía peor. De hecho, ellos deben de pensar que he desaprendido, porque os puedo asegurar que con ellos mi nivel es de A2. Pero de meter la pata en lo más fácil del mundo, hasta con los verbos modales. En serio. La única solución lógica que se me ocurre es que tengo asumido, por así decirlo, que delante de ellos hablo mal y eso, inconscientemente, me hace hablar mal. Que luego en clase o con mis amigas me expreso mucho mejor, pero lo que es aquí en casa... Y no solo con la familia, si no con los alemanes en general. Doy por hecho que como soy extranjera voy a hablar mal y... hablo mal. ¿Hay alguien por ahí que le haya pasado lo mismo? ¡Decidme que no soy la única!
Ahora estoy intentando leer más, estudiar un poco, hacer más tándems. No es que antes no lo hiciera, pero ahora me lo voy a tomar casi como una obligación. Sé que es un absurdo intentar hacer en dos meses lo que no he hecho en nueve, pero por lo menos lo voy a intentar.

Releyéndolo parece que igual estoy sacando un poco las cosas de quicio, pero es algo que no puedo evitar pensar. Igual es un efecto secundario poco común de los últimos días, la sensación de no haber hecho lo suficiente, de que podría haber mejorado más... ¿Ha valido todo esto la pena?

En fin, como ya he dicho, es imposible recuperar el tiempo perdido, pero intentaré irme de aquí con el mejor sabor de boca posible. Total, todavía me quedan dos meses que pueden dar mucho mucho de sí. Igual solo es cuestión de que ese "bloqueo" desaparezca y para eso necesito un pequeño empujoncillo (un una bofetada, quién sabe xD).
Me despido de vosotros antes de que mi mente siga desvariando y os veáis obligados a cerrar la página asustados :)


jueves, 10 de abril de 2014

En abril, planes mil

¡Hola, hola, caritas lindas!

En la entrada anterior daba práticamente por terminado un mes que, a mi parecer, no podía dar más de sí. Nunca digas de este agua no beberé, se suele decir. Resulta que la última semana de marzo fue la traca final de un mes que ha resultado ser el más revuelto de mi vida au pair.
Para poneros en situación tengo que hablaros de uno de mis mellizos (Mellizo P, de porculero). Este es con el que más "problemas" tengo porque es un chulo tiene un carácter más fuerte. No es que esté peleándome con él todos los días. Solo uno de cada dos, más o menos. El tema está que estas últimas semanas se puso insoportable. Algo así como la edad del pavo, que aunque no se puede aplicar a él porque no es un adolescente corresponde perfectamente a la definición de periodo de actitud desagradable e impertinente. Empezó a pasar olímpicamente de lo que le decía, de lo que tenía que hacer o de lo que le mandaba.. Bueno, diréis, tampoco es para tanto... No, tampoco es que estos niños en general hagan lo que se les pide a la primera. El GRAN problema fue que se puso más agresivo de lo normal y empezó a intentar pegarme o pellizcarme cuando le prohibía algo (no solo a mí, a la madre también, aunque claro ella le puede cruzar la cara y yo tengo que aguantar estóicamente). Yo, como persona racional que soy, recordaba que se trata de un niño y que a veces no piensa lo que hace... Pero llega un punto en el que las cosas cambian. Y eso pasó cuando me amenazó con un palo.

Los hechos sucedieron camino de la guardería, cuando recogieron ambos un par de palos por la calle (el camino está lleno de árboles y plantas en general). Al llegar, el Mellizo A (de adorabilísimo) se deshizo de ellos, pero el Mellizo P, no. Como era de esperar, pasó de lo que le dije e intentó entrar en la guardería con la rama (que no era un palito, no, mediría unos 40/50 cm) y yo cerré la puerta para que no entrara. Y claro, se enfadó. Se puso rojo rojo rojo y levantó el palo mirándome con cara de niño asesino. Evidentemente no intentó pegarme con él, pero la simple amenaza me tocó mucho las narices, todo hay que decirlo. Y yo, pese a que soy una persona pacifista, me cagué en la leche (literalmente, en español), le quité el palo y lo mandé para dentro a empujones. Creo que se cagó bastante en mí, o eso me pareció oír mientras gritaba por todo el edificio lo mala y cruel que era. No sé, no le estaba prestando atención. Me dediqué a poner cara de circunstancias delante de las madres que habían por allí, que me echaron una mirada de comprensión infinita. Claro, después de un par de semanas aguantando desplantes del crío por aquí y por allí, rebeliones y el pasotismo de los padres ("es una etapa, en dos días se le ha pasado") pues podréis entender que estaba ya al borde de un ataque de nervios.
Pero tanto va el cántaro a la fuente que se rompe, y en lo que fue el peor babysitting de mi carrera aupairil (vamos, de los 5 o 6 que he hecho) acabé perdiendo, las formas, los nervios y la paciencia. Lo puedo resumir en: niño que no se quiere poner el pijama; au pair ya algo cabreada que le dice de forma poco amable que se lo ponga; niño que, con el pijama puesto, coge el libro que pensaba leer y huye con él; au pair que ya no puede más y lo persigue intentando mantener las formas; padres que pasan del tema; au pair que intenta pedirle amablemente el libro al niño; niño que se niega e insulta a la au pair; au pair que se cabrea, pega un portazo y se larga. Pero como tengo deberes que cumplir, volví, leí otro libro que me dio el Mellizo A y me largué. Así, sin beso de buenas noches ni nada. 

Y así estaba yo, asqueada después de una semana peleando con críos malcriados y cavilaciones sobre la efectividad de una colleja a tiempo. Pero el mundo lo pone todo en su lugar y la semana no pudo acabar mejor.
Llegó el sábado y yo tenía el ánimo por los suelos (lo tuve que compensar con una noche a base de cervezas robadas y líos amorosos ajenos). El domingo mientras desayunaba intentaba mentalizarme de que esa noche me volvería a tocar babysitting porque mis HP tenían entradas para un concierto en la filarmónica. Otra vez lidiar con las dos fieras, con la cena y con los gatos. Horror. En eso estaba pensando yo removiendo el café cuando mi HM hizo una entrada triunfal y me dijo que mi HD no tenía ganas de concierto. “¡Toma!” pensé, “se quedan en casa y me ahorro el babysitting”. Pues no. Todavía mejor.

