sábado, 14 de diciembre de 2013

Vuelve, a casa vuelve, por Navidad

Puedo resumir los meses de noviembre y diciembre en una palabra: enfermera. Eso es lo que he sido estas últimas semanas, literalmente. 
En noviembre, uno de los pequeños se puso enfermo y me tuve que quedar con él prácticamente toda la semana (menos un día se que se lo llevó la abuela). Si habéis cuidado a niños os podréis imaginar el desgaste psicológico que esto supone. No solo tienes que quedarte en casa "y ya está". No. Tienes que estar con él, jugar con él, preguntarle constantemente si tiene hambre o sed, medirle la temperatura y sobre todo, acostumbrarte a ser el objetivo de sus rabietas: que si el termómetro está muy frío, que si la tostada lleva mucha mantequilla, que si los macarrones están muy calientes y 5 segundos después están frios... Y aunque llegué al punto de querer extrangularle, en estas situaciones hay que tener kilos y kilos de paciencia. Y es que el niño que está enfermo, y con enfermo me refiero a una fiebre infernal, temblores, pocas o nulas ganas de comer y otros síntomas que, a mi en algunos casos, llegaron a desbordarme, por ejemplo cuando la fiebre le subió a  más de 40º, no tiene otra forma de demostrarlo que llorando por todo y quejándose por todo (que, dicho sea de paso, no dista mucho de lo que hacen algunos adultos). Todo esto  formó un cóctel explosivo que desembocó en un niño llorando por una mezcla de dolor y aburrimiento y una au pair buscando desesperadamente algo con lo que entretenerlo. Pero no había nada porque, evidentemente, un niño con 40º de fiebre no quiere jugar a nada, ni hacer nada. Simplemente esperaba que chasqueara los dedos y se les pasara el dolor. Ya os podéis imaginar el cuadro. En esos momento recurrí a los recuerdos de mi infancia intentando buscar ayuda. ¿Qué hacía mi abuela cuando estaba tan enferma que no me podía levantar? Ponerme la tele. Parece la típica solución de "niño, ponte a ver la tele y déjame en paz", pero puedo asegurar que en esos momentos el niño lo necesita. Necesita algo con lo que entretenerse, dejar de pensar en los virus que le están recorriendo el cuerpo y, mientras tanto, poder estar tumbado o sentado tranquilamente. Más de una vez se me pasó la idea por la cabeza, lo reconozco, pero aquí la tele es un aparato demoníaco que capta las almas de los niños y los condena al fuego eterno. Así que nada de tele y mucha paciencia. 
Después de una semana con este panorama, llegó mi deseadísimo fin de semana. Lo NECESITABA, con letras mayúsculas y todo. Un día más así y no sé que hubiera sido de mí. Pero, inocente de mí, no me paré a pensar que los mellizos son unos envidiosos y todo lo que tiene uno lo tiene el otro. Así que la semana siguiente se puso enfermo el pequeño número 2 y vuelta a empezar (para más información, volver a leer desde línea 3). Además, este fue más difícil porque si bien es verdad que la tele está condenada el primero se entretenía mucho con los audiolibros, es decir, libros leídos en voz alta. Eso me dejaba un par de horas al día para hacer cosas tan necesarias como ducharme o recoger la cocina. Pero el pequeño número 2 no. Y lo entiendo, eso de escuchar así porque sí sin tener un punto al que mirar, a mí también me aburre (o mejor dicho, me entra sueño).

Milagrosamente, sobreviví a esas dos semanas sin muchas secuelas. Pero no os penséis que ahí se quedó la cosa, ni mucho menos. Después de una semana de tranquilidad absoluta, el pequeño 1 (qué difícil es diferenciar a los mellizos sin decir sus nombres, como no puedo decir "el mayor" o "el pequeño") se puso enfermo del estómago. Y nada, otra vez en casa y otra vez de enfermera, aunque esta vez solo fueron un par de días. Y, como ya habréis adivinado, luego se puso malo el otro y vuelta a empezar. Pero esto todavía no ha terminado. Al pequeño 1 le operaron la semana pasada (nació con problemas de espalda y necesita ser operado cada X meses), y esta semana se ha quedado en casa porque todavía lleva los puntos y no se sentía seguro al ir a la guardería. Por lo menos esta semana, dado que no está "enfermo" hemos estado jugando, decorando velas, escuchando villancicos (una y otra vez, el mismo CD de villancicos, UNA Y OTRA VEZ), jugando... Ha sido más ameno para los dos, y eso se agradece.  

Semana a semana hemos llegado, sin darme prácticamente cuenta, a los últimos días aquí antes de volver a casa después de casi cuatro meses. ¡Cómo pasa el tiempo!

Anécdotas y cosas a destacar de estos días:

Rompí un bol y me llamaron rompeboles. Hace una semana, estaba fregando un bol cuando se me resbaló de las manos, se cayó al fregadero y se rompió en cuatro trozos. Lo primero que pensé fue: qué golpe más tonto. Os puedo asegurar que la distancia desde la que cayó fueron unos 10 centímetros, más o menos. Como era un bol blanco, normal y corriente del  Ikea (vamos, que no tenía pinta de reliquia familia), no le di más importancia. Lo dejé a un lado para que el padre lo tirara en el cubo correspondiente (mis conocimientos de reciclaje no llegan a "porcelana" o similares) y ya está. Bueno, pues poco después el padre me preguntó que qué había pasado. Le expliqué lo ocurrido y me olvidé del tema. Pero a los dos días volvió a preguntarme. Mi cara fue como ¿eing? Me preguntó si es que el bol estaba frío y el agua caliente y que por el contraste de temperaturas se podía romper. Le dije que sí, que eso ya lo sabía (oye, que seré española, pero hasta ahí llegan mis conocimientos escolares), pero que simplemente se me había resbalado. Pues nada, ahora cada vez que friego algo y hago un ruido más fuerte de lo normal (un golpe, un algo) pregunta alarmado: ¿se ha roto? Me está entrando un complejo de Eduardo Manostijeras digno de psicólogo.

