Puedo resumir los meses de noviembre y diciembre en una palabra: enfermera. Eso es lo que he sido estas últimas semanas, literalmente.
En noviembre, uno de los pequeños se puso enfermo y me tuve que quedar con él prácticamente toda la semana (menos un día se que se lo llevó la abuela). Si habéis cuidado a niños os podréis imaginar el desgaste psicológico que esto supone. No solo tienes que quedarte en casa "y ya está". No. Tienes que estar con él, jugar con él, preguntarle constantemente si tiene hambre o sed, medirle la temperatura y sobre todo, acostumbrarte a ser el objetivo de sus rabietas: que si el termómetro está muy frío, que si la tostada lleva mucha mantequilla, que si los macarrones están muy calientes y 5 segundos después están frios... Y aunque llegué al punto de querer extrangularle, en estas situaciones hay que tener kilos y kilos de paciencia. Y es que el niño que está enfermo, y con enfermo me refiero a una fiebre infernal, temblores, pocas o nulas ganas de comer y otros síntomas que, a mi en algunos casos, llegaron a desbordarme, por ejemplo cuando la fiebre le subió a más de 40º, no tiene otra forma de demostrarlo que llorando por todo y quejándose por todo (que, dicho sea de paso, no dista mucho de lo que hacen algunos adultos). Todo esto formó un cóctel explosivo que desembocó en un niño llorando por una mezcla de dolor y aburrimiento y una au pair buscando desesperadamente algo con lo que entretenerlo. Pero no había nada porque, evidentemente, un niño con 40º de fiebre no quiere jugar a nada, ni hacer nada. Simplemente esperaba que chasqueara los dedos y se les pasara el dolor. Ya os podéis imaginar el cuadro. En esos momento recurrí a los recuerdos de mi infancia intentando buscar ayuda. ¿Qué hacía mi abuela cuando estaba tan enferma que no me podía levantar? Ponerme la tele. Parece la típica solución de "niño, ponte a ver la tele y déjame en paz", pero puedo asegurar que en esos momentos el niño lo necesita. Necesita algo con lo que entretenerse, dejar de pensar en los virus que le están recorriendo el cuerpo y, mientras tanto, poder estar tumbado o sentado tranquilamente. Más de una vez se me pasó la idea por la cabeza, lo reconozco, pero aquí la tele es un aparato demoníaco que capta las almas de los niños y los condena al fuego eterno. Así que nada de tele y mucha paciencia.
Después de una semana con este panorama, llegó mi deseadísimo fin de semana. Lo NECESITABA, con letras mayúsculas y todo. Un día más así y no sé que hubiera sido de mí. Pero, inocente de mí, no me paré a pensar que los mellizos son unos envidiosos y todo lo que tiene uno lo tiene el otro. Así que la semana siguiente se puso enfermo el pequeño número 2 y vuelta a empezar (para más información, volver a leer desde línea 3). Además, este fue más difícil porque si bien es verdad que la tele está condenada el primero se entretenía mucho con los audiolibros, es decir, libros leídos en voz alta. Eso me dejaba un par de horas al día para hacer cosas tan necesarias como ducharme o recoger la cocina. Pero el pequeño número 2 no. Y lo entiendo, eso de escuchar así porque sí sin tener un punto al que mirar, a mí también me aburre (o mejor dicho, me entra sueño).
Milagrosamente, sobreviví a esas dos semanas sin muchas secuelas. Pero no os penséis que ahí se quedó la cosa, ni mucho menos. Después de una semana de tranquilidad absoluta, el pequeño 1 (qué difícil es diferenciar a los mellizos sin decir sus nombres, como no puedo decir "el mayor" o "el pequeño") se puso enfermo del estómago. Y nada, otra vez en casa y otra vez de enfermera, aunque esta vez solo fueron un par de días. Y, como ya habréis adivinado, luego se puso malo el otro y vuelta a empezar. Pero esto todavía no ha terminado. Al pequeño 1 le operaron la semana pasada (nació con problemas de espalda y necesita ser operado cada X meses), y esta semana se ha quedado en casa porque todavía lleva los puntos y no se sentía seguro al ir a la guardería. Por lo menos esta semana, dado que no está "enfermo" hemos estado jugando, decorando velas, escuchando villancicos (una y otra vez, el mismo CD de villancicos, UNA Y OTRA VEZ), jugando... Ha sido más ameno para los dos, y eso se agradece.
Semana a semana hemos llegado, sin darme prácticamente cuenta, a los últimos días aquí antes de volver a casa después de casi cuatro meses. ¡Cómo pasa el tiempo!
Anécdotas y cosas a destacar de estos días:
Rompí un bol y me llamaron rompeboles. Hace una semana, estaba fregando un bol cuando se me resbaló de las manos, se cayó al fregadero y se rompió en cuatro trozos. Lo primero que pensé fue: qué golpe más tonto. Os puedo asegurar que la distancia desde la que cayó fueron unos 10 centímetros, más o menos. Como era un bol blanco, normal y corriente del Ikea (vamos, que no tenía pinta de reliquia familia), no le di más importancia. Lo dejé a un lado para que el padre lo tirara en el cubo correspondiente (mis conocimientos de reciclaje no llegan a "porcelana" o similares) y ya está. Bueno, pues poco después el padre me preguntó que qué había pasado. Le expliqué lo ocurrido y me olvidé del tema. Pero a los dos días volvió a preguntarme. Mi cara fue como ¿eing? Me preguntó si es que el bol estaba frío y el agua caliente y que por el contraste de temperaturas se podía romper. Le dije que sí, que eso ya lo sabía (oye, que seré española, pero hasta ahí llegan mis conocimientos escolares), pero que simplemente se me había resbalado. Pues nada, ahora cada vez que friego algo y hago un ruido más fuerte de lo normal (un golpe, un algo) pregunta alarmado: ¿se ha roto? Me está entrando un complejo de Eduardo Manostijeras digno de psicólogo.