- ¿Te apetece?- me preguntó. Yo pensaba que estaba de coña o que, como es bien frecuente, lo había entendido mal.
- ¿Yo? ¿Contigo?
- Claro, mírate el programa y me dices.

Como podéis imaginar, lo único que me tuve que pensar dos veces era la ropa que quería ponerme, porque el sí estaba adjudicado. Domingo de concierto, en la filarmónica, en asientos que una humilde au pair no se podría permitir y ¡cuidado! ¡Sin estar de pie! (las óperas y filarmónicas alemanas ofrecen sitios de pie muy muy baratos para estudiantes, y quien dice de pie dice sentado en el suelo). Punto y final triunfal a una semana asquerosa y a un mes que, como veis, todavía tenía una par de sorpresas. Pero, no se vayan que aún hay más. ¿Más? Sí, más. En el concierto apareció un oboe solista maravilloso. Después de su actuación, el público aplaudió más de 20 minutos y tuvo que volver a tocar una pequeña pieza. Para mi asombro, leyendo de reojo el programa de la señora de al lado descubrí que el chico no solo tenía nombre hispanoamericano si no que era de Granada. Qué coincidencias tiene la vida. Y para rizar el rizo, cuando salimos estaba en la puerta hablando con varias señoras y firmando programas. Por “orden” de mi HM, que veía una desfachatez que me fuera de ahí sin saludar a un paisano, pude hablar con él un ratillo. Más majo. Y yo más contenta que unas castañuelas (así, por seguir con la temática España, olé). 

“Y ahora ya te toca descansar”, estaréis pensando. Pues no. Este mes (en semana y poco, de hecho) es Ostern, que traducido al cristiano es la Semana Santa de toda la vida. Solo que con un conejo que esconde huevos (?). [Intentaré escribir una entrada de esto para poder profundizar más en el tema]. El meollo del asunto es que tengo 4 días maravillosos libres y en un principio pensaba dedicarlos a ir a Berlín. Pero por cuestiones técnicas, sociales y, por qué no decirlo, económicas, tuve que aplazar mi viaje para un futuro (espero) no muy lejano. Lo que en otras palabras quiere decir que no había nadie que me acompañara, que en el avión me dejaba una pasta y que con otro medio de transporte perdía la mitad del tiempo de viaje. Así que busqué un plan B. En la otra entrada puse un primer boceto. De él no queda nada. O bueno, sí, la zona. Tras mucho planear, pelearme con la página de la DB, enfadarme con el tiempo y los días (recordemos que son festivos y muchos trenes/lugares no están dispoibles) conseguí elaborar un plan semi perfecto que espero poder llevar a cabo.
El lugar en cuestión es la región alemana Baden-Württemberg, en el suroeste. La primera vez que vine a tierras gemanas fue a esta zona, concretamente a Heidelberg. Y me enamoré. De hecho, cuando buscaba familia intenté que fuera por aquí (que como veis no lo conseguí). Pero si bien es verdad que la región me fascinó, no tenía yo por aquel entonces espíritu viajero, lo que se traduce a que no hice nada ni vi nada más allá de dos ciudades y una de ellas fuera. Por eso tenía una espinita clavada con el nombre de estas tierras y de los sitios que no visité entonces. Además, para darle todavía más emotividad a este viaje, voy a poder visitar la ciudad donde se crió mi padre (hijo de emigrantes españoles, vivió alrededor de 20 años en esta ciudad antes de regresar a España para nunca volver a Alemania). Este sitio me hace especial ilusión ya que es una ciudad de la que he oído hablar toda mi vida.

El plan es el siguiente.

Viernes 18. Matrugón y salida de Colonia a Freiburg. Visitar Freiburg, Freiburg para arriba, Freiburg para abajo. Dormir allí.




Sábado 19. Madrugón 2, salida de Freiburg a Karlsruhe. Visita de la ciudad y del palacio, caminar por las calles con forma de abanico. Sobre las 15/16 viaje a Pforzheim. Visita de Pforzheim, del centro, el parque, la biblioteca y la calle donde vivió mi padre. Sobre las 21 vuelta a Karlsruhe a dormir.

Karsruhe
Pforzheim
Domingo 20. Madrugón 3 y salida de Karlsruhe dirección Castillo Hohenzollern. Si algo tiene esta región son castillos y palacios. En concreto este está donde Cristo perdió la chancla, pero creo que merece mucho la pena el viaje. Sobre las 17/18 salida del castillo a Tübingen. Visitar todo lo posible Tübingen y dormir allí.

Burg Hohenzollern
Tübingen

Lunes 21. (Esto ya depende muy mucho de los horarios de tren y de las ganas que tenga de seguir) Madrugón 4 y salida de Tübingen al castillo de Sigmaringen. Visitar el castillo y sobre las 15/16 vuelta a Stuttgart. De Stuttgart vuelta a Colonia. Morir en mi cama.

Burg Sigmaringen
Como veis va a ser un viaje intenso, con muchas paradas y muchas horas de tren que aprovecharé para dormir y rezar para no pasarme de parada. Además, como ya dije, lo hago totalmente sola. Es la primera vez que viajo tanto tiempo sola y he de admitir que me da un poco de yuyu. Pero también es verdad que tengo un plan muy cuadriculado en el que desde luego no entra perder un ahora buscando un McDondalds (desde luego, qué buenas son las malas experiencias viajando en grupo que te ayudan a mentalizarte de los beneficios de viajar solo). Así podré ver lo que quiera, como quiera, cuando quiera y sin depender de nadie. Bueno sí, de la DB. Además, sé que Ana estará también esas fechas por tierras perdidas como yo y nos apoyaremos en espíritu ;)
Otro punto a favor del viaje es que en estas fechas mis HF tiene varias comidas familiares y yo... No pinto mucho, la verdad. Ni me apetece meterme en reuniones de familia, ni me apetece quedarme encerrada en mi habitación, ni me apetece hacer lo que puedo hacer cualquier fin de semana.