Los niños y las cenas. La semana que el pequeño 1 estuvo en el hospital, tuve que hacer la cena para el pequeño 2. Como aquí son muy de comer sano, el primer día le hice un sofrito de verduritas (que quede claro que era uno de mis platos favoritos de pequeña) que, no es porque lo cocinara yo, pero me quedó de cásting de MasterChef. Pues el pequeño 2 llegó a la mesa, lo vio, dijo que no le gustaba y no probó bocado. El padre, que estaba delante, tampoco le insistió mucho. Y ahí me quedé yo, cenando en silencio mientras el chiquillo se comía directamente el postre.Y ya que estoy, voy a aprovechar este párrafo para quejarme abiertamente. Mi HM cocina de lujo y además platos que no son "típicos" (mucha comida oriental, italiana, incluso algo ruso). Y los niños se lo comen. Bueno, pues cuando yo cocino arroz con salsa de tomate (casera, hecha por mí) o verduritas, no les gusta. Y ni si quiera lo prueban. Supongo que los padres darán por hecho que no he cogido una sartén en mi vida cuando a mí me encanta cocinar. Así que a partir de ahora voy a "cocinar" lo que sé que les gusta y dejo de complicarme la vida: macarrones con salsa al pesto (de bote, por supuesto), palitos de merluza, crepes y cuatro congelados al horno.

Amor infinito a los mercadillos de navidad. Los adoro. Me declaro fan incondicional. En Colonia hay más de 15, aunque no he tenido la oportunidad de ver más de 4. Aun así, el ambiente, los olores, los puestos, me encantan. Menos mal que vuelvo a casa la semana que viene, porque si no mi sueldo íntegro se quedaría en los puestos de comida. Y es que, con el lema "no me voy de aquí sin probar esto", no hay quien  ahorre y muchísimo menos, quien haga dieta. 

Weinachtsmarkt am Dom

Brühler Weinachstmarkt

Weinachtsmarkt auf Neumarkt
Aachner Weinachtsmarkt


Adventskalender y Sankt Nikolaus. Sé que hace dos entradas echaba pestes de mi HF, pero ahora las cosas van bastante mejor. Por lo menos ya no tengo la sensación de que la estoy cagando cada dos por tres. Y, en estas fechas tan señaladas, no se han olvidado de mí. Lo primero es el Adventskalender (calendario de Adviento, para entendernos). Yo siempre había visto el típico con sus ventanitas y su chocolatina dentro, pero esto está muy visto y mi HM tiene preparado uno más especial y personal que no solo tiene chocolatinas y ositos Haribo, sino pulseras, cosillas para el pelo... Un encanto.
Aunque no se ve bien, son como saquitos con forma de estrella

Y, por supuesto, Sankt Nikolaus no se olvidó de mí. Y eso que se me olvidó poner las botas en la puerta.



Ahora estoy con los planes para el próximo trimestre (ya veis, me he vuelto así de alemana en lo que a la previsión se refiere). 
Ya me he apuntado al gimnasio para empezar el año que viene. Seguro que en vuestra clase del colegio/instituto había una chica o chico que le pasaba de todo en las clases de gimnasia: golpes, caídas, intuición nula para chutar la pelota... Yo soy de ese grupo. No por falta de ganas, sino porque nací con un sentido inexistente para el deporte. Pero claro, entre las delicias que cocina mi HM, la comida basura que ingiero cada vez que salgo y los dulces me están pasando factura y no quiero tener que reservar un asiento especial en el avión de vuelta a casa. Así que un día hablé conmigo misma y asumí y que, aunque no es santo de mi devoción, ahora que tengo la oportunidad, el tiempo y el dinero, voy a aprovecharlo. De esa manera el tiempo se me pasará más rápido, será todo más ameno y no volveré a casa pareciendo un elefante. Todo positivo.
Y ahora llega el momento encuesta. Estoy consultando los cursos para el año que viene y he encontrado uno de C1 por las mañanas en Colonia. Pero también hay otro de B2 en Brühl. El curso que hice este trimestre fue un B2.2, por lo que se supone que debería coger el C1. Pero, siendo sincera, no quiero meterme en un C1 cuando sé que todavía me quedan muchas cosas por aprender y que no tengo un B2 totalmente "consolidado", por lo que me inclino más por el curso en Brühl. Sin embargo, hacer el curso en Colonia podría ampliar mis opciones de conocer a otras au pairs por la zona, aunque visto lo visto, no me parece una apuesta muy segura... Si hay por ahí algún alma caritativa que quiera echarme una mano, estaré encantada de leer consejos y recomendaciones.

Y esto ha sido todo. Estoy deseando volver a casa y poder salir a desayunar en pijama, dormir en mi cama, ver series on line, descargarme nueva música y libros (tanta legalidad me está matando xD).
No sé si volveré a actualizar antes de Año Nuevo, por eso espero que las que os vayáis a casa como yo disfrutéis de las fiestas, los villancicos, el jamón serrano y la ensaladilla rusa (¡cómo la echo de menos!) y a las que os quedáis, espero que viváis las Navidades extranjeras y que los Reyes Magos no se olviden de vosotras, aunque esteis lejos de casa.