Los niños y las cenas. La semana que el pequeño 1 estuvo en el hospital, tuve que hacer la cena para el pequeño 2. Como aquí son muy de comer sano, el primer día le hice un sofrito de verduritas (que quede claro que era uno de mis platos favoritos de pequeña) que, no es porque lo cocinara yo, pero me quedó de cásting de MasterChef. Pues el pequeño 2 llegó a la mesa, lo vio, dijo que no le gustaba y no probó bocado. El padre, que estaba delante, tampoco le insistió mucho. Y ahí me quedé yo, cenando en silencio mientras el chiquillo se comía directamente el postre.Y ya que estoy, voy a aprovechar este párrafo para quejarme abiertamente. Mi HM cocina de lujo y además platos que no son "típicos" (mucha comida oriental, italiana, incluso algo ruso). Y los niños se lo comen. Bueno, pues cuando yo cocino arroz con salsa de tomate (casera, hecha por mí) o verduritas, no les gusta. Y ni si quiera lo prueban. Supongo que los padres darán por hecho que no he cogido una sartén en mi vida cuando a mí me encanta cocinar. Así que a partir de ahora voy a "cocinar" lo que sé que les gusta y dejo de complicarme la vida: macarrones con salsa al pesto (de bote, por supuesto), palitos de merluza, crepes y cuatro congelados al horno.
Amor infinito a los mercadillos de navidad. Los adoro. Me declaro fan incondicional. En Colonia hay más de 15, aunque no he tenido la oportunidad de ver más de 4. Aun así, el ambiente, los olores, los puestos, me encantan. Menos mal que vuelvo a casa la semana que viene, porque si no mi sueldo íntegro se quedaría en los puestos de comida. Y es que, con el lema "no me voy de aquí sin probar esto", no hay quien ahorre y muchísimo menos, quien haga dieta.
| Weinachtsmarkt am Dom |
| Brühler Weinachstmarkt |
| Weinachtsmarkt auf Neumarkt |
| Aachner Weinachtsmarkt |
Adventskalender y Sankt Nikolaus. Sé que hace dos entradas echaba pestes de mi HF, pero ahora las cosas van bastante mejor. Por lo menos ya no tengo la sensación de que la estoy cagando cada dos por tres. Y, en estas fechas tan señaladas, no se han olvidado de mí. Lo primero es el Adventskalender (calendario de Adviento, para entendernos). Yo siempre había visto el típico con sus ventanitas y su chocolatina dentro, pero esto está muy visto y mi HM tiene preparado uno más especial y personal que no solo tiene chocolatinas y ositos Haribo, sino pulseras, cosillas para el pelo... Un encanto.
| Aunque no se ve bien, son como saquitos con forma de estrella |
Y, por supuesto, Sankt Nikolaus no se olvidó de mí. Y eso que se me olvidó poner las botas en la puerta.
Ahora estoy con los planes para el próximo trimestre (ya veis, me he vuelto así de alemana en lo que a la previsión se refiere).
Ya me he apuntado al gimnasio para empezar el año que viene. Seguro que en vuestra clase del colegio/instituto había una chica o chico que le pasaba de todo en las clases de gimnasia: golpes, caídas, intuición nula para chutar la pelota... Yo soy de ese grupo. No por falta de ganas, sino porque nací con un sentido inexistente para el deporte. Pero claro, entre las delicias que cocina mi HM, la comida basura que ingiero cada vez que salgo y los dulces me están pasando factura y no quiero tener que reservar un asiento especial en el avión de vuelta a casa. Así que un día hablé conmigo misma y asumí y que, aunque no es santo de mi devoción, ahora que tengo la oportunidad, el tiempo y el dinero, voy a aprovecharlo. De esa manera el tiempo se me pasará más rápido, será todo más ameno y no volveré a casa pareciendo un elefante. Todo positivo.
Y ahora llega el momento encuesta. Estoy consultando los cursos para el año que viene y he encontrado uno de C1 por las mañanas en Colonia. Pero también hay otro de B2 en Brühl. El curso que hice este trimestre fue un B2.2, por lo que se supone que debería coger el C1. Pero, siendo sincera, no quiero meterme en un C1 cuando sé que todavía me quedan muchas cosas por aprender y que no tengo un B2 totalmente "consolidado", por lo que me inclino más por el curso en Brühl. Sin embargo, hacer el curso en Colonia podría ampliar mis opciones de conocer a otras au pairs por la zona, aunque visto lo visto, no me parece una apuesta muy segura... Si hay por ahí algún alma caritativa que quiera echarme una mano, estaré encantada de leer consejos y recomendaciones.
Y esto ha sido todo. Estoy deseando volver a casa y poder salir a desayunar en pijama, dormir en mi cama, ver series on line, descargarme nueva música y libros (tanta legalidad me está matando xD).
No sé si volveré a actualizar antes de Año Nuevo, por eso espero que las que os vayáis a casa como yo disfrutéis de las fiestas, los villancicos, el jamón serrano y la ensaladilla rusa (¡cómo la echo de menos!) y a las que os quedáis, espero que viváis las Navidades extranjeras y que los Reyes Magos no se olviden de vosotras, aunque esteis lejos de casa.
¡Un besito, caritas lindas!