Y después de eso a una servidora no se le ha ocurrido otra cosa que apuntarse a una excursión a Bruselas para el fin de semana siguiente. Así, para no perder la costumbre. 

Y entonces será prácticamente mayo y ¿qué pasa en mayo? Que regreso a tierras españolas a inyectarme el jamón serrano en vena y si hay suerte un poquito de playa.

Y con todo esto, señores y señores estaré más cerca del adiós. Pero los sentimentalismos ya para otra entrada :)




lunes, 24 de marzo de 2014

Y así fue como desapareció marzo

Con la excusa "qué día más feo" le he dado una patada a mi mañana de gimnasio y, para convencerme de que he hecho algo de provecho, voy a hacer acto de presencia por estos lares y os cuento cómo me ha ido marzo. Que sí, que todavía queda una semana, pero es que este mes ha dado mucho mucho de sí.

El mes empezó en pleno carnaval y, para darle todavía más emoción, con el cumpleaños de mi HM. El domingo tuve que dejar de lado la cerveza y las calles abarrotadas para hacerme cargo de una horda de niños y evitar que se mataran entre ellos mientras sus padres engullían berlinas, Frikadellen y otras delicias que casi no llegué a probar. Para interés de los lectores, los más salvajes, impertinentes y porculeros de esos niños fueron los míos propios que, como siempre, aprovechan los días festivos para hacer huelga de reglas au pairiles y convertirse en salvajes sin ley. Menos mal que es un día al año.

Este fue mi regalo. Algo socorrido, pero ¡le encantó!

Y estas fueron las obras de arte que hice con los peques. Como se puede apreciar, uno tiene más talento artístico que el otro. Después de casi una semana haciendo flores, jarrones, quejas y desesperaciones, el resultado valió la pena.

El fin de semana siguiente conocí a la chica que tenía todas las papeletas para ser mi sucesora. La posible futura víctima au pair de mis niños era una italiana que estaba haciendo un año de erasmus en Mainz y aprovechando que las ciudades están más o menos cerca vino el sábado a visitarnos y a conocer la familia, la casa, la ciudad... Tener delante a la chica que viviría en mi habitación, que dormiría en mi cama, que se sentaría en mi sillón, que cuidaría de mis niños y que probablemente viviría una vida muy similar a la mía fue una  situación cuanto menos, peculiar. No fue envidia, o tristeza, o alegría, fue ¿cómo decirlo? la constatación de un hecho, la realidad de lo que para una au pair es ser au pair. Es una etapa de la vida con fronteras, con un fecha de inicio y una de fin, en la que adaptas a un entorno que no es el tuyo y vives con fecha de caducidad. Como dijo esta chica en su blog "[...] Otra persona va a vivir en tu vida, en una vida que ya no es tuya. El tiempo de aupair es un tiempo prestado, una oportunidad única.[...]". Y qué razón, oye. Hasta la fecha no he encontrado una definición más acertada, más verdadera y con más sentimiento que esa.
Y ahí estaba yo, viendo a mi "sucesora" y viéndome a mí misma, seis meses atrás. Hablando con frases mal formadas, palabras sueltas, cara de susto y mucha mucha inseguridad. Y, no es por echarme flores, pero ¡anda que no he aprendido desde entonces! ¿Será verdad que todo esto está mereciendo la pena? 

Y claro, al igual que una mira para atrás y ve lo que ha recorrido, también tiene que mirar para delante y ver lo que queda por recorrer. Hasta el final. Porque cuando tu familia empieza a hablar del día en el que llegará la chica nueva, está implícita una despedida. Una que viene y otra que se va. Y la temida conversación llega. Calendario en mano, mi HM me habló de sus planes vacacionales y marcamos la semana definitiva. Cuando pasas de una fecha indeterminada al "probablemente 4 de agosto" como respuesta a la pregunta "¿hasta cuándo estás aquí?" algo se rompe. El final ya está marcado y, para mi sorpresa, está mucho más cerca de lo que pensaba. Hay tanto por hacer, tantos planes, tantos viajes, tantas experiencias que vivir... Y ahí está ya, dentro de nada, el temido último día en el que cogeré la maleta y diré adiós para siempre. Adiós a  mis niños, a mi HM, a mis gatos preciosos, a Brühl, a la catedral, a los viajes express, al Chai Tee Latte, a la Currywurst y, sobre todo, a mi vida como au pair. Se me pone la piel de gallina solo de pensarlo.

En fin, al margen de mis cavilaciones, reflexiones y imposibles mentales, no puedo cambiar de tema sin añadir que mi posible sucesora, la italiana, dijo que no. Que no quería vivir con esta familia tan maravillosa. ¿Qué puedo decir? Ella se lo pierde.

Acabé una semana de realidades y verdades con un tándem alemán-español (con un marcado acento argentino) y un helado. Y es que ese domingo llegamos a los 24ºC. Como decía mi HD "casi casi como en España", sí, casi casi como en casa.

El fin de semana siguiente tampoco fue mucho más tranquilo. El sábado tuve viaje improvisado a Amsterdam que reavivó mis ganas de ver mundo y viajar. Y para consolidar este sentimiento viajero, el domingo tuve una visita muy especial. 
Si en su momento empecé a escribir (mejor o peor) mis andanzas como au pair, desde luego no fue para conocer gente. No personalmente, claro. Cuando escribes, lees, y cuando lees, te implicas en la vida de una persona: te diviertes con sus anécdotas, te sientes mal cuando le va mal, te alegras con sus alegrías. Y te identificas. Ves que las meteduras de pata con el idioma o las peleas con los niños no son solo cosas tuyas porque no tienes ni idea, si no que es más corriente de lo que te piensas. Gente con la que te puedes quejar sin que te miren como si fueras un perro verde. Pero de ahí a ponerle cara y voz a unos cuantos post, hay un trecho. Si alguien me preguntara hoy los motivos por los que escribo aquí, añadiría sin lugar a dudas la posibilidad de conocer a gente tan bonica y adorable como ella.