¡Un besito, caritas lindas! 

viernes, 29 de noviembre de 2013

Viva Colonia!

Es un delito que no haya escrito esta entrada antes, lo sé, pero desde que llegué aquí tengo la sensación de "casi" vivir en Colonia y con la idea de "si tengo tiempo de sobra para verla" todavía no he visto casi nada. Desde que aterricé en tierras alemanas, paso prácticamente cada fin de semana en esta maravillosa ciudad, además de que el curso de alemán también lo hago aquí, pero, qué queréis que os diga, para una chica como yo que viene de una ciudad no muy grande, encontrarse en la cuarta ciudad más grande de Alemania puede ser, cuanto menos, aterrador. El primer mes establecí una "zona de seguridad" (véase la Catedral y la calle principal) y de ahí no me sacaba nadie. Y no por nada, sino porque cada vez que salía de este círculo me perdía. Literalmente. Y cual  turista japonesa me tocaba mirar el plano y dar cuarenta vueltas por calles de apariencia poco segura para descubrir que lo que buscaba estaba justo en frente del punto de origen (yo y mi orientación inexistente). Poco a poco he ido abriendo el círculo, y menos mal, porque Köln es una ciudad maravillosa.

No han sido pocas las veces que he oído el comentario de "Colonia es la catedral y poco más". Bueno, cualquiera que tenga una guía turística sobre la ciudad entre las manos podrá afirmar que en Colonia hay mil y un sitios que merece la pena ser visitados y, desde luego, es muy absurdo quedarnos en "la catedral y el poco más". Por ello, para evitar hacer una entrada kilométrica, he decidido hacer una descripción por fascículos, para así ir añadiendo poco a poco todo lo que esta ciudad a orillas del Rin ofrece que no es poco.

Colonia (o Köln en alemán) es la ciudad más grande del Bundesland Renania del Norte-Westfalia (Nordrhein-Westfalen) (a pesar de que la capital del estado federado es Düsseldorf, ciudad con la que no tiene muy buena relación), y la cuarta de Alemania, después de Berlín, Hamburgo y Munich. Su nombre viene del latín Colonia Claudia Ara Agrippinensium, que hace referencia a Agripina, madre del emperador romano Nerón. Colonia ha tenido un papel importante a lo largo de la historia y ha destacado de entre otras ciudades por sus relaciones comerciales, por ser lugar de peregrinación al contener las reliquias de varios santos y de los Reyes Magos y por ser la residencia de personalidades como el Arzobispo de Colonia, uno de los principales cargos eclesiásticos del Sacro Imperio Romano Germánico. 

Fue brutalmente bombardeada durante la Segunda Guerra Mundial (se destruyó un 90% del casco antiguo) y la Catedral, a pesar de que no se atacó por ser un elemento de especial interés, quedó muy dañada. Esto hace que Colonia no tenga la típica apariencia de ciudad alemana con casas antiguas, sino que es más moderna, llena de edificios (algunos con una arquitectura nada envidiable) que se construyeron a corre prisa después de la guerra. Por ello mucha gente la tacha de "fea", pero a pesar de la destrucción y de la reconstrucción acelerada, Colonia todavía conserva edificios clásicos, iglesias y catedrales que le dan una apariencia moderna e histórica a partes iguales.
Colonia en 1945

Al hilo del párrafo anterior, este pequeño nacimiento se encuentra en medio de la estación de tren. Como se puede ver está el niño Jesús, María, y José, pero en lugar de estar en un portal de Belén de toda la vida, están en las ruinas de Colonia de 1945. Al hacer la foto vi a una señora bastante mayor casi llorando mientras lo contemplaba y, sinceramente, impacta.

La ciudad se divide en nueve barrios, cada uno de ellos con sus peculiaridades y sus características. Innenstadt, el centro, es donde se encuentran la mayoría de los lugares turísticos, mientras que los demás son barrios con mejores o peores casas donde viven distintos colectivos (por ejemplo, ya he oído varias veces que Müllheim es territorio turco mientras que Ehrenfeld es el barrio de los "artistas"). Si algo diferencia a Colonia de otras ciudades alemanas es que esta es una ciudad "abierta". Todos tenemos en mente los típicos alemanes estrictos y serios, mientras que aquí son más abiertos y simpáticos (bueno, hay de todo como en todas partes, pero esta es la tendencia general). También influye que Colonia es la ciudad de Alemania en la que más nacionalidades del mundo conviven y, además, contiene una de las comunidades homosexuales más grandes del país. Toda esta mezcla de culturas, ideales y maneras de vivir la hacen todavía más especial.

La "estrella" de la ciudad, el punto que hay que visitar sí o sí, donde se congregan los turistas y de donde huyen los lugareños es, como habréis adivinado, la Catedral. La Kölner Dom o Dom a secas es, como leí en no sé que guía, el Everest de las catedrales.Ya en época romana había en el mismo emplazamiento un templo y, tiempo después, una iglesia. La construcción se inició en 1248, pero unos trescientos años después se detuvo por falta de financiación. Estuvo parada casi otros trescientos años, periodo en el que se utilizó como establo e incluso como cárcel para las tropas de Napoleón. En 1880, el rey de Prusia realizó una generosa donación para que su construcción siguiera adelante. En 1996 la UNESCO la declaró Patrimonio de la Humanidad.
Desde mi humilde opinión solo hay una palabra que la describa: IMPRESIONANTE. Yo no soy muy viajera ni he visto muchas otras catedrales, pero esta en concreto te deja con la boca abierta. Los ojos no alcanzan a contemplarla entera y las cámaras se quedan pequeñas al intentar hacer una foto en condiciones.
La plaza está SIEMPRE llena de turistas y, en concreto los sábados, es casi imposible pasar por allí sin colarte de extra en una foto o sin que un japonés te pida  en inglés chapurreado que le hagas una foto con su cámara megaguay de última generación con más botones que una nave espacial.