Y después de otra semana de maltrato en el gimnasio y clases de alemán nos plantamos en el fin de semana pasado. Para seguir con el espíritu viajero, el sábado aprovechamos las maravillosas ofertas de excursiones en grupo por Alemania para ir a Frankfurt am Main (SchönesWochenendeTicket - cinco personas (aunque fuimos cuatro) - todo el país - 44€). La verdad, no sé si escribiré una entrada porque dejó mucho que desear y si lo hiciera, sería para recalcar las ventajas de viajar solo sin gente porculera. Solo diré que, de cinco horas que teníamos para ver la ciudad, dos las pasamos buscando un McDonalds. ¡UN MCDONALDS! Ver para creer.





Y ayer, para compensar que el sábado había hablado mucho español, volví a hacer un tándem con la chica de la semana anterior, que para subirme el ego me dijo que mi alemán era el mejor de todos los otros tándems que había hecho (y ya paro de alabarme en esta entrada, ¡lo prometo!).

Mientras lo escribo, parece que haya pasado una eternidad, pero a la vez se ha ido volando. Dentro de dos días hago siete meses y solo quedarán cuatro para volver a casa. Contando con una parada en mayo para volver a tierras españolas a hincharme a comer, a ver series online y, si acaso, ver a la familia. Y ya que estoy, voy a amortizar las horas que me he saltado el gym y lo cuento bien. Resulta que la familia se va de vacaciones la primera semana de mayo. Así son ellos de raros, que no cogen vacaciones cuando todo el mundo. En un principio pensé quedarme en Alemania y aprovechar la semana para viajar por aquí y ver un par de sitios que de otra forma no podría ver por falta de tiempo. Pero al ser una semana "rara" nadie tiene vacaciones, por lo que me tocaría viajar sola (cosa que, como ya contaré ahora mismo no me parece tan problemático). Y además, si me quedo aquí, ya no volvería a casa hasta verano y de navidades a agosto me parecía una eternidad sin hacer una parada en casa. Ahora mi gran duda es si facturar una maleta y aprovechar el viaje para dejar allí toda la ropa de invierno, unos cuantos libros y cosas que dejar allí y poder traerme la ropa de verano. Así el último día (maldito último día, no paro de nombrarlo) no tendré problemas de sobrepeso o de facturar otra maleta  (que por cierto tendría que comprar...). 

Y para terminar esta larga y aburrida entrada, tengo que contar lo que llevo planeando toda la mañana y que ha evitado una muerte segura en clase de aeróbic. Resulta que en Semana Santa servidora tiene cuatro días libres. Después de descartar el viaje a Berlín (precios de avión astronómicos y horas de autobús impensables si quiero pasar un tiempo decente en la capital de Alemania, además de que nadie quería acompañarme...) intenté buscar un plan B para hacer esos días. La idea de quedarme en casa teniendo tanto por descubrir me parecía absurda y en un principio pensé viajar por la región y volver a casa a dormir. Pero claro, un viaje a la ciudad de al lado lo puedo hacer cualquier fin de semana (que al final, seguro que con la tontería de "está aquí al lado, lo puedo ver cuando quiera" no lo hago, ya veréis...). 

Al final he decidido hacer un mini intento de inter-rail (que lo único que tiene de inter-rail es el tren, pero ¿a que suena bien?) por la zona del suroeste y aprovechar para visitar una ciudad que para mí tiene mucha historia. No me podía ir de Alemania sin haber estado en la ciudad donde se crió mi padre y donde vivió más de 20 años.

El viaje se quedaría así, aunque está sujeto a modificaciones:
Día 1: Köln - Heidelberg. 
Día 2: Heidelberg - Karlsruhe - Pforzheim
Día 3: Hohenzollern Schloss (?) - Freiburg
Día 4: Freiburg - Köln

Y lo más probable es que lo haga sola. Yo y el mundo. Prefiero no pensarlo que me asusto.

miércoles, 26 de febrero de 2014

¿En serio 6 meses?

Como lo leéis. Seis meses ya desde que aterricé en el aeropuerto Cologne-Bonn con una maleta llena de ropa y una cabeza llena de ideas desordenadas. ¿Me adaptaré bien? ¿Me entenderé? ¿Me entenderán? ¿Me llevaré bien con los niños? ¿Me moriré de hambre?¿Me estarán esperando de verdad, o ha sido todo una broma?
Todavía recuerdo ese primer día, la primera mañana, el primer despertar. Casi casi como si fuera ayer. Cuando conocí a mis monstruítos rubios de ojos azules, sus miradas de emoción y algo de vergüenza (sobre todo en mi Mellizo 1 que, a día de hoy, es el niño de mis ojos). Me acuerdo de cuando el Mellizo 2 me dijo "estarás con nosotros un año entero". Fue como un jarro de agua fría. Claro que sabía que venía para tanto tiempo, pero enfrentarme a ello cara a cara... Eso fue otro cantar. Y yo, que soy la reina de las preguntas sin respuestas, no podía dejar de pensar en lo que pasaría si la rutina de aquí no me gustaba, el trabajo, los niños, el idioma... ¿Cómo podría aguantar un año haciendo algo que no me gustaba? ¿De verdad merecía la pena tanto esfuerzo?

Pero, consciente de que hablaban los nervios, hice de tripas corazón y empecé a vivir mi nueva vida. Lejos de los exámenes, los trabajos, las clases y los profesores. Lejos de todo sobre lo que, hasta el momento, había girado mi vida entera desde que tenía memoria.
Y no fue fácil. El olor de una casa nueva tan diferente y "hostil", la incomodidad de hacer mi día a día en un entorno diferente, la vergüenza de no saber dónde estaba mi lugar, la frustración de no poder expresarme como debería... 
Es lo que pasa con este tipo de aventuras. Te lo puedes plantear de mil maneras en tu cabeza, llevar mil planes, mil ideas, mil formas de hacer esto o lo otro. Puedes estar totalmente convencida de tu decisión, ser optimista a más no poder. Pero a la hora de la verdad... ¡Ay! Una no puede evitar pensar ¿dónde me he metido?

Han sido seis meses interminables y rápidos a la vez. Rápidos por los buenos momentos e interminables por los malos (de los que, desgraciadamente, ha habido unos cuantos). Siempre supe que me costaría adaptarme, encontrar un hueco en este nuevo mundo. Pero fueron tres meses de adaptación que casi acabaron conmigo. Tres meses de desganas, de malas caras, de mal humor, de días malos y días peores. No me planteé dejarlo todo y volver a casa porque siempre supe que el problema no era de la familia, sino mío. Y a día de hoy sigo pensando que otra familia no hubiera solucionado esos problemas. Y desde luego volver a España mucho menos.

Y al final, un día, al borde de la desesperación, de haber hecho de enfermera semanas y semanas hasta la extenuación, de vivir con la permanente sensación de perderme algo, de que me dejaba algo, un agobio de pensar que todo lo que hacía, decía o incluso pensaba era incorrecto... me desperté con un hueco, con esperanza, con ilusión. No me preguntéis como pasó porque todavía no le encuentro explicación. Supongo que fue la llegada de las navidades. Pensar que volvería a casa, con los míos, mi familia, mis amigos (o al menos lo que quedaba de ellos después de tres meses fuera) me abrió la puerta a pensar que, al volver, todo podría cambiar y ser diferente. O que, por lo menos, me esforzaría por intentarlo. ¿Curioso, verdad?

Y ¿qué puedo decir de mi vida hoy, seis meses después? No me puedo quejar. Y no es que no me queje, que me quejo, pero no puede ser más diferente a la del año pasado. Es inevitable tener algún día que otro malo, con la cabeza llena de pájaros y la mente más allá que acá. Pero por lo general, me siento muy optimista. 

¿Qué cosas me siguen pasando después de medio año en tierras alemanas?
Seis meses es un periodo considerable, pero todavía hay cosas que me pasan como si de la primera semana se tratase. Por ejemplo, me sigo despertando desorientada. Cuando suena el despertador por las mañanas, los primeros diez segundos son de caos total de "¿dónde estoy?".
Mis niños me siguen odiando por la mañana. Y lo comprendo. Toda la vida he odiado a mi madre por despertarme para ir al colegio, como mínimo los primeros 10 minutos del día. Qué ingenua era yo al pensar que los "déjame en paz" y los "no enciendas la luz y vete" durarían solo unas semanas. Eso sí, no puedo evitar perdonárselo todo cuando bajan a desayunar con una sonrisa de oreja a oreja y un "buenos días" que alegraría a cualquiera.
Aún así, sigo teniendo muchas peleas con estos bichos. Y es que, como alguna vez he asumido en este blog, yo no había cuidado de un crío en mi vida, o por lo menos el tiempo suficiente para entender la importancia de una colleja bien dada (algo que por cierto está prohibidísimo y, en mi opinión, quitaría muchas tonterías). Y claro, como una tonta pensé que eso sería solo al principio, hasta que aprendieran a "respetarme". JA. Si en el párrafo de antes he dicho que muchas mañanas llegan a la cocina con una sonrisa, no son pocas las que llegan con cara de pocos amigos, pidiendo guerra desde el momento que entran por la puerta y se niegan a plantar su bonito plato de plástico en la mesa. Niño con ganas de pelea + au pair recién levantada y sin un café en el cuerpo. Ya os podréis imaginar el resultado.

Y podría seguir contando cosas, pero las dejaré para otro día.
Eso sí, no todo es tan negativo o, por lo menos, ya  no soy tan novata.
Mi alemán patatero ha evolucionado a un alemán no tan patatero pero muy lejos de ser "perfecto". Pero oye, poco a poco, todavía me quedan seis meses más para seguir practicando. ¡Por cierto! Ya casi me he adaptado a la forma de hablar de mi HD, y casi casi entiendo todo lo que dice.

Además ya no me pierdo, ni en Colonia ni en Brühl. De hecho, ya no llevo los planos de las ciudades como un accesorio más en mi bolso. Más o menos me oriento en ambas ciudades y hasta sé indicar a otra persona cómo llegar a otro sitio. Que no tiene mucho mérito porque me muevo siempre por las mismas zonas, pero aquí lo dejo.

Esta entrada tiene un aroma a despedida. O por lo menos es la sensación que me da ahora al releerla y quitar burradas. Aunque bien pensado sí que es una despedida. Digo adiós a los meses más tristes, a sentirme perdida y desorientada. Eso ya queda para el recuerdo.

Foto de familia ;)


¡Cómo iba a olvidarme de ellos! Nuestras frutas tropicales: Kiwi y Mango

lunes, 13 de enero de 2014

Sobreviviendo

¡Hola, hola caritas lindas! ¿Qué tal la vuelta a “casa” después de las fiestas? Yo bien podría haberme ahorrado el vuelo de vuelta porque entre los turrones, los mazapanes, los dulces en general y la comida ilimitada podría haber vuelto a Alemania rodando.