Vista de la catedral desde la Hauptbahnhof
Copia del pináculo a tamaño real que hay encima de las torres
Kölner Dom de noche
Catedral al otro lado del Rin y puente de Hohenzollern



Vista de lejos, parece totalmente negra, pero según le de la luz puede parecer más o menos oscura. Y, una recomendación personal, si vais por ahí en invierno, ¡cuidado en la plaza! Hace un frío que pela xD

Y como aquí ya es Navidad, si tenéis la oportunidad de ir por estas fechas a Colonia os encontraréis con maravillosos Weinachstmärke (mercadillos de Navidad) donde quitaros el frío de encima con un Glühwein bien calentito y un gofre.
Weinachstmark am Dom


Y dentro de poco más y mejor :)

martes, 5 de noviembre de 2013

"Pase, está usted en su casa"

En primer lugar, quiero decir que estoy indignadísima con el tema de las becas erasmus. ¿Cómo pueden ser tan sinvergüenzas de quitar una beca, así de golpe, a MITAD DE CURSO? Indignante, de verdad. Cuando lo cuento por aquí la gente no se cree que tengamos una clase dirigente tan llena de palurdos y catetos.

Llevo ya varios días con una idea en la cabeza que no hay forma de quitarme de encima y creo que la mejor manera de darle forma e intentar buscarle una solución es escribirla. 
Como comenté en la entrada anterior, llevo dos meses aquí. El tiempo ya es bastante frío (esta mañana teníamos 3ºC,  y bajando), llueve constantemente y ya me queda menos para conseguir haber probado todos los tipos de panecillos que venden en las panaderías. Me estoy adaptando al país y a sus costumbres: las horas de las comidas, la señora que espera en la puerta de los aseos públicos a que le pagues, los camareros que te ponen otra cerveza sin preguntar, los horarios de los S-Bahn y los trenes... Esto me gusta, sí. Es diferente, es fresco y la idea de que un año pasa volando hace que intente aprovechar cualquier momento para aprender o conocer algo nuevo.
Eso sí, sigo siendo una invitada en esta casa. O por lo menos es como me siento. Pero antes de ponerme a despotricar sin freno de la familia, empezaré por el principio.
Desde que empecé a leer blogs e historias de au pairs, me hice a la idea de que la HF era, como su propio nombre indica, una familia de acogida. Si bien no es tu verdadera familia se puede considerar como un sucedáneo. Esto implica que si tienes algún problema puedes acudir a ellos, hablar de esto y de lo otro, participar en actividades familiares (desde hacer un bizcocho todos juntos hasta irte de vacaciones con ellos)... Y lo más importante, sentirte como en casa. Queda muy bien eso de "la au pair forma parte de la familia", sí, pero como alguien me dijo, ser parte de la familia no es el objetivo de ser au pair. Pero eso no quita que con ellos en casa o en otros momentos te sientas a gusto, cómodo. Como una pieza de puzle que, aunque es de otro color, encaja (olé y olé con la metáfora xD). Pues yo no encajo. O por lo menos todavía no he encajado. 
En la entrada anterior os hablé de la "bronca" de las manzanas. Esta no ha sido la única, ni la primera, ni mucho menos será la última. Y es que llevo dos meses aquí y todavía hay muchas cosas que no sé cómo funcionan o cómo deberían funcionar. Y me frustro. Porque cada dos por tres hay reglas nuevas, normas nuevas, cosas nuevas y parece ser que todo esto lo tengo que saber por obra y gracia del Espíritu Santo. ¿Cómo pretenden que sepa algo que es totalmente diferente para mí si no lo dicen? Hablando se entiende la gente, o por lo menos eso dicen. Y para muestra, un botón. El otro día, después de ayudar a mi HM a poner la mesa (estaba ya todo preparado para cenar) rondaba por la cocina esperando que bajaran los niños. Bajó el padre y le preguntó a mi HM "¿por qué Patricia....?" (no entendí el resto de la pregunta porque hablaban en susurros. Aleman y susurrado, nivel experto). Ella simplemente contestó "Españoles". ¿Españoles? ¿Qué tengo que hacer? Dímelo, porque igual simplemente no he caído y eso no significa que no no lo quiera hacer. El caso de las manzanas también es un buen ejemplo para ilustrar este tema. Aquí la fruta no está en la cocina, sino en el comedor (una sala enorme que está de decoración porque prácticamente no se usa). Un día después de comer me quise comer una manzana y allí estaban. Había unas amarillas de estas con manchas y chuchurías' (puaj) y otras rojas y algo verdes, como a mí me gustan. Inocente de mí, cogí una de las rojas. Al día siguiente cogí otra, y otra más para darles la merienda a los niños. Esa misma noche, después de cenar, vi que mi HM trasteaba en la cocina y que pesaba las manzanas rojas. "¿Eh? Por qué solo hay un kilo, debería haber kilo y medio, ¿alguien se las ha comido?" [Las indirectas. Mi HM es muy de indirectas. Y lo odio. Lo odio a morir. Si tiene algún problema me lo puede decir claramente, de forma amable si es posible, y ya está. Comentarios como "oh, falta X cosa en la nevera, ¿quién se ha habrá comido?" o "vaya, alguien se ha olvidado de hacer X cosa..." no son agradables. No sé si la mujer lo hace para evitar que el comentario resulte demasiado directo, pero consigue todo lo contrario. Ya no sé si cuando me dice algo es ironía o es una indirecta o qué coño es.] "Sí, yo". "Patricia, esto son manzanas para hornear, no para comer. Si quieres comer manzanas, son las otras" (leer esto con voz de asesino en serie). "Lo siento, no lo sabía. Si quieres puedo ir mañana a comprar más o...". "Déjalo, lo hago yo". Conseguido, cabreo al canto. Entiendo que se enfadara porque pensaba hacer mermelada de manzanas esa noche y no pudo, pero ¿alguien sabe distinguir las manzanas para hornear de las de comer cuando las ve? Llamadme tonta, pero yo no. No entiendo por qué si no quiere que coma algo, o que coja algo o que haga algo, no lo dice. O escribe una nota, o deja una señal. Algo. Pero que no pretenda que lo intuya de la nada. 
Igual soy una exagerada, pero desde entonces me da miedo comer cualquier cosa. "Igual esto lo necesita", "igual esto es para la cena de hoy". Abrir la nevera se convierte en una odisea, porque no sé qué puedo o no puedo coger. "De este pan no como, que queda poco", "de esto no voy a comer, que si no queda menos", "de esto solo hay uno, mejor lo dejo". O, si están en casa, preguntarles constantemente. En fin, horroroso.
Y el problema es que estoy harta de vagar por este limbo de incertidumbre e inseguridad y de no enterarme bien de las cosas. Vivo con una sensación perenne de que me estoy perdiendo algo, de que se me olvida algo. Y es asfixiante. Entiendo a los niños, a los profesores en la escuela, a otros compañeros, a las dependientas, al cartero, las conversaciones del metro... Pero no a mis HP. Mi HD no habla claro, lo juro. Ya puede estar hablándome del tiempo o del museo de no sé donde, que parece que lleve una cuchara metida en la boca. Y claro, después de unos cuantos "¿cómo dices?" y seguir sin entenderlo, opto por el "modo extranjero" que viene a ser sonreír y asentir (y rezar por que no fuera una pregunta). Tiene que pensar que soy tonta del bote, pero es que os prometo que no hay forma de entender a este hombre. Y mi HM.... Creo que habla para catedráticos. He estudiado cómo se puede decir de diferentes manera "poner la lavadora" en alemán. Pues ya me las puedo saber todas, que utilizará otra que suene a chino, literalmente. O lo dice tan rápido que no me da tiempo a relacionarlo. Y por si no ha quedado claro, lo repite el doble de rápido con cara de pocos amigos y con pinta de plantearse en qué momento contrató a una au pair tan cateta. Y a la hora de hablar yo, pasa algo parecido. En clase o con los niños hablo un alemán bastante decente, con su verbo al final en las subordinadas, sus casos más o menos bien empleados. Con ellos no. Mi alemán es horroroso cuando hablo con mis HP, pero horroroso de suspender el curso de A1. Que seguramente se preguntarán cómo consigo entender las clases con un alemán así. No obstante, he de decir que creo que he asumido que delante de ellos hablo mal, o que ellos esperan de mí que hable mal y por eso me bloqueo. O por lo menos es la solución más plausible que le encuentro. 