Hoy hace una semana y poco que salí de nuevo de mi casa rumbo al aeropuerto Colonia-Bonn. Pero esta vez fue todo muy diferente. Y no para bien, sino totalmente al contrario. Pero como siempre, empezaré desde el principio de los tiempos.
Después de casi cuatro meses de niños, peleas, abrazos, recoger juguetes, más peleas y más abrazos fue una completa maravilla volver a casa, donde la responsabilidad más grande que tenía era hacer la cama por las mañanas (y a veces ni eso). Cada vez que me preguntaban que qué tal (además de las famosas preguntas impertinentes como “ya hablarás alemán perfectamente, ¿no?”, “¿allí de verdad son todos ricos?” y otras genialidades por el estilo) no se me ocurría una respuesta negativa. Siempre añadía la muletilla de “hombre, no es fácil tratar todo día con niños, pero...”. Y es que, como siempre pasa, nos olvidamos de los malos momentos y recordamos solos los buenos. Tenía muchos planes y muy buenas intenciones para este nuevo año y os puedo asegurar que realmente tenía muchas ganas de volver. Hasta el día antes de coger el avión. El último día allí fue bastante “raro”. Quizá porque era la primera vez en mi vida que iba a mi casa solo por unos días para luego regresar a otro lugar, quizá porque tenía la sensación de dejar allí algo importante... No sé qué pasó, pero los nervios invadieron mi estómago y mi cabeza y esa noche no pude pegar ojo. Al día siguiente las cosas no fueron mucho mejor. Mi vuelo salía el viernes a las 8 de la mañana y llegué al aeropuerto a las 7 y cuarto. Yo me obsesioné con que eso era muy tarde, que no iba a coger el vuelo y que lo perdería, que me cerrarían la puerta en las narices. A eso se sumó que mi padre, que se había ido a aparcar, no aparecía. El tiempo pasaba, todavía tenía que pasar el control, el Dutyfree y llegar a la puerta, pero ¿cómo me iba a ir sin despedirme de mi padre? Al final apareció, semicorriendo por el aeropuerto justo a tiempo para un abrazo y un “mach's gut” (llamadme sensible si querés, pero yo no me podía ir sin despedirme de mi papá). Pero yo ya tenía en mente que perdería el avión (ideas que se le meten a una en la cabeza y, oye, no hay manera de quitárselas de encima). En el control no había cola y pasé sin problemas, después el maldito Dutyfree (no sé si alguien ha volado alguna vez desde Alicante, pero el que hay allí es ENORME y tienes que atravesarlo todo todo antes de llegar a las puertas de embarque) y cuando pensaba que ya estaba todo, que tenía tiempo de llegar al avión y relajarme... ¡Horror! Había perdido la tarjeta de embarque. Fue como una aparición, me paré en medio del pasillo de golpe, como si supiera que no lo llevaba. Me toqué los bolsillos y, efectivamente, no estaba. Dejé la maleta a la cajera del Dutyfree para ir mas rápido (que por cierto, me dijo muy amablemente que ella no se responsabilizaba de nada si la robaban) y deshice todo el camino andado a la carrera hasta el control de seguridad en busca de un papel blanco tirado en el suelo. En ese momento me odié a mí misma por haber tenido la maravillosa idea de ponerme para el viaje unos botines con tacón que hacían que al correr fuera más lenta que al andar (en serio, para viajar siempre SIEMPRE calzado cómodo, que nunca se sabe cuando te tendrás que pegar un sprint olímpico). Y cuando volví al control, allí estaba, justo al lado de donde había recogido mis cosas, dobladita y abandonada. Me tiré prácticamente en picado hacia ella, casi con lágrimas en los ojos y volví a recoger mi maleta. Corrí a la puerta de embarque convencidísima de que, a pesar de que todavía quedaban 20 minutos para el despegue había perdido el avión. Y justo entonces acababan de abrir la puerta. “Bueno, ya había pasado todo”, pensaréis. Pues no. Yo soy una persona a la que le encanta autotorturarse, así que en cuanto me senté en el avión mi cabeza empezó una y otra vez a recrear la escena de la tarjeta: qué hubiera pasado si no la hubiera encontrado, si alguien la hubiera cogido, si la señora de la limpieza la hubiera tirado, si al volver alguien me hubiera robado la maleta... Menos mal que al poco de despegar me dormí y me desperté justo para aterrizar (y sí, soñé con la maldita tarjeta de embarque que desde entonces llevo como marca de guerra en la cartera).

Una vez en tierras germanas estaban esperándome mi HM con los niños, que enseguida comenzaron con la avalancha de juguetes que habían recibido estas navidades, que si esto, y que si lo otro. Llegamos a la casa y se marcharon a la zapatería para darme tiempo a deshacer la maleta. Y ahí se me cayó el mundo. Me puse a llorar desconsoladamente, quería volver a mi casa, no me imaginaba como iba a pasar otros cuatro meses allí con unos niños que en ese momento me parecían el mismísimo demonio reencarnado y en una casa más fría que el Polo Norte. Y así pasé el fin de semana. Agobiada, nerviosa, casi sin probar bocado y con la idea siempre constante de coger un avión, meterme en mi cama y no salir hasta primavera. A día de hoy sigo sin entender ese malestar, porque tenía muchas razones para volver, muchos planes... Me agobió todavía más pensar que iba a pasar así una larga temporada y que esto sería insoportable. Ya sabéis, la pelota mental que se va haciendo cada vez más y más grande.
Pero no os preocupéis, que esto tiene final feliz. El lunes fue un asco de día, vuelta a madrugar (cosa que odio), vuelta a despertar a los niños (cosa que odio), vuelta al desayuno, a llevarlos a la guardería... Era como si todo lo que no me gustara de estar aquí se hubiera concentrado, como si los niños me irritaran más que nunca, como si mi paciencia fuera inexistente y mi buen humor se hubiera quedado en España tomando el sol. Pero al día siguiente cambió todo. No oí el “click” pero seguro que en mi cabeza se pulsó un interruptor. Y desde entonces estoy bastante contenta. Los niños me siguen irritando de vez en cuando, he tenido un par de “problemillas” con mi HD (que contaré en otra entrada) y me he enfadado un par de veces, pero ya no tengo esa sensación de vacío y de abandonar inmediatamente. Eso sí, estoy deseando que empiecen las clases (que empezarán en febrero, por cierto) para empezar otra vez con mi rutina y que las semanas vayan pasando.

Esta pequeña depresión post-vacacional me pilló totalmente por sorpresa. Nunca había leído (ni por supuesto experimentado) que la vuelta al trabajo fuera tan... Dura. Me pareció mentira que en esos momentos hasta lo que no me gustaba de mi casa me pareciera el paraíso mientras que aquí se intensificaran las cosas más negativas. Si alguien ha pasado por esto sabrá que es un momento muy desconcertante porque no hay forma de ver nada positivo y aunque sacas a la luz la lista de razones por las que estás aquí, no sirven de nada. Solo quieres volver y que te mimen y no enfrentarte cada día a peleas por los juguetes y a rabietas infantiles.

Hay dos formas de tomarse esto, la buena o la mala. Si eliges la primera opción aprenderás, disfrutarás y aunque también pasarás momentos malos, volverás a casa recordando lo bueno, con una sonrisa en la cara cada vez que te acuerdes. Si eliges la segunda opción, morirás en el intento, los días serán insufribles e interminables y volverás a casa con un mal recuerdo y habiendo desperdiciado un año de tu vida.


¡Ah! ¿Os conté que me había apuntado al gimnasio? Pues contra todo pronóstico ha ido casi todos los días y estoy sobreviviendo. Me siento muy orgullosa de mí misma.

sábado, 14 de diciembre de 2013

Vuelve, a casa vuelve, por Navidad

Puedo resumir los meses de noviembre y diciembre en una palabra: enfermera. Eso es lo que he sido estas últimas semanas, literalmente. 
En noviembre, uno de los pequeños se puso enfermo y me tuve que quedar con él prácticamente toda la semana (menos un día se que se lo llevó la abuela). Si habéis cuidado a niños os podréis imaginar el desgaste psicológico que esto supone. No solo tienes que quedarte en casa "y ya está". No. Tienes que estar con él, jugar con él, preguntarle constantemente si tiene hambre o sed, medirle la temperatura y sobre todo, acostumbrarte a ser el objetivo de sus rabietas: que si el termómetro está muy frío, que si la tostada lleva mucha mantequilla, que si los macarrones están muy calientes y 5 segundos después están frios... Y aunque llegué al punto de querer extrangularle, en estas situaciones hay que tener kilos y kilos de paciencia. Y es que el niño que está enfermo, y con enfermo me refiero a una fiebre infernal, temblores, pocas o nulas ganas de comer y otros síntomas que, a mi en algunos casos, llegaron a desbordarme, por ejemplo cuando la fiebre le subió a  más de 40º, no tiene otra forma de demostrarlo que llorando por todo y quejándose por todo (que, dicho sea de paso, no dista mucho de lo que hacen algunos adultos). Todo esto  formó un cóctel explosivo que desembocó en un niño llorando por una mezcla de dolor y aburrimiento y una au pair buscando desesperadamente algo con lo que entretenerlo. Pero no había nada porque, evidentemente, un niño con 40º de fiebre no quiere jugar a nada, ni hacer nada. Simplemente esperaba que chasqueara los dedos y se les pasara el dolor. Ya os podéis imaginar el cuadro. En esos momento recurrí a los recuerdos de mi infancia intentando buscar ayuda. ¿Qué hacía mi abuela cuando estaba tan enferma que no me podía levantar? Ponerme la tele. Parece la típica solución de "niño, ponte a ver la tele y déjame en paz", pero puedo asegurar que en esos momentos el niño lo necesita. Necesita algo con lo que entretenerse, dejar de pensar en los virus que le están recorriendo el cuerpo y, mientras tanto, poder estar tumbado o sentado tranquilamente. Más de una vez se me pasó la idea por la cabeza, lo reconozco, pero aquí la tele es un aparato demoníaco que capta las almas de los niños y los condena al fuego eterno. Así que nada de tele y mucha paciencia. 
Después de una semana con este panorama, llegó mi deseadísimo fin de semana. Lo NECESITABA, con letras mayúsculas y todo. Un día más así y no sé que hubiera sido de mí. Pero, inocente de mí, no me paré a pensar que los mellizos son unos envidiosos y todo lo que tiene uno lo tiene el otro. Así que la semana siguiente se puso enfermo el pequeño número 2 y vuelta a empezar (para más información, volver a leer desde línea 3). Además, este fue más difícil porque si bien es verdad que la tele está condenada el primero se entretenía mucho con los audiolibros, es decir, libros leídos en voz alta. Eso me dejaba un par de horas al día para hacer cosas tan necesarias como ducharme o recoger la cocina. Pero el pequeño número 2 no. Y lo entiendo, eso de escuchar así porque sí sin tener un punto al que mirar, a mí también me aburre (o mejor dicho, me entra sueño).

Milagrosamente, sobreviví a esas dos semanas sin muchas secuelas. Pero no os penséis que ahí se quedó la cosa, ni mucho menos. Después de una semana de tranquilidad absoluta, el pequeño 1 (qué difícil es diferenciar a los mellizos sin decir sus nombres, como no puedo decir "el mayor" o "el pequeño") se puso enfermo del estómago. Y nada, otra vez en casa y otra vez de enfermera, aunque esta vez solo fueron un par de días. Y, como ya habréis adivinado, luego se puso malo el otro y vuelta a empezar. Pero esto todavía no ha terminado. Al pequeño 1 le operaron la semana pasada (nació con problemas de espalda y necesita ser operado cada X meses), y esta semana se ha quedado en casa porque todavía lleva los puntos y no se sentía seguro al ir a la guardería. Por lo menos esta semana, dado que no está "enfermo" hemos estado jugando, decorando velas, escuchando villancicos (una y otra vez, el mismo CD de villancicos, UNA Y OTRA VEZ), jugando... Ha sido más ameno para los dos, y eso se agradece.  

Semana a semana hemos llegado, sin darme prácticamente cuenta, a los últimos días aquí antes de volver a casa después de casi cuatro meses. ¡Cómo pasa el tiempo!