A veces pienso que "solo" llevo un mes aquí y que todavía estoy en la fase de adaptación. Pero muchas otras pienso que "ya" llevo dos meses aquí y que me he adaptado a todo lo demás excepto a lo más importante. Hasta ahora no he echado de menos mi casa, pero desde hace unos días... Echo de menos la seguridad, el sentirme cómoda, tener la confianza de hacer esto o de lo otro, de poder merodear por la casa en pijama, de estar a gusto. No me puedo imaginar cómo será mi vida si tengo que pasarme así los 7 meses que me quedan...
¿Hay alguien que esté/haya estado en esta situación? ¿Os sentís extraños en vuestra casa?

P.D: Después de releer esta entrada me estoy dando cuenta de que mi blog parece el muro de las lamentaciones xD ¡Prometo escribir cosas más divertidas o interesantes más adelante!

lunes, 28 de octubre de 2013

Los dos meses

Mentiría si dijera que no tengo tiempo para actualizar el blog. Desde luego, desde que estoy aquí tiempo es lo que más tengo y de hecho me paso  mucho mirando vuestras historias y anécdotas. Pero sí que es verdad que no me ha pasado nada interesante o destacable. Eso si no contamos  las fiestas de cumpleaños de los niños (a las que, milagrosamente, he sobrevivido), más clases de alemán que no están resultando lo fructíferas que esperaba, nuevos planes de futuro a corto plazo y más ganas que nunca de practicar este idioma. Sin embargo, como bien dice mi querida historia interminable, eso es otra historia y se debe contar en otro momento ("das ist eine andere Geschichte und soll ein andermal erzählt werden").