Anécdotas y cosas a destacar de estos días:

Rompí un bol y me llamaron rompeboles. Hace una semana, estaba fregando un bol cuando se me resbaló de las manos, se cayó al fregadero y se rompió en cuatro trozos. Lo primero que pensé fue: qué golpe más tonto. Os puedo asegurar que la distancia desde la que cayó fueron unos 10 centímetros, más o menos. Como era un bol blanco, normal y corriente del  Ikea (vamos, que no tenía pinta de reliquia familia), no le di más importancia. Lo dejé a un lado para que el padre lo tirara en el cubo correspondiente (mis conocimientos de reciclaje no llegan a "porcelana" o similares) y ya está. Bueno, pues poco después el padre me preguntó que qué había pasado. Le expliqué lo ocurrido y me olvidé del tema. Pero a los dos días volvió a preguntarme. Mi cara fue como ¿eing? Me preguntó si es que el bol estaba frío y el agua caliente y que por el contraste de temperaturas se podía romper. Le dije que sí, que eso ya lo sabía (oye, que seré española, pero hasta ahí llegan mis conocimientos escolares), pero que simplemente se me había resbalado. Pues nada, ahora cada vez que friego algo y hago un ruido más fuerte de lo normal (un golpe, un algo) pregunta alarmado: ¿se ha roto? Me está entrando un complejo de Eduardo Manostijeras digno de psicólogo.

Los niños y las cenas. La semana que el pequeño 1 estuvo en el hospital, tuve que hacer la cena para el pequeño 2. Como aquí son muy de comer sano, el primer día le hice un sofrito de verduritas (que quede claro que era uno de mis platos favoritos de pequeña) que, no es porque lo cocinara yo, pero me quedó de cásting de MasterChef. Pues el pequeño 2 llegó a la mesa, lo vio, dijo que no le gustaba y no probó bocado. El padre, que estaba delante, tampoco le insistió mucho. Y ahí me quedé yo, cenando en silencio mientras el chiquillo se comía directamente el postre.Y ya que estoy, voy a aprovechar este párrafo para quejarme abiertamente. Mi HM cocina de lujo y además platos que no son "típicos" (mucha comida oriental, italiana, incluso algo ruso). Y los niños se lo comen. Bueno, pues cuando yo cocino arroz con salsa de tomate (casera, hecha por mí) o verduritas, no les gusta. Y ni si quiera lo prueban. Supongo que los padres darán por hecho que no he cogido una sartén en mi vida cuando a mí me encanta cocinar. Así que a partir de ahora voy a "cocinar" lo que sé que les gusta y dejo de complicarme la vida: macarrones con salsa al pesto (de bote, por supuesto), palitos de merluza, crepes y cuatro congelados al horno.

Amor infinito a los mercadillos de navidad. Los adoro. Me declaro fan incondicional. En Colonia hay más de 15, aunque no he tenido la oportunidad de ver más de 4. Aun así, el ambiente, los olores, los puestos, me encantan. Menos mal que vuelvo a casa la semana que viene, porque si no mi sueldo íntegro se quedaría en los puestos de comida. Y es que, con el lema "no me voy de aquí sin probar esto", no hay quien  ahorre y muchísimo menos, quien haga dieta. 

Weinachtsmarkt am Dom

Brühler Weinachstmarkt

Weinachtsmarkt auf Neumarkt
Aachner Weinachtsmarkt


Adventskalender y Sankt Nikolaus. Sé que hace dos entradas echaba pestes de mi HF, pero ahora las cosas van bastante mejor. Por lo menos ya no tengo la sensación de que la estoy cagando cada dos por tres. Y, en estas fechas tan señaladas, no se han olvidado de mí. Lo primero es el Adventskalender (calendario de Adviento, para entendernos). Yo siempre había visto el típico con sus ventanitas y su chocolatina dentro, pero esto está muy visto y mi HM tiene preparado uno más especial y personal que no solo tiene chocolatinas y ositos Haribo, sino pulseras, cosillas para el pelo... Un encanto.
Aunque no se ve bien, son como saquitos con forma de estrella

Y, por supuesto, Sankt Nikolaus no se olvidó de mí. Y eso que se me olvidó poner las botas en la puerta.



Ahora estoy con los planes para el próximo trimestre (ya veis, me he vuelto así de alemana en lo que a la previsión se refiere). 
Ya me he apuntado al gimnasio para empezar el año que viene. Seguro que en vuestra clase del colegio/instituto había una chica o chico que le pasaba de todo en las clases de gimnasia: golpes, caídas, intuición nula para chutar la pelota... Yo soy de ese grupo. No por falta de ganas, sino porque nací con un sentido inexistente para el deporte. Pero claro, entre las delicias que cocina mi HM, la comida basura que ingiero cada vez que salgo y los dulces me están pasando factura y no quiero tener que reservar un asiento especial en el avión de vuelta a casa. Así que un día hablé conmigo misma y asumí y que, aunque no es santo de mi devoción, ahora que tengo la oportunidad, el tiempo y el dinero, voy a aprovecharlo. De esa manera el tiempo se me pasará más rápido, será todo más ameno y no volveré a casa pareciendo un elefante. Todo positivo.
Y ahora llega el momento encuesta. Estoy consultando los cursos para el año que viene y he encontrado uno de C1 por las mañanas en Colonia. Pero también hay otro de B2 en Brühl. El curso que hice este trimestre fue un B2.2, por lo que se supone que debería coger el C1. Pero, siendo sincera, no quiero meterme en un C1 cuando sé que todavía me quedan muchas cosas por aprender y que no tengo un B2 totalmente "consolidado", por lo que me inclino más por el curso en Brühl. Sin embargo, hacer el curso en Colonia podría ampliar mis opciones de conocer a otras au pairs por la zona, aunque visto lo visto, no me parece una apuesta muy segura... Si hay por ahí algún alma caritativa que quiera echarme una mano, estaré encantada de leer consejos y recomendaciones.

Y esto ha sido todo. Estoy deseando volver a casa y poder salir a desayunar en pijama, dormir en mi cama, ver series on line, descargarme nueva música y libros (tanta legalidad me está matando xD).
No sé si volveré a actualizar antes de Año Nuevo, por eso espero que las que os vayáis a casa como yo disfrutéis de las fiestas, los villancicos, el jamón serrano y la ensaladilla rusa (¡cómo la echo de menos!) y a las que os quedáis, espero que viváis las Navidades extranjeras y que los Reyes Magos no se olviden de vosotras, aunque esteis lejos de casa.

¡Un besito, caritas lindas! 

¿Quieres saber más?

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