Estas dos semanas de Herbstferien (vacaciones de otoño, para que nos entendamos) me he apuntado a un curso de conversación. Los primeros días fue bastante bien, pero creo que la profesora no se ha enterado de que los que tenemos que hablar somos nosotros y pasamos la mayor parte de la clase escuchando... Es interesante, eso sí, y siempre se aprende algo nuevo, pero por el momento deja bastante que desear. Un curso de conversación en el que no se conversa... Esto ha trastocado totalmente mi rutina diaria, ya que estaba acostumbrada a tener todo el tiempo del mundo por las mañanas para dormir, pasear, lavar la ropa... Ir a comprar un bolígrafo se convertía en toda una mañana de aquí para allá a paso de tortuga disfrutando del paisaje. Ahora voy corriendo a todas partes y sin tiempo para nada, ya que el curso es todos los días, toda la mañana. Muchos días llego al Kindergarten a recoger a los nenes con la comida sin digerir. Este estrés no me entusiasma, pero hace que el tiempo pase más rápido y que esté entretenida. Ya veremos qué será de mi vida cuando vuelva a tener tiempo casi infinito y días interminables.

Mis niños cada día están más rebeldes. O más cariñosos. O más estúpidos. O más dulces. ¿De dónde sale esa bipolaridad? En un momento me dicen que van a llamar a mi familia para que venga a recogerme (sí sí, tal cual) y a los cinco minutos me abrazan y me dicen que no me vaya nunca. Supongo que ser au pair también significa convivir en la barrera entre el amor y el odio, los abrazos y los empujones. 

Por el momento, como es normal,  he tenido algunos roces con la familia. Quien piense que es todo perfecto y que mi vida es maravillosa, que se vaya a leer otro blog. Pero prefiero ir recopilando "roces" para explayarme en una entrada llena de odio y rencor. Como adelanto os diré que me cayó una buena bronca por comer las manzanas que no eran (por dios, ¿cómo pude no distinguir las manzanas de postre de las de hornear?) y otras catástrofes por el estilo. Pese a ello, estoy muy contenta con ellos. Me tratan muy bien y me siento aceptada aquí, aunque... No, no me siento parte de la familia. No sé si será porque todavía no me he integrado del todo, porque tenemos broncas por cosas que, a mi parecer, son una tontería, porque me siento bastante insegura con el idioma y todavía no sé manifestar todo lo que siento, porque en mi interior sé que esta no es mi familia y que es solo una etapa... Pero sé que si mañana me dieran la opción de volverme a España, la rechazaría. Hay gente que le cuesta menos adaptarse a un sitio. Yo soy de las que les cuesta más. Quizá cuando me sienta a gusto del todo será hora de marcharme, pero entonces sabré que todo esto ha valido la pena.

Y dentro de nada ¡Sankt Martin! Fiesta típica alemana donde las haya de la que (espero) llevarme un buen recuerdo.

viernes, 18 de octubre de 2013

Me cabreo y punto

AVISO A NAVEGANTES. Esta es una entrada para quejarme abiertamente y manifestar mi cabreo. El que venga por aquí para aprender algo, esta no es la entrada adecuada.

Pues sí, estoy cabreada. Y es que lo mejor para poner la guinda a un día de mierda es llegar y ver la mesa puesta. Pero ¡oh! ¡Sorpresa! Tú no tienes plato. Resulta que esta noche mi HM (que es la que se encarga de la cena) no está y se ha encargado mi HD. Se ve que este hombre no se ha dado cuenta de que llevo toda la tarde entreteniendo a sus hijos, desvistiéndolos para la piscina, duchándolos, vistiéndolos de nuevo, peleándome con ellos desde por la mañana para que recojan y lleguen a tiempo a clase de natación y a la guardería, intentando poner mi granito de arena en su educación para que el día de mañana no sean unos ninis sin oficio ni beneficio. Se ve que este hombre se ha pensado que, por casualidades de la vida, hoy no me apetece cenar a la hora de siempre. Y es por eso que ha preparado cena para él y sus hijos. Esos a los que cuido y con los que estoy más tiempo que él mismo. Creo que no hubiera sido tan trabajoso poner otra pizza en el horno para mí, o por lo menos no recibirme con un sitio vacío en la mesa. ¿Es que eso es demasiado?

viernes, 11 de octubre de 2013

La importancia de elegir bien

Cuando una se plantea coger la maleta e irse a trabajar de au pair tiene que tener en cuenta un millón de cosas. Y no exagero. La familia, el idioma, los niños, las tareas del hogar, la ciudad, el papeleo... En fin, un conjunto de aspectos que hay que valorar detenidamente a la hora de marcharse.
Ser au pair, además de muchas otras cosas más, consiste en vivir con una familia distinta a la tuya, adaptarte a sus costumbres (que son diferentes a las tuyas) y luchar con su idioma que no es el tuyo. Por lo tanto, la elección de la familia es lo principal y más importante del proceso. Eso sí, también tenemos que tener en cuenta nuestras prioridades respecto al lugar (ciudad o pueblo), edades de los niños (bebés o adolescentes), o las tareas principales que queremos desempeñar (más cuidado de niños o más cuidado de la casa). Todo tiene que intentar encajar como si fuera una especie de sudoku para conseguir pasar un año felices y recordar el año vivido como una experiencia maravillosa y no como un suplicio.
Después de casi dos meses por tierras alemanas, casi un año leyendo infinidad de blogs y la experiencia personal de un par de amigas en la mano, he llegado a varias conclusiones y todas ellas se resumen en saber elegir bien con quién queremos pasar un año.

  • El lugar
Particularmente, a mí me daba igual a qué ciudad de Alemania irme. Si bien es verdad que la zona del suroeste (Stuttgart, Heidelberg...) me atraía mucho, no estaba cerrada a otros lugares. Una amiga mía, cuando buscaba a su HF me comentó que estaba barajando varias familias. Todas parecían maravillosas, pero justo la que menos comodidades le ofrecía vivía en Frankfurt. Y a ella le encantaba Frankfurt. Esta chica prefería vivir en la ciudad de los bancos a pesar de que no le pagaban el curso de alemán, ni el Monatskarte... Si lo pensamos un poco, las ciudades se pueden visitar y siempre van a estar ahí, pero con quien tienes que lidiar cada día es con la familia. No os dejéis llevar por la zona, porque podréis rechazar a una familia perfecta simplemente porque no vive en X ciudad y aceptar otra que no sea lo que buscáis. Viviréis en vuestra ciudad favorita, sí, pero, ¿a qué precio?
Otra cosa muy diferente es el tema ciudad-pueblo. No hay que dejarse llevar por la región o ciudad, pero sí por el tipo de población. En mi caso, vivo en un pueblecillo no muy grande, pero está a 20 minutos de Colonia y Bonn en tren. A mí me encanta, porque vivo en un pueblo tranquilo donde puedo  encontrar de todo para el día a día, Correos, centro comercial, tiendas... Y cuando necesito algo más específico o simplemente ver una calle llena de gente y merodear por la gran ciudad, solo tengo que coger un tren. Habrá chicas que prefieran vivir directamente en la gran ciudad y acostumbrarse a los horarios de metro. Otras preferirán la tranquilidad de una casa en medio del bosque. Sobre gustos no hay nada escrito. Eso sí, si tu posible familia vive en una aldea de cuatro casas con una conexión horrorosa y a horas de una gran ciudad, tendrás que valorar si lo que ofrece vale la pena, si podrás tener coche propio para ir y volver o si te pagarían un taxi... Valorar, valorar, valorar.

  • Las edades de los niños
Esto depende de la experiencia o no que tengamos sobre el cuidado de niños, nuestra paciencia o de lo que nos queramos relacionar con ellos, entre otros.
Los niños muy pequeños requieren muchísima atención y cuidados específicos (biberones y papillas, pañales,  vigilancia casi las 24 hora del día...). Además, enfrentarse a un pañal sucio o a un lloro nocturno cuando no se ha cuidado de un bebé antes puede ser una auténtica odisea. En mi caso, nunca había cuidado de un bebé, por lo que descarté a este tipo de niños desde un principio. No digo que no haya chicas que se enfrenten a ellos sin haber cuidado de otros antes y sobrevivan, que seguro que las hay (¡un aplauso para las valientes!), pero para mi primera vez, yo prefería enfrentarme a niños a los que pudiera entender.
Por otra parte están los adolescentes. Normalmente este tipo de niños no necesitan cuidados especiales ni atención constante, simplemente prepararles la comida, ayudarles con los deberes o estar pendientes de algunas cosas más. Eso sí, preparaos para una guerra psicológica continua y frases del tipo "tú no eres mi madre". Además, estos niños saben que sus padres pagan a la au pair, por lo que a veces intentarán ir de jefecillos o pasarse de listos. Si nuestro nivel de alemán no es suficiente para mantener una discusión decente (mi caso), mejor buscamos otra opción.
Y luego están los niños de edad intermedia (entre 5 - 8 años), como los míos. En esta edad los niños te necesitan, pero no tanto como un bebé y no suelen ser tan despegados como un adolescente. Los puedes entretener contándoles historias o haciendo actividades con plastilina/ceras/folios de colores, por lo que para cuidar de estos niños tendremos que rescatar de nuestra memoria los programas de Art Attack  que hayamos visto y tener siempre la imaginación a mano porque la vamos a necesitar. Pero claro, no todo es idílico. Estos niños van unidos a  las rabietas. Las rabietas (véase, berrear porque sí un periodo de tiempo normalmente corto) aparecen en el momento más inesperado y suelen ser, en genera, por tonterías como: porque el agujero de la cabeza de la camiseta es demasiado estrecho, porque el agua para lavarse las manos está muy fría/caliente, porque has recortado algo demasiado recto...También es muy importante asumir que somos modelos para ellos, por lo que nuestro comportamiento tiene que ser ejemplar. ¿Que te apetece sentarte de cualquier manera en la mesa? En tu tiempo libre. Con los niños te tienes que sentar recta, sin apoyar los codos y con los cubiertos bien agarrados. Y como este, muchos ejemplos más.

  • Las tareas del hogar
Por lo que he visto y leído, la cantidad de tareas domésticas son inversamente proporcionales a las edades de los niños. Es decir, cuanto más pequeñas son las fierecillas más atención necesitan, por lo que las tareas del hogar suelen ser más ligeras. Sin embargo, conforme los niños son más mayores, requieren menos atención, por lo que la cantidad de tareas del hogar aumenta. Si prefieres enfrentarte a una olla sucia o a un aspirador antes que a un pañal, puede que encajes mejor en una familia donde los niños sean más mayores.

He de aclarar que esto son las conclusiones que yo he sacado después de leer muchos casos. Por supuesto, habrá chicas que a pesar de cuidar de niños muy pequeños tengan un montón de tareas. O al contrario, chicas que cuiden de niños más mayores y que no tengan prácticamente cosas que hacer. Sobre esto no hay nada escrito y cada au pair y cada familia son totalmente diferentes. 

Desde luego, hay muchos otros factores que nos condicionan a la hora de elegir una familia u otra (habitación, baño propio o no...), pero siempre hay que intentar que todo encaje con lo que queremos. Quizá te paguen un sueldo más alto, pero no el seguro médico, por lo que te lo tienes que pagar tú y al final acabas con menos dinero que si cobraras el sueldo normal. O quizá solo te paguen la mitad del Monatskarte, pero ofrecen más tiempo libre o una habitación con televisión propia... Evidentemente, si esperas vivir en una mansión, con una criada que lo haga todo, cobrando un sueldazo y que los niños sean ideales y no sepan el significado de la palabra "gritar", te has equivocado de trabajo.

¿Y cómo se sabe todo esto? PREGUNTANDO. He conocido a varias chicas que han tenido muchos problemas porque "les daba vergüenza preguntar". No. Nunca. Si vas a vivir con una familia, tienes que saber TODO lo que tendrás o no tendrás en su casa, las tareas que tendréis que hacer (nada de "poca cosa", pedid una lista), si tienen animales y los tienes que cuidar tú... Y, por supuesto, todo acerca de los niños: desde a a qué hora se levantan hasta si les tenéis que ayudar a lavarse los dientes. Que nada os pille por sorpresa, porque aquí las sorpresas no suelen ser muy agradables... 

miércoles, 2 de octubre de 2013

Lo peor de vivir fuera de casa llega cuando estás enferma

Hace un tiempo, antes de salir de mi preciosa casa para venirme a tierras hostiles y frías, una amiga me dijo que lo peor de vivir fuera eran las enfermedades. Esos momentos de debilidad en los que la mejor cura es un caldito casero de mamá, unos cuantos cuidados que hacen milagros y la calidez de las sábanas de tu cama.
En ese momento no pensé en la realidad de sus palabras porque, claro, en pleno julio una no piensa en fiebre, caldo hirviendo o catarros. Pero, como ya habréis podido imaginar por el título de esta entrada, he podido vivir en primera persona lo que es estar enfermo fuera de casa.
Empezaré por el principio de los tiempos.
Hace unas semanas uno de mis niños empezó a toser y moquear. Mi HM confirmó lo evidente cuando dijo "está un poquito constipado". Y punto. Ni más jarabe, ni más sobre de Frenadol alemán, ni más nada. Así pasó lo que pasó, a los dos días tenía a dos niños moqueando y tosiendo por la habitación. Yo, ilusa de mí, confiaba en que mi sistema inmunitario lucharía contra las bacterias y los gérmenes y saldría de esta sin ningún síntoma. Pero no. A los dos días el resfriado había llegado a todas las células de mi cuerpo.
En este momento de la historia estaréis pensando "cómo se pone esta chica por un constipado de nada".Resultó que lo que parecía un constipado de unos pocos mocos y dos estornudos desembocó en un catarro de caballo que me ha tenido gran parte de la semana con fiebre y tumbada en la cama.
Para mi desgracia, desde muy pequeña sufro infecciones de garganta que me dejan hecha un trapo y, efectivamente, esta vez no iba a ser menos. Los dos primeros días fueron los peores con diferencia. Me dolía la garganta a rabiar y con ella todo el cuerpo. No me estaba muriendo ni mucho menos, pero no me encontraba nada bien y solo quería cerrar los ojos y desconectar. Sin embargo, tenía cosas que hacer y obligaciones que cumplir: levantar a los niños, darles el desayuno, recoger...  La casa no se podía paralizar porque yo estuviera enferma o por muchas ganas que tuviera de pasar  mi catarro sepultada bajo las mantas de la cama. Y ahí fue cuando me di cuenta de la verdad que encerraban las palabras de mi amiga. Eché de menos mi casa como no la había echado de menos desde que llegué. La mano fría de mi madre en la frente para comprobar la fiebre, el zumo de naranja con caramelo para mitigar el dolor, el caldito casero caliente para reconstituir el alma y sobre todo dormir sin preocuparme de Kindergarten, clases o trenes. Vagaba por las habitaciones como una alma en pena, sin ganas de echar broncas por tirar los vasos de leche, ni de meter prisa a los críos para que no llegaran tarde. No obstante, como dicen por aquí tuve "Glück im Unglück" que en la lengua de Cervantes viene a decir "suerte en la desgracia". Los dos días que  más enferma me sentía fueron los días que menos tenía que hacer en casa: ni llevar a los críos a la guardería, ni recogerlos y solo me tocaba cuidarlos una horita o menos. Así que conforme se marchaban de casa hacía las tareas que me tocaban y en seguida me volvía a la cama. Como mi mamá bien dice "para el constipado no hay nada mejor que mucha agua y mucha cama". Y pastillas, que no se nos olviden nunca.
Por supuesto, la familia me dio medicamentos (algunos de estos de hiervas que tenían pinta de no curar nada) y cada día me preguntaban cómo me encontraba y si necesitaba algo. Un encanto, de verdad.
Así que ya puedo afirmar desde la experiencia que lo me dijo mi amiga es totalmente verdad, ya que una de las peores cosas de vivir fuera de casa son las enfermedades. Cuando lo extraño se multiplica, se nos cae la casa encima y daríamos cualquier cosa por volver a nuestro hogar. Lo juro, yo hubiera matado por una taza de zumo de naranja con caramelo made in abuelita. Pero todo pasa y la vida vuelve a la normalidad. Ahora toca ponerse una bufanda al cuello y abrigarse para no volver a repetir la misma historia.
¡Nos leemos, caritas lindas!

¿Quieres saber más?

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